lunes, febrero 20, 2006

Moda, destrucción e irrealización

Por Matías Sánchez
Cuando Chesterton explicaba por qué consideraba que la sociedad sufría la maldición de la esterilidad y llevaba la marca del esclavo, simplemente afirmaba: “porque no puede crear una costumbre. Sólo puede crear moda”(1). Visualizaba en la moda un gravísimo mal, y la concebía como un fenómeno de enorme alcance e implicancias. Mientras la costumbre es el producto del hombre que ha hecho cosas perdurables, “realmente dignas y humanas”, la moda, que ha fracasado como costumbre, representa destrucción, algo negativo enteramente. La costumbre ha engendrado escuelas de escultura y edificios de todos los períodos de la arquitectura, la moda “es como si un hombre estuviese esculpiendo perpetuamente una estatua y destruyéndola tan pronto como la esculpe; como si estuviera siempre manoseando torpemente la arcilla y nunca consiguiera moldearla a gusto. Es como si la gente comenzase a excavar los cimientos de una casa antes de haber terminado de ponerle el tejado”. La costumbre significará realización, la moda, se anticipó, esterilidad y esclavitud.
Considerando las palabras del sabio inglés, importa analizar la moda en nuestros días, haciendo lo posible por concebirla en un sentido amplio, mucho más allá de “aquello que se usa”, de las modelos raquíticas y de las frivolidades variadas que ofrece el mercado. Tomadas aisladamente, las modas pueden ser consideradas mera superficialidad, incluso insignificantes manifestaciones de decadencia; pero resulta que, en conjunto y en última instancia, presentan efectos considerables en la realidad. Por ejemplo, aquello que fue denominado “unisex” y que en principio refirió a la misma vestimenta para ambos sexos, trascendió holgadamente la industria textil y pasó, como un relámpago, a formar parte de la imagen, los modos, inclusive la “sexualidad” humana. Así, a pantalones unisex se sumaron varones con cabello, cutis y maneras “femeninas”, y más tarde “orientaciones sexuales neutras” tales como la homosexualidad, el travestismo y el transexualismo. En resumen: una aparente nimiedad como el ropaje de moda hubo de significar la puerta de acceso (en tanto “condición de posibilidad”) a embestidas ideológicas, en este caso las propias de la denominada “ideología de género”(2).
Es claro que la profunda indistinción externa e interna, el igualitarismo, es una característica del hombre actual. Así lo señala el Padre Alfredo Sáenz (3): “Si pudiéramos penetrar en las mentes de estos hombres estandarizados, se descubrirían nuevas semejanzas, más llamativas quizás que las exteriores: los mismos criterios tomados de las mismas radios, las mismas revistas, los mismos formadores de opinión; un vocabulario casi idéntico, el que se aprende viendo la televisión; los mismos slogans políticos, el mismo tipo de música, las mismas modas intelectuales (...)”. Esa indistinción, esa vida “en sazón de nivelaciones” como decía Ortega y Gasset, establece un estado de cosas en el que nada ni nadie sobresale y en el que triunfan homogeneidad, aglomeración, agolpamiento. Así las cosas, podemos aludir a la permeabilidad del hombre igualado-masificado para asumir acríticamente lo que se le impone. El precitado P. Sáenz refiere a este hombre como aquel que “ha renunciado a la vida autónoma, adhiriendo gozosamente a lo que piensan, quieren, hacen u omiten los demás”(4) y con ello basta para entender que “lo predominante” lo afecta directamente.
Los gestores y promotores de “lo predominante” reconocen este punto flaco y para imponerse utilizan medios flexibles que se ajustan a diversas situaciones. Llegado el caso, la mayoría dictará sentencia y por ello el sufragio se transformará en instrumento imprescindible. En ciertas oportunidades, el consenso –logrado entre algunos concertadores concienzudamente seleccionados- será patrón de medida. En otras circunstancias, alcanzará con hacer rodar una opinión y sugerir qué es “lo que se dice”. No puede desconocerse la revolución cultural que nos afecta así como no pueden negarse sus aportes a la subversión del orden. Tomemos, como botón de muestra, la mutación semántica favorecedora de la colonización de las almas. Si hace unos años luchábamos a favor de la vida negando toda referencia y discusión en torno al aborto, y hoy aceptamos polemizar a partir de eufemismos engañosos tales como “embarazo no deseado” o “interrupción del embarazo”, se debe a que algo, un proceso planificado y sistemático, ha influido en nosotros. Por lo menos en parte...
La otra cara de la moneda se sintetiza en esto: no todas las personas padecen la igualación y masificación y algunas pueden incluso mantenerse completamente a salvo de las consecuencias directas de la revolución cultural. Ahora bien, ¿por qué no se manifiestan, por qué no aparecen, por qué no combaten las modas y su destrucción? Podrá decirse, y quizás con ello alcance, que se trata de un pecado grave y extendido: la tibieza. Ello explicará el antitestimonio, la dimisión, la cobardía... Y dijimos, con eso tal vez baste. Tal vez, expresamos, no porque dudemos de la gravedad del mal señalado (alcanza con repasar las palabras del Apocalipsis en torno al futuro de los tibios), sino porque consideramos que podemos aportar al análisis otros elementos; como se trata de diagnosticar - primer remedio para curar toda enfermedad según el Padre Castellani -, nos animamos a otros conceptos.
Cuando frente a la moda, a lo que predomina, una persona calla u omite su personalísima reflexión por presentarse opuesta a aquella, puede hacerlo por varias razones.
