jueves, febrero 09, 2006

La recuperación de la concordia entre la Fe y la Razón

Por Antonio Caponnetto

Hay caminos o vías posibles para restablecer la concordia olvidada entre la ciencia y la fe. No son recetas que puedan aplicarse al modo casuístico; más bien podrían remedar las antiguas Ordenanzas que procuraban imbuir un estilo al que se lanzaba a la acción.
Es preciso ante todo reconocer una Verdad que no viene de mi; que no brota del sujeto, inmanentemente; sino que se me impone, no al modo de una coacción sino de una revelación. Verdad que me exige reverencia y homenaje, gratitud y obediencia, docilidad a lo real. Disposición para decirle a Dios, como el patriarca Abraham: Adsum; heme aquí, Señor (Gén, 22,1). Esta afirmación de la verdad supone la confrontación irreductible con todos los matices y los grados de la mentira; la adecuación de la inteligencia a la realidad y la conformidad de la propia voluntad con la Voluntad del Padre. No es hombre de ciencia el que niega este lúcido acatamiento en nombre de la libertad. Es el insensato del que hablan las Escrituras. No es hombre de fe el que desecha el entendimiento para distinguir y discernir estas encumbradas realidades. Es apenas un supersticioso. Se pregunta Gilson en El Filósofo y la Teología, cuál es el arte de ser tomista. "Un tomista es un espíritu libre" –responde con agudeza-.Esta libertad no consiste en no tener Dios ni maestro, sino más bien en no tener otro maestro que Dios, pues El es la única protección del hombre contra las tiranías del hombre[...] Como la caridad, la fe es liberadora".
Cuando invocando la ciencia moderna, por ejemplo, se quiere llamar opción de género al pecado contra natura, o derecho al cuerpo al asesinato de un inocente, la fe y la razón deben alistarse codo a codo para preservar esa verdad que no es mía, pero a cuyo servicio he de estar, oportuna e inoportunamente. Y cuando la misma fatuidad cientificista pretenda desalentarnos o acomplejarnos, acusándonos de faltar a la solidaridad con posturas tan irrevocables, recordaremos una vez más con San Agustín: la mayor caridad es la Verdad.
En segundo lugar, se necesita ejercitar ese clásico principio metodológico del auditus fidei, que sin pretensiones de traducción especial parecería indicarnos el valor de lo escuchado y oído en la Fe. Será esa atención prestada a lo sobrenatural, esa acogida a lo trascendente que podamos cultivar en nuestra interioridad, lo que nos dará la medida de nuestra auténtica estatura racional. Pocos lo han dicho mejor que San Buenaventura, en su Itinerarium mentis in Deus (Prologus, 4): "No es suficiente la lectura sin el arrepentimiento, el conocimiento sin la devoción, la búsqueda sin el impulso de la sorpresa, la prudencia sin la capacidad de abandonarse a la alegría, la actividad disociada de la religiosidad, el saber separado de la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio no sostenido por la divina gracia, la reflexión sin la sabiduría inspirada por Dios".
Todas las ciencias pueden ser oídas en la Fe. Si nos dedicamos a la historia escucharemos entonces la voz de los santos en el tiempo; si a la medicina, la del dolor lacerante de quienes se saben prontos a la muerte y buscan alivio; si a las matemáticas, la de las proporciones danzando en numérica sinfonía como un eco lejano de una exactitud ordenadora inicial; si al derecho, la de los nobles códigos que garantizan la equidad para las almas; si a la geografía, la de los horizontes que limitan con la patria celeste. Todos los saberes pueden contemplarse y practicarse en armonía con el Plan de Dios.
Cerrando su Fides et Ratio, nos recuerda el Papa un antiquísimo texto monástico, que bien vendría de colofón para estas Ordenanzas que estamos proponiendo. Es aquel en el que el Pseudo Epifanio llama a María Santísima "la mesa intelectual de la Fe". Porque Ella, con su "hágase en mi según tu palabra", se convierte en el gran arquetipo de la razón dócil, despierta y atenta a los reclamos de la Fe; en el bello paradigma de una inteligencia ascendente y de una credulidad fundante. Por eso los santos monjes de la tradición eclesiástica sostenían orgullosos que era necesario philosophari in Maria.
Filosofar en María es reconocerla como Sedes Sapientiae, como sabedora de las esencias que no cambian, como contempladora de la inmovilidad del Ser. Es emular su sencillez y su silencio, su humildad inefable y su alegría serena. Es escoltarla en su estremecedora obediencia y acompañarla en el dolor del Calvario. Y es además, vueltos filialmente ante Nuestra Señora de Guadalupe, proclamarla Emperatriz de América, pidiéndole que se cumplan aquellos versos inspirados de Perfecto Méndez Padilla:

