domingo, abril 02, 2006

Triple conmemoraciòn

Para los argentinos este año el 2 de abril tiene triple trascendencia: en efecto, conmemoramos un aniversario más de la Recuperación de nuestras islas, la partida a la Casa del Padre de nuestro entrañable Juan Pablo II y, finalmente, el dies Dómini. Triple significación y múltiples motivos para la oración y la reflexión profundas.
Si se nos permite la analogía, decimos que el aniversario de la Recuperación de las Islas Malvinas (como toda otra fecha patria) tiene – para los argentinos bien nacidos, por supuesto – algo de tiempo litúrgico. Es un tiempo especial, distinto de cualquier otro, en que solemos mirar introspectivamente la Patria y en el que pensamos a los caídos y su testimonio esplendoroso.
Como si de día de precepto se tratara, desde temprano embanderamos nuestras casas y hacemos resaltar en el pecho la escarapela bicolor. Nuestros hijos – pequeños que atestiguan con su inocencia los dolores de la Patria - son debidamente engalanados para asistir al acto correspondiente que este año se ve plenificado por ser el Día del Señor. Hartos del dolor por la injusticia, procuramos evitar cualquier contacto con los medios de comunicación. Es que no queremos saber ni escuchar lo que la ministra de Defensa tiene que decir sobre Malvinas. Se trata – vale repetirlo – de un día especial, de un momento que no es como cualquier otro, de unas horas que no deben verse mancilladas por la impúdica hipocresía de los mutiladores de la Patria. Eso les decimos a nuestros hijos, que nos miran boquiabiertos procurando conjugar la narración de la gesta que uno amorosamente les enseña con la torva perorata que la maestra les ha dado hace pocos días, con motivo del 24 de marzo. Todo confundido, todo el mismo mazacote indiscriminado: ¿cómo hacen nuestros hijos para comprender y amar a la Patria?
Marchamos entonces – con la emoción que a pesar de todo subsiste – y asistimos al acto de conmemoración. Himno, bandera, marcha malvinera y discursos. Ya nada nos asombra, ya parece que todo lo que pase para incrementar nuestra desazón resulta un esfuerzo vano. Ni siquiera el pobre discurso del veterano de guerra que reclama obra social y aumento de la pensión graciable. Ni tampoco la presencia perturbadora de la panda de pibes secundarios que gritan consignas contra el Ejército y la Gesta. No, nada nos afecta ya, salvo el tener que explicar de nuevo a nuestros hijos el porqué de todo ello. ¿Por qué?
El regreso a casa es más sencillo, un poco complicado quizás por la gran cantidad de gente que ya ha salido de compras o se dirige a comer afuera, ahora que ya muchos han cobrado. La vida sigue como siempre – no hay allí tiempos especiales, no hay liturgia – tal como hace veinticuatro años cuando el frío y la turba, el combate nocturno y el bombardeo cotidiano eran sólo de unos pocos, mientras los muchos seguían el curso de la vida paganizada, sin más contrastes que los dados por los tiempos económicos, por la peripecia del salario y la inflación. Ayer como hoy, ni liturgia, ni dies Dómini, ni rezo por los héroes caídos.
Pero ese es el afuera. Adentro es todo distinto. En la casa, alrededor de la mesa familiar. En la capilla, en torno al sacerdote patriota que alboroza la gesta en el patriótico sermón. En el campo, en algún lugar perdido de nuestra extensa patria, en el que algún grupo de soldados – lejos de las obsecuencias traicioneras y de los pérfidos negociados – reza junto al fogón recordando a sus antecesores y rogando a Dios por la Restauración de la Patria. Porque eso es todo lo que nos queda: casa, capilla y fogón patriótico. No es poco.