martes, febrero 07, 2006

Textos Clásicos: Sobre la conversión de los clérigos

Hijitos, ¿quién os enseñará a huir de la ira venidera? (Mt. 3,7). Nadie hay que merezca tanto esta ira como el enemigo que simula ser amigo. ¡Judas! ¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre (Lc. 22,48); tú, que parecías tener una misma alma conmigo, y comías de mis dulces manjares, y ponías la mano en mi mismo plato? No serás tú de aquellos que por quienes ora al Padre y dice: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc. 23,34). ¡Ay de vosotros los que no sólo os alzáis con la llave de la ciencia, sino también con la de la autoridad! No contentos con dejar de entrar vosotros, impedís de mil modos que entren los demás, a quienes deberías empujar por razón de vuestro cargo a que entrasen. Habéis arrebatado las llaves en vez de recibirlas. De vosotros se quejaba el Señor por el profeta: Ellos reinaron, pero no por mí, y levantáronse como príncipes, y yo no los había llamado (Os. 8,4). ¿De donde viene esa ardorosa ansía de prelacías, ese desenfreno de vuestra ambición, esa frenética locura por arrebatar prebendas? ¿Hay alguno entre vosotros que sea osado hasta el punto de desdeñar la autoridad del más pequeño de los príncipes del siglo, de modo que sin orden suya y aún contra su voluntad se arrogue las funciones del ministro, se apodere de sus rentas y dirija sus negocios? Pues no penséis que Dios aprueba lo que hacen en su vastísima casa y dominios esos vasos de ira, destinados a perecer. Cierto que son muchos los que se llegan aquí, pero considerar el número de los verdaderamente llamados (...). A los que gemimos por el actual estado de la Iglesia no nos extraña que de una culebra nazca un escorpión. No nos pasmamos tampoco de que vendimien la viña del Señor hombres que quebrantan las leyes que el Señor impuso. Hemos visto que con manifiesta desvergüenza se alzan con el rango que corresponde a los varones pacíficos, y aún se entremeten en funciones que sólo competen a los hijos de Dios, hombres que jamás oyeron la invitación del Señor para que entraran en su corazón, o que, si la oyeron, en vez de seguirla, corrieron a las frondas para esconderse debajo de ellas. Por eso no han parado de pecar, sino que arrastran tras sí la larga red que los tiene cogidos. Todavía no ha abierto los ojos para contemplar su indigencia y su pobreza, sino que dicen: "Ricos somos; de nada necesitamos"; cuando en realidad son pobres, desnudos, miserables y dignos de lástima"
(En: San Bernardo: Obras completas, Madrid, BAC, T. II, pp. 736)