viernes, marzo 17, 2006

Leonardo Castellani. A 25 años de su partida a la Casa Paterna

La Argentina tiene más profesores que soldados.
Eso sí casi todos están desocupados.
Y de los ocupados la mitad son judíos,
Con gran ardor consagrados a educar a nuestros críos.

En la Escuela Normal les enseñamos esto:
Primero Pedagogía y después a encontrar puesto.
Y luego es su oficio el enseñar a leer bien o mal,
Por medio de escuela activa y de enseñanza sexual.

De: Las Canciones de Militis

jueves, marzo 16, 2006

Padre Leonardo Castellani. A veinticinco años de su partida a la Casa del Padre

"El amor a los enemigos no excluye la lucha contra la injusticia que está en ellos, antes a veces la impone. Hay algunos que tienen la misión o el deber profesional de luchar por la justicia. (...) son los jueces (los juristas), los gobernantes (los pastores), y los soldados (los guerreros). Desgraciadamente la época moderna ha transformado a los jueces en máquinas, a los gobernantes en economistas y a los soldados en militares; y padecemos una gran escasez de caballeros andantes"

"Y hay que morir, hay que morir lo mismo,
Si Dios lo pide por la patria yerma,
Y dar la sangre por la patria yerma,
En el caso que Dios pida ahora mismo
Toda mi sangre para salvar del abismo
A la pálida patria enferma"

miércoles, marzo 15, 2006

Aproximación a los Derechos Humanos (una charla sencilla para jóvenes scouts católicos)

¿Cuál es el primero de los derechos humanos? Los católicos bien sabemos reconocerlo: el derecho a salvarse. Y tal es el objeto de la evangelización. ¿Por qué sino la preocupación constante de la Iglesia, durante estos dos milenios, de transmitir la Buena Nueva? Ciertamente no sólo por un afán comunicativo sino fundamentalmente para que el que reciba la Palabra viva según Ella y gracias a Ella. Ese vivir 'así' y no de otro modo, no según otras 'palabras', es la garantía de la salvación. Por eso nuestra obligación cómo católicos es transmitir la Palabra, esto es, evangelizar. Y en la medida en que es nuestra obligación es el derecho del otro, del evangelizado, del que aún no conoce la Palabra y vive ajeno a ella.
Pero, sin desatender esto, el problema que hoy nos ocupa es el de entender cómo es posible que los derechos del hombre se hayan convertido, en el decurso del tiempo, en otra cosa muy distinta que no pocas veces atenta contra el hombre, su dignidad y su vida. Este problema, del que intentaremos presentar hoy un atisbo solución, es el que hace, y sólo damos un ejemplo, que los delitos, los pecados más atroces, se conviertan hoy, mediante una alquimia monstruosa, en derechos del hombre. Para poder resolver esto, que se nos presenta como un enigma, será necesario remitirse, en esta primera parte de la charla, a una explicación histórico - filosófica. Se trata de leer dentro (intus legere) de los orígenes históricos de la actual concepción de los derechos humanos para llegar así a parte de su comprensión.
Para esta introducción histórica vamos a seguir un sencillo esquema:
 Los derechos en la Revolución Francesa.
 Los derechos en la Revolución Soviética
 Los derechos y la Revolución Cultural
 Los derechos y el Nuevo Orden Mundial

