miércoles, febrero 15, 2006

El horroroso "chau"

Por Hugo Wast
Tenemos en castellano una preciosa fórmula para despedirnos de un amigo, tan rápida, que no puede serlo más; pero llena de sentido y de sentimiento. Más aún: de teología
Es cordial, es discreta y es sabrosa, pues tiene la dulzura añeja de las expresiones castizas, de que nuestro idioma era antes riquísimo y empieza ahora a empobrecerse.
Nos basta decir ¡Adiós! cuando nos despedimos de un amigo, o nos cruzamos con él, para expresarle nuestro deseo de que al alejarse de nosotros vaya en la mejor compañía posible: acompañado de Dios.
Esta fórmula brotada del corazón del pueblo antiguo es una síntesis admirable de las tres virtudes teologales: fe, esperanza, caridad.
Seguramente pocas veces, tal vez ninguna, nos hemos puesto a considerar lo preciosa que es la palabra ¡adiós!. Pero si no lo hemos hecho nosotros, que la usamos con frecuencia, a buen seguro lo han hecho con mucha sagacidad aquellos que no la usan nunca.
Por ejemplo, los socialistas, los comunistas y ciertos liberales, para quienes invocar el nombre de Dios es como ponerse una brasa en los labios.
Estos nunca dicen ¡adiós!, porque los muy ladinos han estudiado lo que a nosotros se nos ha pasado por alto: que esa expresión es una confesión de fe, una seguridad de esperanza, un beso de caridad católica.
Dirán, en cambio: ¡Salud, camarada! ¡Buen viaje! ¡Abur!
Últimamente, advertimos que, en son de gracejo, muchas buenas personas han reemplazado el castizo ¡adiós! de nuestros padres, por el ¡chao!, que, sobre ser vulgar y grotesco, es un extranjerismo repelente.
Lo peor del caso que esta grosería suele escucharse en labios de chicas que la aprendieron como una gracia del colegio.
Si por advertencia lo dijimos alguna vez, procuremos no decirlo más, porque es hacerle el juego a las fuerzas mal desatadas sobre la tierra, quienes quieren extirpar de nuestras costumbres y borrar del idioma el nombre de Dios.

(De: Navega hacia alta mar, Didascalia; Buenos Aires, 1996)