martes, febrero 07, 2006

La filosofia del mal menor

Algunos datos de esta triste – por dolorosa – realidad que se padece sirven de referencia para comprobar lo mal que se vive y lo tremendamente graves que son las cosas. La gravedad, por supuesto, no se explica con meras ecuaciones económicas – a esta altura da vergüenza inclusive aclararlo – y sí comienza por definirse con términos esencialmente educativos.
Si estamos como estamos se debe en gran medida a una desatención de lo educativo, que en vez de procurar trascendencia, aspiración al infinito, arraigo a lo mejor y hábito de bien, se centra exclusivamente en los medios, desoyendo de ese modo la máxima evangélica de perfección y conformándose completamente con lo mediocre.
Abunda la vulgaridad. Cuando el monumento porteño por excelencia se enfunda en latex bajo la excusa de “lucha contra el SIDA”, cuando un profesor que escribe con falta orográficas notorias se justifica porque “todos cometemos errores”, cuando un jove no higieniza su ropa ni se baña “porque ello implica adherir a un movimiento contestatario”, cuando en misa se aplaude y se baila “porque así se garantiza la diversión de los fieles”, sin dudas se pueden desentrañar muchos males , entre los cuales se muestra la significativa y altamente corrosiva vulgaridad.
La vulgaridad en el pensamiento, con lógicas consecuencia en el obrar moral, se plasma en lo que podemos denominar “filosofía del mal menor”. De ello nos ocuparemos en éstas líneas.
Evidente es la pérdida de rigor y profundidad en el uso de la inteligencia, y esto se manifiesta en una realidad en la que predomina la indiferencia por los grandes asuntos, la desidia a la hora de buscar la verdad, soberbia en el protagonismo de los opinantes cultores del relativismo y ausencia de verdaderos maestros (además de la descalificación y la separación de los pocos que se cuentan), entre otras muchas cuestiones.
El instrumento clave de aquél que no piensa correctamente es el “lugar común”. Y esto porque las frases hechas, en estos tiempos, no solamente ocupan lugares vacíos (el “pensamiento general” llena el hueco dejado por el verdadero pensar) sino que también legitiman a quien los reproduce: decir “lo que se dice” combate el aislamiento y la soledad favoreciendo la pertenencia y la identificación con la mayoría.
Lo que aquí hemos llamado “filosofía del mal menor” consiste en algo sólidamente arraigado en ésta época. Se impone en todos los ámbitos e impregna espíritus de toda raza, religión y latitud, se establece como un patrón común de análisis, discurso, enseñanza y acción y se rige por medio de proceso metamórfico muy claro.
Un primer ejemplo sirve para comenzar a explicar el asunto. Muchos hombres de buena voluntad, inclusive miembros de la Iglesia Católica, sostienen – como debe ser, sobre todo para éste último grupo – que el uso del preservativo no debe promocionarse de modo que se conciba como el medio por excelencia para prevenir enfermedades de transmisión sexual o evitar embarazos no queridos. Agregan que las cosas tiene que plantearse de otra manera, que la crianza y la educación escolarizada deben cultivar la virtud de la castidad, que promocionar el uso de gomitas es invitar abiertamente a la promiscuidad, que de ese modo solamente se solidifica el hedonismo de los jóvenes, etc., etc. Ahora bien, cuando algunas de esas personas se ven interrogadas sobre qué debe hacerse hoy, considerando los miles de infectados, el número de muertes devenidas de abortos clandestinos por embarazos “no deseados”, la proliferación de relaciones sexuales de niños y jóvenes, la respuesta escuchada es: “aceptamos la utilización del preservativo, mientras se piensa y plantea otra estrategia”, poniendo el acento en que se trata de algo “malo”, como se dijo, pero que se puede entender “menor” considerando los “males mayores” actuales padecidos.
Luego – por muchas causas, algunas ya sugeridas- ese “mal menor” pasará a ser “casi bueno”; porque el condón previene enfermedades, porque colabora con la planificación familiar, porque favorece los intereses y proyectos personales... Así, se entenderá como “eficaz medio” – aunque temporario – y su eficacia será sinónimo de “valor”. Una vez más, el fin justifica lo medios.