Los derechos en la Modernidad y la Revolución Francesa.
Ha sido precisamente la Modernidad, la etapa histórica que sigue a la Cristiandad medieval, la que instaura este 'lenguaje de los derechos' que antes no existía. Es imposible imaginarse a un hombre del Medioevo planteando demandas a partir de esta noción de derechos humanos pues éste hombre, el emergido de la cristiandad medieval, entiende primero y antes que nada de obligaciones y no de derechos. Sabe que tiene la obligación de rezar, de combatir y de trabajar. El hombre del medioevo reconoce que su primera obligación es el servicio, primero el servicio a Dios y, a través de éste, el servicio a los hombres. Y no imaginemos por esto que decimos que el hombre medieval era un pobre trabajador que sólo tenía obligaciones y ningún derecho. Un explotado, como dice el jerga marxista. No. Es claro que tenía derechos pero éstos eran una consecuencia y no una causa, un resultado de su vida de servicio a Dios y a los otros y no la piedra inicial de su existencia .
Pero la cosa cambia con la llamada Modernidad. Y este cambio del que hablamos, gradual pero firme y que se hizo presente en todos los ámbitos, fue particularmente claro y pernicioso en lo religioso. Así se planteó la Reforma Protestante que niega a la Iglesia Católica y que hace hincapié en los 'derechos de los fieles' (entre otros el del libre examen de las Sagradas Escrituras). La Reforma implicó el quiebre de la unidad religiosa y de la unidad de la fe. Y así llega también la Ilustración con la idea de que el hombre debe dejar la infancia, esto es, la religión, pues ya está maduro para pasar a la siguiente etapa evolutiva: la edad de la Razón. Los filósofos de la Ilustración o iluminismo también hablan de derechos, aquellos de la vida individual, al margen de la Iglesia y de toda creencia que no sea el inmanentismo, es decir, la vida sin trascendencia, sin gracia santificante, sin sobrenaturaleza.
Sin embargo, el momento más terrible, el momento de síntesis de todas estas ideologías que iban apareciendo, es el que llega con la Revolución Francesa. En ese momento llega el consabido 'lenguaje de los derechos'. El lema revolucionario que guió a estos hombres fue: "Libertad, igualdad, fraternidad" pero nosotros, que sabemos cómo fue la historia, podemos agregar: "o muerte". Sí, porque el que no estaba con los revolucionarios era un condenado a muerte. Para eso se inventó la guillotina, la obra de un médico revolucionario. Los que no estuvieron con los revolucionarios fueron los hombres de una región francesa llamada La Vendeé. Estos paisanos franceses se negaron a perder a su Rey pero sobre todo se negaron a perder a la Iglesia, a los sacerdotes, religiosos y monjas. Se negaron a perder el culto al único Dios. Y, ¿saben como terminaron? En sólo tres años (de 1793 a 1796) y en un territorio de sólo catorce mil km., fueron asesinadas 120.000 personas, el 15% de la población total y diez mil edificios destruidos, el 20% de La Vendée. Así les va a quienes se oponen a las revoluciones populares y guardianas de los 'derechos del Hombre'.
Con la Revolución francesa llegan el laicismo y el liberalismo. Una de las primera medidas que toman los revolucionarios es suprimir la libertad de agremiación y cercenar los derechos de reunión. Con tales medidas el obrero, ese que tanto dicen defender, quedaba indefenso en el juego de la libre juego de la oferta y la demanda. Más tarde vendrían la Revolución Industrial y el agravamiento de lo que se conoce como 'cuestión social', es decir, un grave estado de conflictividad al interior de la convivencia social.
Pero fundamentalmente la Revolución Francesa significó la descristianización, es decir, el arrancar de la cultura francesa, la primera nación católica de Europa, la religión misma. En cambio, se implantó un nuevo culto: el de la Diosa Razón. De esta forma, el hombre pretendió ocupar el lugar de Dios.
La Revolución fue una lucha contra todo lo permanente, contra lo eterno, fue un acto de suprema rebeldía, no sólo social sino fundamentalmente espiritual.
Fue esta revolución la que instituyó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789 y modificada en 1792). Y lo hizo sobre la sangre de los franceses. Y, una vez establecido ese orden invertido, donde se habla todo el tiempo de los derechos pero se conculcan los más esenciales, se produjo la difusión de los mismos a todas los lugares del orbe.