Primero, por algo íntimamente vinculado al fenómeno de la masificación: la persona necesita “ir en el pelotón”, “sumarse al carro ganador” y “sentirse parte”, identificándose con otros en “lo que se dice” y buscando la aceptación del grupo. John Locke habló de respeto y adhesión incondicionales a la “ley de la moda” y posibles ilustraciones saltan a la luz rápidamente; por ejemplo, si escuchamos que el presidente argentino cuenta un setenta por ciento de imagen positiva, aunque nuestra versión sea contraria, radicalmente distinta a la mayoritaria, es posible que nos guardemos el comentario o que lo reservemos al terreno de lo privado. Un elemento clave en la moda, la imagen exterior, aporta aquí algo decisivo: la falta de interioridad del hombre contemporáneo, expresada también como “pura exterioridad”(5), desestima la triple imagen que, según enseñan los sabios, abre a lo que realmente somos, considerando lo que Dios ve en nosotros, lo que ven las otras personas y lo que nosotros mismos vemos. El hombre actual atiende solamente lo que los otros ven y valoran -aunque no confirme rigurosamente tal percepción- sumándose a la moda y ratificándola.
La necesidad de “formar parte del grupo triunfante” se presenta también asociada al temor a aislarse. Este concepto es de suma importancia porque aporta datos en aquello muchas veces inentendible: la irrespuesta de los que saben y deben la respuesta. Alexis de Tocqueville, en su historia de la Revolución Francesa publicada en 1856, grafica lo señalado, en este caso aludiendo a los católicos franceses que callaron y cedieron sin combatir. Dice: “Los que seguían creyendo en las doctrinas de la Iglesia tenían miedo de quedarse solos con su fidelidad y, temiendo más la soledad que el error, declaraban compartir la opinión de la mayoría”. Locke afirma en su “Ensayo sobre el entendimiento humano” que la búsqueda de aceptación es natural en el hombre tanto como el miedo a ser separado. Dice que “nadie escapa al castigo de su censura y desagrado si atenta contra la moda y la opinión de la mayoría”(6), y aunque señala que nadie en sus cabales puede optar por el asilamiento exponiéndose a la separación de parte de amigos y familiares, algo que miles de mártires se ocupan de negar con testimonios de persecuciones y sangre, nos invita a pensar que la presión ejercida expone a determinaciones radicales. El aislamiento implica silencio. En un libro muy recomendable referido a la opinión pública y denominado “La espiral del silencio”, su autora, Elisabeth Noelle-Neumann, expresa que el silencio es un producto de ese aislamiento (quien es aislado no tiene voz) al tiempo que significa complacencia (el que calla otorga). Frente a la posibilidad de “quedar fuera, en soledad y callados”, se valoran de mayor modo las saludables iniciativas de quienes superan esa barrera, porque se exponen vitalmente y comunican lo debido (consideremos a los mártires nuevamente), todo ello más allá de que en el fondo estén cumpliendo una obligación, un claro mandato.
La comunidad debe procurar testigos de la verdad siempre, bajo toda circunstancia y en especial la que nos toca, tan viciada y oscura. Un primer paso será reconocer lo determinante: lo impuesto desde fuera, como la revolución cultural en sus diversas formas, la prepotencia de lo predominante, los mecanismos de aislamiento y silenciamiento, entre otros, y lo personal, en tanto expresión libre, conciente, moral. Imperan respuestas individuales, viriles y sacrificadas que confronten estos males de grandes proporciones con la mirada puesta en lo permanente. La moda, decía Chesterton, produce “inestabilidad y descontento”. En su esterilidad, obstaculiza la realización de la persona y la somete a la soberanía del instante y de lo segundo. Por ello, atacarla de cuajo, además de fundar y refundar costumbres, se torna imprescindible.
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(1) “Ensayos”, Porrúa, México DF, 1985, p. 61.
(2) Por su carácter destructivo y por su negatividad intrínseca, por su esterilidad y esclavitud, por su carácter novedoso, por su oposición a la costumbre y a lo que permanece, se desprende que toda ideología es “moda”, en el sentido que le da Chesterton y que sostenemos desde estas líneas. En ese marco, la mal llamada “teoría” o “perspectiva” de género es, en realidad, una ideología, una moda, dado que no busca la verdad ni el bien común, sino simplemente la conquista de voluntades para utilizarlas con un fin específico. Es necesariamente ambigua y utiliza el engaño como medio imprescindible para alcanzar su finalidad. Esconde sus objetivos porque no puede decirlos abiertamente y pretende sostener que hay un sexo biológico, que nos es dado y que, por ende, resulta definitivo; pero, a la vez, toda persona puede “construir libremente su sexo psicológico o su género”. Se trataría de un sexo construido socialmente en contraposición al sexo biológico; el primero, fruto de una “autoconstrucción libre de la propia sexualidad”.
(3) “El hombre moderno”, Ediciones Gladius, Bs. As., 2º ed., 1998, p. 42.
(4) “El hombre”, p. 34.
(5) En el texto aludido (“El hombre”, pp. 19-20) el Padre Alfredo Sáenz toma una cita significativa de M. F. Sciacca: “Nosotros vivimos fuera de nuestra interioridad: no interiorizamos nuestra vida práctica, exteriorizamos nuestra conciencia; no recuperamos el mundo dentro nuestro, nos perdemos y dispersamos a nosotros mismo en el mundo. Reflejamos la superficie de las cosas en lugar de reflejar en las cosas la profundidad de nuestro espíritu”.