Alguien – no importa de quien se trate – señala qué es bueno y qué malo, surgiendo luego y casi espontáneamente qué es pero que aquello, qué no es tan malo, que es casi bueno, qué es bueno....
Lejos de evaluar según patrones morales claros (como por ejemplo que existen normas morales universales, que los actos morales son conscientes, libres, responsables, buenos o malos sin tercera posibilidad, etc.) unos pocos al principio y la masa posteriormente dictaminan con radicalidad lo legítimo o ilegítimo.
Algunos casos sencillos, tomados al paso y guiados por las emociones y no por la razón, confunden y se muestran rápidamente como sustento de esta nociva concepción. Por ejemplo, al estudiar a un hombre que roba comida para darle a su familia alimento que no puede conseguir de otro modo; primero diciendo que “no es tan malo”, luego “valorándolo” a partir de la explicación de que “hay cosas peores” y, finalmente , considerándolo “bueno”, aunque nunca se explicite de ese modo.
Esto último tiene que ver con una cuestión esencial: como en los actos morales no se puede concebir una tercera posición, al no describirlos tal cual son (en el caso del padre que roba se trata de una acto moralmente malo), surge la confusión y la oscuridad se expande. Al no señalar el mal como tal, lo mismo que el bien, se llama a lo bueno, malo, y a lo malo, bueno. No se conciben agravantes ni atenuantes (en el ejemplo citado, la acción sería moralmente mal aunque se atenuaría la falta por el fin procurado) y todo queda envuelto en una maraña de supuestos equivocados de gravísimas consecuencias.
Otros ejemplos colaboran en el discernimiento de esta filosofía del mal menor.
Cuando un juez es candidato para componer la Suprema Corte de Justicia, los que reconocen de su contaminada conciencia, preñada de odio a la fe y atentatoria de a vida humana, justifican su asunción diciendo “cuenta con una amplia trayectoria y una sólida formación”. Se afirma, sin necesidad de hacerlo explícito, que tal cargo significará un “mal menor” porque puede darse el caso de un aspirante sin formación ni trayectoria suficientes, dejando de lado la iniquidad que puede implicar una conciencia ideologizada a favor del ateísmo y de la legalización del aborto.
Del mismo modo sucede cuando, con la supuesta intención de promover la lectura, el Ministro de Educación nacional obsequia libros en las canchas de fútbol. Textos vacíos, de escritores impresentables, son justificados porque el mal menor es que no sean útiles en absoluto y “pero es que no se lea”.
O cuando se invita a asociaciones de homosexuales a “educar la sexualidad e los niños en edad escolar” afirmando que peor es no educar es ese importante asunto y que “el mal menor” es la educación de “una minoría”, con una mirada especial.
Cuando, por dar otro ejemplo, se omiten principios doctrinarios fundamentales en pos de un pretendido “dialogo interreligioso”, también se recurre al argumento de que se trata de un “mal menor” y que un mal mayor sería no relacionarse, cerrándose “como se si poseyera la verdad” sin atender a lo diverso, a la diferencia valiosa de otras creencias.
También se muestra esta filosofía cuando se piensa en el divorcio como una verdadera opción ante la crisis matrimonial. Se dice que lo ideal sería la unidad conyugal, pero que no puede sostenerse ante una fractura grave, por lo que el “mal menor” sería la separación.
Y los ejemplos continúan en una larga lista. Lo importante, se entiende, es combatir esta concepción, dañina por el sitio que se la mire. Rigor intelectual, buena educación, comprensión ya aceptación de patrones morales claves, sumados a una importante tarea correctiva y sumamente activa, serán fundamentales para responder a una forma de pensar y de actuar que puede resultar tremendamente destructiva.
Matías Sánchez

1 Comments:

At 9:03 a. m., Blogger Martín Brandalise said...

Buen día, tengo una duda,(aunque puedo estar equivocado):
Tenía entendido, que robar alimento NO ES PECADO.

 

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