Los derechos en la Revolución Soviética
Pero el proceso iniciado por esta revolución tuvo sucesores a lo largo del tiempo. Y habría que esperar hasta principios del siglo XX cuando los bolcheviques rusos hicieran la revolución e impusieran allí un nuevo modo revolucionario: el comunismo. Y sí, aunque parezca paradójico, la Revolución Francesa, claramente liberal, dio a luz a la Revolución Soviética. "De padres liberales - decía Donoso Cortés - hijos socialistas". En las bases y en los fines, el liberalismo capitalista y el comunismo son plenamente compatibles.
Respecto del comunismo y su llegada al poder se dice lo mismo que la Revolución Francesa: que fue popular, que promovió los derechos de los pobres, de los excluidos, como se dice ahora. Sin embargo, quienes así hablan no explican los acontecimientos de la Vendée ni se preocupan por legitimar el genocidio soviético que sólo en Rusia se llevó a la tumba a más de treinta millones de personas.
Para poder imponer el nuevo orden en Rusia Lenin, Trotsky y Stalin entre otros comenzaron por instituir una policía secreta llamada Checa. Este cuerpo de asesinos se ocupó se asesinar a 50.000 personas en los primeros tres años de la Revolución bolchevique, casi nada comparado con los treinta millones que asesinaría Stalin a lo largo y ancho de Europa Oriental durante los treinta años de su gobierno de terror.
Pero el siguiente paso fue el arrancar de las entrañas del pueblo ruso el cristianismo que le daba vida. Una vez que la religión fue destruida, una vez que no quedaron más que resabios de la religiosidad del pueblo, entonces ahí sí se empezó a hablar derechos. El marxismo es, valga la insistencia, profundamente anticristiano pero en realidad va contra toda racionalidad.
Estas dos revoluciones fueron hechas a sangre y fuego. Partieron del mismo principio: la imposición de una ideología anticristiana en la que el hombre debía 'superar' la idea de Dios. Sin embargo, y he aquí lo contradictorio, ambas revoluciones, que se hicieron en pos de los derechos del hombre, negaron al hombre su radical identidad, su inefable esencia: la de ser Hijo de Dios. Ambas revoluciones hablan de la fraternidad, de la hermandad entre los hombres, pero ¿cómo pueden ser los hombre hermanos sino tienen un Padre común?
Llegó entonces un momento en el que la Revolución quiso llegar más lejos aún y entendió que la violencia, sin dejar de ser útil, no sería el único medio que le permitiría terminar de invertir el orden natural. Por ello el marxismo creó una nueva estrategia: la Revolución Cultural.

Los derechos y la Revolución Cultural
La Revolución Cultural nace a partir de que los revolucionarios entienden que es necesario avanzar sobre la conquista de los espíritus, de las conciencias. Si es necesario cambiar el orden natural e imponer otro invertido entonces conviene no sólo utilizar la fuerza sino también la ideología. Se trata de imponer ideas para que cambie la forma de pensar y sentir de la gente. Hay que lograr, se dicen los revolucionarios, que la ley natural que Dios ha puesto en el corazón y la mente de cada uno que de oscurecida, se obnubile. Así entra en escena ese gran revolucionario que fue el pensador italiano Antonio Gramsci. Este marxista se dio cuenta de que para lograr cambiar el sentido común de la gente era menester imponerle otras ideas. Pero, ¿cómo hacer esto? Muy fácil se dijo Gramsci, a través de la escuela, de los medios de comunicación, a través de las influencias sobre la propia Iglesia de Cristo.
La Revolución Cultural entonces incluye la penetración de ideología en las conciencias a través de distintos mecanismos (la manipulación de la información y del lenguaje por dar sólo unos ejemplos). Esos mecanismos llegan a las personas a través de los maestros, de los comunicadores y, a veces, de algunos sacerdotes. Cuando los curas, como ha ocurrido y ocurre, se vuelven marxistas, el trabajo de los revolucionarios es mucho más fácil porque una vez que la ideología llega al púlpito y a la sacristía, es decir, a los lugares sagrados, la posibilidad de capturar la conciencia de la personas es mucho más amplia y profunda.
A través de la Revolución Cultural, que comenzó a plantearse con mucha virulencia en la década de 1960, se llega a las diversas formas de liberación, a saber:
La liberación femenina, que plantea una lucha de clases y de sexos, en la cual la mujer debe liberarse del hombre. Aquí se proponen los derechos de la mujer.
La liberación homosexual que señala la lucha de los homosexuales a partir de la idea de concebir la homosexualidad como una forma sexual más. Aquí se plantean los derechos de los homosexuales.
La liberación animal, que plantea los supuestos derechos de los animales, cosa que como se verá es del todo imposible.
Sin embargo, existe una etapa más en este proceso de desarrollo de los falsos derechos humanos: el llamado Nuevo Orden Mundial.