"Levanta, oh patria tu gallarda frente,
de mirtos y laureles coronada,
porque tu Reina ha sido proclamada
Emperatriz del Nuevo Continente"
Por Ella y ante Ella:
"México se unirá con Argentina
Y de Iturbide y San Martín los manes
Se alegrarán en la región andina"

Esta concordia entre la fe y la razón que estamos proponiendo, este filosofar teologante - como diría Pieper- cristiano y mariano, y por lo mismo, capaz de amalgamar la ciencia y la creencia, necesita ser percibido como un ideal posible. Como un móvil que el hombre puede encarnar y vivir.
Siempre será significativo al respecto abrevar en el modelo irreemplazable y perenne de Santo Tomás de Aquino. Porque pocos como él concretaron con tanta fuerza la unidad del creer y del entender, conduciendo la inteligencia a sus mejores cumbres y acrecentando la fe con un esplendor irradiante. Su vida es la de un santo y un sabio. Su ciencia, la arquitectura admirable, fruto de un intelecto dotado para la visión universal. Su piedad y devoción, las de un niño; su perseverancia y tenacidad en la defensa de la verdad, la de un atleta de Dios. Su Fe la de los mártires del Coliseo. Su humildad, la virtud extraordinaria que lo llevaba a inclinarse ante el Sagrario, pidiendo que la gracia copiosa le abriera la mente día a día, librándola de toda posibilidad de error. Chesterton lo ha llamado con justicia, "aristócrata intelectual...el más valiente y magnánimo de los lebreles del Cielo". Y Louis de Wohl, en aleccionadora novela, nos lo retrató con la maestría de "una luz apacible". Quien tuviera el privilegio de canonizarlo, el Papa Juan XXII, resumió su figura con palabras inspiradas: "su doctrina y su ciencia", dijo, "no pueden explicarse sin el milagro".
Abramos las páginas de la Suma. Santo Tomás habla de los atributos divinos, y se funda desde luego en los datos de la fe. Invoca al Libro del Exodo, pero a renglón siguiente, ya está razonando las famosas cinco vías. Al tratar de la simplicidad de Dios, las objeciones que presenta son bíblicas. La solución que aporta es racional. A la sabiduría divina la demuestra por un texto del Apóstol a los Romanos(11,23). Sin embargo, relacionando la ciencia con la inmaterialidad ,adjunta inmediatamente la explicación filosófica. En el Tratado de la Trinidad , la distinción de las divinas personas se apoya en la Revelación; las nociones de relación, de procesión, de persona son accesibles por medio de la argumentación racional. En los Tratados de la Encarnación, de los Sacramentos o de las Virtudes, siempre la razón y la fe se complementan orgánicamente, sin inconvenientes. La razón conoce y demuestra; la fe certifica y afianza. El objeto de la razón puede admitir posibilidad de error; la fe es inequívoca y certera. Fe y razón libran juntas el buen combate de la visión, del asentimiento y de la ciencia.
Lo ha dicho con la galanura de un soneto, Luis Gorosito Heredia:

"La enorme catedral de teología
subía de su mente y de su pluma,
piedra firme entre océanos de espuma,
razón y fe en perfecto mediodía.
Ya daba sombra al suelo y se perdía
cerca del sol en ópalos de bruma.
Triunfaba la Escolástica en la Suma
y a Dios tocaba en nueva geografía.
Cuando este enorme atlante hundió la mano
y el corazón en el celeste arcano,
soltó la pluma y la amorosa herida
no conoció ya alivio ni cauterio.
Pétalo en muerte fue, si llama en vida.
¡Oh Inteligencia hermana del Misterio!"

A imitación de Santo Tomás, entonces, y a pesar de nuestras humanas limitaciones, hemos de querer consagrarnos al estudio, a la actividad académica y universitaria, a la investigación científica, al apostolado intelectual. A pesar de las penurias, de las adversidades, de los enemigos de la Iglesia y del odio del mundo.
Hasta que al final de nuestras vidas, podamos decirle con Santo Tomás al Señor: "Te recibo a Ti, rescate de mi alma, viático en mi último viaje. Te recibo a Ti, por cuyo amor durante toda mi vida he estudiado y velado, he predicado y he enseñado, sin haber dicho nunca nada contra Ti. Me ofreces recompensa por mi trabajo. Señor, yo no quiero otra cosa mas que Vos mismo."