Los derechos y el Nuevo Orden Mundial

Nosotros vivimos y padecemos bajo el llamado Nuevo Orden Mundial. Ya no se trata aquí de liberalismo ni de marxismo sino de una ideología sincrética que aspira, y de hecho lo va logrando, a dominar todo el orbe. El mismo nombre nos da claridad acerca de la intencionalidad. Se trata de un nuevo orden, distinto al impuesto por Dios. El Nuevo Orden Mundial es el definitivo trastocamiento del orden natural basado en la ley natural. Implica la negación de todo lo que la Razón Divina desea en el hombre. Es el reinado del Anticristo. Y todo en él se hace en nombre de los derechos.
El Nuevo Orden Mundial es el principado del miedo y la hipocresía. Del miedo porque, como en la Revolución Francesa y en la Soviética, resistírsele implica la destrucción. Y si nos cuesta entenderlo miremos cómo está el mundo. Y de la hipocresía y la mentira porque todo el caos que se genera, toda la destrucción que se imparte está pretendidamente legitimada en los supuestos derechos del hombre. Miremos sino es así:
 Las guerras genocidas se hacen en nombre del derecho a la democracia.
 El aborto, la anticoncepción y la esterilización se hacen en nombre de los derechos sexuales y reproductivos.
 La eutanasia se hace en nombre del derecho a la muerte dulce o sin sufrimiento.
 La clonación se hace en nombre del derecho de los derechos de la ciencia.
 Las sociedades quedan a merced de la violencia en nombre de los derechos de los delincuentes.
 El matrimonio se diluye en nombre del derecho al divorcio.
 La familia se destruye en nombre de los derechos homosexuales.
 La verdad se destruye en nombre del derecho a la opinión.
 La libertad se diluye en nombre de la liberación.
 La religión se socava por el derecho a la tolerancia.
 El hombre se destruye en nombre de los derechos del hombre.

A modo de conclusión
Pero nosotros sabemos que hay derecho si hay Verdad y que ésta es Cristo. Y si Cristo está en la comunidad hay verdadera libertad. Dios, en el Antiguo Testamento, no nos dice cuáles son nuestros derechos sino nuestros mandamientos. Y Cristo, en el Libro de la Nueva Alianza, nos enseña en el Sermón de la Montaña, qué debemos ser y hacer para llegar al Reino de los Cielos, su Reino. Ahí llegan los verdaderos derechos, los que derivan del hombre que está anclado en los deberes que tiene con Dios, con la Iglesia y con el prójimo.
Como dijimos al comienzo, el primer derecho humano es el de salvarse. Ese es el primer derecho que Dios nos da y es el que está antes que el derecho a la vida misma pues ¿a quien le cabe duda de que morir en Cristo es mejor que condenarse?
Luego está el derecho a la vida. Y a la vida íntegra podemos agregar pues si perdemos las razones de vivir, ¿de qué vale hacerlo? Y luego vienen los otros derechos.
Pero hay algo que Cristo nos ha enseñado y es que la mejor forma de adquirir estos derechos es combatir con todas las fuerzas para que los demás los tengan . Sólo en la medida en que defendamos al prójimos que está en peligro podremos ganarnos el Cielo. Mientras tanto, como dice el Libro de Job, " milicia en la vida del hombre sobre la tierra".
Vamos a terminar con una oración del Papa Juan Pablo II:

María,
Madre de misericordia,
Cuida de todos para que no se haga inútil
La cruz de Cristo
Para que el hombre
no pierda el camino del bien,
no pierda la conciencia del pecado y crezca
en la esperanza de Dios,
'rico en misericordia' (Ef 2,4),
para que haga libremente las buenas obras
que El asignó (cf. Ef 2,10) y,
de esta manera toda su vida sea
'un himno a su gloria' (Ef 1,12).

Sebastián Sánchez

Rezamos por José María Baamonde

En estos días ha llegado hasta nosotros el aviso de la internación - en muy grave estado - del amigo José María Baamonde, especialista de muy reconocida trayectoria en el estudio y la denuncia del fenómeno de las sectas.
Luego de muchos años de padecer una terrible enfermedad - con una entereza de ánimo y una fe inquebrantables - José María se encuentra hoy en una situación muy delicada. Rezamos por él y por su familia, seguros de que luego de tantos años de entreveros por la Verdad, José María sabrá librar el Buen Combate en esta hora suprema de su vida.

martes, marzo 07, 2006

Jesucristo, Rey del Universo

Por Mario Caponnetto
La celebración de la Festividad de Cristo Rey que, a partir de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, cierra el ciclo del tiempo ordinario y clausura el año litúrgico, ha de movernos a una seria reflexión. Pues si la Iglesia proclama a Jesucristo como Rey debemos preguntarnos qué significa este reinado y cuáles son las consecuencias que de él se derivan.
Muchos sospechan que el Concilio no se ha limitado a un simple traslado de la antigua festividad instituida por el Papa Pío XI, en 1925, del último domingo del mes de octubre al último domingo del ciclo anual, sino que ha ido más lejos: ha cambiado sustancialmente el sentido originario de la misma festividad. En efecto, se dice, ya no se trata de afirmar el reinado de Cristo sobre todas las realidades, principalmente aquellas que son propias del orden público y social, sino de acentuar, más bien, la naturaleza espiritual, extramundana y metahistórica de aquel Reinado. El traslado, en consecuencia, respondería antes a este criterio nuevo pues la festividad clausura, ahora, y da cima a todo el clima esjatológico que tiñe marcadamente la liturgia de los últimos domingos del año.
Pero ¿es esto así? Como sucede muy a menudo, desde la aparición en la vida de la Iglesia de nuestro tiempo del Concilio Vaticano II, también en este delicadísimo punto, un espíritu mundano y secularizante -hoy lamentablemente muy difundido en amplios sectores eclesiales- parece querer prevalecer no sólo sobre el espíritu del propio Concilio sino, lo que es más grave, sobre lo que ha sido y sigue siendo doctrina permanente y segura del Magisterio de la Iglesia, de la Tradición y de la propia Escritura, fuentes insustituibles de la Fe Católica.
Volvamos, pues, a la pregunta inicial: el Reinado de Cristo ¿es sólo la consumación metahistórica del Reino anunciado por el mismo Jesús o, además, conlleva una efectiva y real potestad de Cristo sobre el orden temporal público y privado? La respuesta debe ser meditada y repensada por la inteligencia cristiana en esta época de tanta confusión y -¿cómo no decirlo aunque duela?- de tanta pusilanimidad entre los católicos, sean laicos, sean pastores.
La guía más segura, al respecto, es volver a una atenta lectura de la Encíclica Quas primas, dada por el Papa Pío XI, el 11 de diciembre de 1925. Este importante documento -cuya vigencia no ha sido negada oficialmente ni por el Concilio ni por ninguno de los Sumos Pontífices posteriores a Pío XI- no solamente instituye la festividad litúrgica de Cristo Rey sino que compendia admirablemente la verdadera doctrina católica sobre nuestro tema.
A nuestro juicio son tres los elementos esenciales a tener en cuenta en la lectura de la Encíclica: primero, el sentido y el fundamento de la Realeza de Cristo; segundo, el carácter de esta Realeza; tercero, el contexto histórico en el que fue escrita la encíclica.
a. Sentido y fundamento de la Realeza de Cristo.
Distingue Pío XI un doble sentido de la realeza de Cristo: el metafórico (translata verbi significatione) y el propio (propria verbi significatione). Según el primero de estos sentidos decimos que "Cristo reina en la inteligencia de los hombres [...] por ser Él la misma Verdad y por la necesidad que tienen los hombres de beber en Cristo la verdad y aceptarla de Él". También, "que reina en las voluntades de los hombres [...] porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad, encendiendo en ella los más altos propósitos"; finalmente, Cristo "es rey de los corazones, porque con su supereminente caridad [...] se gana el amor de las almas" (1).
Pero en un sentido propio "se ha de atribuir a Jesucristo hombre el título y la potestad de rey; pues sólo como hombre se puede afirmar de Cristo que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino (Dan. 7, 13-14) ya que como Verbo de Dios, identificado sustancialmente con el Padre, posee necesariamente en común con el Padre todas las cosas y, por lo tanto, también el mismo poder supremo y absoluto sobre toda la creación" (2).
Estamos, sin duda, ante una definición de singular trascendencia pues se trata, nada menos, que de la Realeza de Cristo vista a la luz suprema del misterio de la unión hipostática. Y aquí reside el fundamento radical de dicha realeza: "en una palabra, por el sólo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre la creación universal" (3).
Es que la Encarnación del Verbo ha transfigurado, de raíz, todas las realidades humanas. Ya nada es lo mismo a partir del hecho, capital y fundante, de la Encarnación. Y si Santo Tomás, al establecer, con Aristóteles, que la verdad es el fin del universo, recuerda que por eso ad veritatis manifestationem divina Sapientia carne inducta se venisse in mundo (4), de tal modo que a partir de ahora esa Verdad, entrevista por el Filósofo, no es otra que la Verdad Encarnada, fundamento y fin de toda sabiduría humana, así también, a partir de la Encarnación podemos hablar de una Potestad Encarnada -divina potestas carne inducta- fundamento y fin de toda potestad sobre la tierra.
b. Carácter de la Realeza de Cristo.
El Papa se detiene extensamente en las fuentes escriturísticas (tanto del Viejo cuanto del Nuevo Testamento) que abonan la Realeza de Jesucristo y no puede sino concluir que todos los textos sagrados demuestran con plena evidencia "que este reino es principalmente espiritual y que su objeto propio son las realidades del espíritu" y que "cuando los judíos y aún los mismos apóstoles juzgaron equivocadamente que el Mesías devolvería la libertad al pueblo judío y restablecería el reino de Israel, Cristo deshizo y refutó esta idea vanamente esperanzada" (5).
No; no hay lugar alguno para confundir el Reino de Cristo con ningún reinado temporal ni para identificarlo con ninguna forma de dominio humano. Pero este aspecto esencial y eminente no se contradice con la potestad real que Cristo ejerce sobre todo el hombre y sobre todo el universo. Entonces, ¿por qué substraer las realidades políticas y sociales a la potestad real de Jesucristo? ¿Por qué cerrarle, precisamente, las puertas al Rey de la Historia, allí donde los hombres fundan la ciudad terrena? ¿Por qué inexplicable prejuicio se ha de excluir de la divina potestad del Redentor el orden social, jurídico, económico y familiar? "Incurriría en grave error -concluye Pío XI- el que negase a la humanidad de Cristo el poder real sobre todas y cada una de las realidades sociales y políticas del hombre" (6).
c. Contexto histórico de la encíclica.
Por último, no hay que olvidar el contexto histórico en el que fue escrito este notable documento. El Papa lo señala desde las palabras iniciales: se trata de un mundo sobre el que se ha precipitado un diluvio de males cuya causa no es otra que el rechazo de la inmensa mayoría de la humanidad a Jesucristo y su santísima ley, tanto en la vida privada, en la vida familiar y en la vida pública. Por eso, concluye, es vana la esperanza de paz de los pueblos si se deja de lado a Cristo. Resuena, entonces, firme e intrépida, la consigna con la que el Papa convoca a los hombres de aquella hora: pax Christi in Regno Christi.
También hacia el final de la Carta vuelve Pío XI al panorama del mundo de entonces. Señala, como gravísimos males del aquel mundo, el laicismo y la apostasía pública que él ha producido en las sociedades (7). Justamente, se trata de reparar tales males instituyendo para ello la celebración solemne de Cristo Rey porque la Iglesia, por medio de su admirable pedagogía, cada vez que quiere hacer viva en los fieles la presencia de una verdad determinada, la celebra, la hace liturgia.
Para concluir: ¿quién puede negar que aquel laicismo devastador y aquella apostasía de las naciones que atribulaban el corazón del Papa hace ya casi ocho décadas, son casi nada si las comparamos con este radical inmanentismo y con este impío secularismo que presiden, hoy, la construcción de una Civitas Mundi, inspirada en el Regnum Hominis en perenne batalla contra la Civitas Dei?
Más, mucho más que en 1925, se hace hoy preciso rescatar la necesaria proyección temporal del Reinado de Cristo como único modo de hacer un mundo más justo y más humano. Todo cuanto hagamos en este sentido, es cierto, ha de ser con la mirada puesta en ese Reino que consumará la Historia. Pero mientras aguardamos -y dejando expresamente a salvo la legítima pluralidad de las opciones políticas del cristiano- recordemos, con palabras de Jordán B. Genta, maestro y mártir de la Fe: "Con Cristo lo podemos todo y nuestro empeño en lo político debe ser para que Él reine...(8)"
No tengamos miedo de proclamar esta Realeza de Cristo. Sobre los tejados. Sin flaquezas. Con caridad. Nadie puede temer este Reinado. Pues como lo recuerda Pío XI: Non eripit mortalia, qui regna da caelestia.
Notas
(1).-. Quas primas, [4].Seguimos el texto español de Doctrina Pontificia, II, Documentos Políticos, BAC, Madrid, 1958.
(2).- Ibidem.
(3).- Quas primas, [6].
(4).- C.G. I, c. 1.
(5).- Quas primas, [8].
(6).- Ibidem.
(7).- Quas primas, [12] y [13].
(8).- Jordán B. Genta, El nacionalismo argentino, Buenos Aires, 1972.
(Reproducimos este artículo, aparecido el día 25/11/02 en el Foro de la Universidad Virtual Santo Tomás, con la expresa autorización del autor).

miércoles, marzo 01, 2006

Neuquén: una Constitución creada para ser desobedecida

Reproducimos una nota de la agencia Notivida comentando la aprobación de la nueva Constitución de la Provincia de Neuquén. Para quienes vivimos y padecemos en la que trágicamente es conocida como la “Capital de los Derechos Humanos”, esta misérrima Constitución no nos sorprende, aún cuando teníamos alguna esperanza acerca de la morigeración de su articulado.
Es importante tener en cuenta que Neuquén no es una isla, es parte de la Patria mancillada día tras día y es también tierra de misión. Neuquén es hoy el estereotipo del estado en el que se halla La Argentina: moralmente postrada, políticamente sojuzgada y espiritualmente abatida. Dios perdone a los que hoy son artífices del escándalo, la tropelía partidocrática y el mercenarismo barato.


SE APROBÓ LA NUEVA CONSTITUCIÓN NEUQUINA
El viernes pasado los 35 convencionales neuquinos aprobaron por unanimidad el texto de la nueva constitución provincial. El próximo martes será jurada, y entrará en vigencia al día siguiente de su publicación en el Boletín Oficial. La nueva Constitución tiene 318 artículos y la reforma involucró a unos 123.
Durante el plenario del viernes se leyó el texto constitucional, y después hablaron todos los presidentes de bloque.
El próximo martes -último plenario- el presidente de la Convención, Jorge Sobisch, jurará la nueva Constitución y, acto seguido, lo hará el resto de los convencionales.
Durante los discursos hubo pases de factura e intercambio de flores -esto último entre el MPN y la UCR aliados en la reforma constitucional- pero a la hora de votar todos levantaron la mano; tras lo cual aplaudieron de pie y hasta emocionados.
Los ataques a la Vida y la Familia
Como anticipamos la nueva Constitución incorporó “perspectiva de género” (art. 45) y “derechos reproductivos y sexuales” (art. 36). Menoscabó, además, la patria potestad al reconocer a “niñas, niños y adolescentes como sujetos activos de derechos” (art. 47) (vid Notivida nº 332). Pero estas cosas ni fueron objeto de discursos ni impidieron que todas las manos se alzaran a la hora del emocionado “sí”.
Derechos reproductivos y sexuales
“El Estado garantiza el ejercicio de los derechos reproductivos y sexuales, libres de coerción y violencia, como derechos humanos fundamentales”. Lo que equivale a categorizar como “derecho” la anticoncepción, el aborto y la homosexualidad. Consecuentemente, el Estado se compromete a diseñar programas que promuevan la “procreación responsable” y a brindar “atención sanitaria especializada en salud reproductiva y sexual”, (aborto encubierto).
Además “asegura el derecho a la información sobre los derechos reproductivos” lo que significa campañas de difusión sobre anticoncepción, destinadas fundamentalmente a los jóvenes, y una educación sexual banalizadora del sexo.
Género
El Estado “incorpora la perspectiva de género en el diseño y ejecución de sus políticas públicas” Estimulando “la modificación de los patrones socioculturales estereotipados con el objeto de eliminar prácticas basadas en el prejuicio de superioridad de cualquiera de los géneros”.
Esto permitirá, por ejemplo, enseñarle a los niños que el sexo es una construcción “sociocultural”, que los hombres y mujeres -como Dios manda- son “estereotipos”; que la homosexualidad es una "opción" digna, a la que se debe reconocimiento jurídico y social, "sin discriminación alguna". Cualquier crítica a la inversión sexual -también la enseñanza de los 10 Mandamientos- quedaría encuadrada en los llamados "crímenes de odio", y oponerse a la perversión de menores podría ser calificado de "delito de homofobia".
Niñez y adolescencia
El Estado legislará y promoverá medidas de acción positiva tendientes al pleno goce de los derechos de los niños, “removiendo los obstáculos de cualquier orden que limiten de hecho su efectiva y plena realización”. Los obstáculos podrían ser, por ejemplo, la voluntad de los padres. Así los menores podrán consumir los anticonceptivos y abortivos suministrados por organismos públicos y privados, sin conocimiento de sus progenitores.
Si desea conocer el texto completo de la Constitución ingrese en:
http://www.notivida.org/constitucionneuquina_2006.html
(NOTIVIDA, Año VI, nº 334, 19 de febrero de 2006)