martes, febrero 07, 2006

El escándalo de la niñez, hoy

El escándalo es el impulso de caer en el pecado, en la pérdida y ofensa de Dios. Y el que escandaliza se convierte por ello en tentador de su prójimo y atenta contra la virtud y el derecho. Hay, sin embargo, dos sentidos del escándalo: el primero, el de aquél que proviene del mismo Dios, de Cristo o de la Iglesia y que se origina en el rechazo culpable del amor salvífico por parte del mundo y en la voluntad rebelde de los hombres. Al respecto, dice santo Tomás que hay escándalo también cuando una persona honesta hace una buena acción que suscita la envidia pecaminosa del que está mal dispuesto. Dios mismo fue "piedra de obstáculo", por ejemplo, cuando se produjo el escándalo de los fariseos ante Cristo. Porque el fariseo odia la Verdad y sus epifanías temporales y desde el momento en que la reconoce se ocupa de destruirla invirtiendo todo, como con Jesús ante el Sanedrín: "la Escritura en su labios será blasfemia, la verdad será sacrilegio, los milagros serán obra de magia" (Leonardo Castellani: Cristo y los fariseos). Por eso se decreta su muerte que, para mayor escándalo farisaico, deviene en un nuevo 'obstáculo', el de la Cruz Redentora.
Sin embargo, aquí tomamos el segundo sentido del escándalo, esto es, el pecado que en sí mismo busca la ruina espiritual del prójimo. Es por ello el pecado de los pecados, directamente opuesto a la caridad, en tanto atenta contra la salvación eterna del otro.
Hablamos del escándalo de la niñez cuando señalamos la miseria (que no la pobreza), el trabajo y la pornografía infantil, la pedofilia y la violencia en todas sus formas, la droga. No obstante, con ser estos ataques reales y sobrecogedores, lo cierto es que detrás de los mismos hay una embestida velada y, si cabe, muchísimo más grave. Se trata de la agresión ideológica contra la niñez de la que se desprende la deformación en el hogar, la escuela, los medios de comunicación, la propia comunidad. Deformación ésta asistida por la herramienta de los llamados Derechos del niño, esto es, el nombre que hoy recibe el escándalo de la niñez. Estos derechos, emanación pura de los llamados Derechos Humanos, sufren también la sorprendente contradicción que marcara en su día Juan Pablo II, pues mientras más se los anuncia, más se los conculca. De hecho, son meras declamaciones que se repiten ad nauseam mientras se multiplica y se hace efectiva la continua legitimación de los atentados contra la vida.
Históricamente hablando, el concepto pervertido de libertad que subyace en estos derechos se encarna en la afamada Declaración de los Derechos del Hombre, sancionados en la sangrienta Revolución Francesa de 1789 y reactualizados en los albores del actual Nuevo Orden Mundial, en 1948. A partir de allí se efectiviza la pretensión de erigir una nueva Tabla de la ley, absolutamente contraria a la ley natural y "en virtud de la cual la verdad sería una mentira y la mentira verdad, hacer el bien sería el mal y hacer el mal, un bien".
Porque estos pseudoderechos remiten en realidad a un mal espiritual que no tiene nada de nuevo, esto es, el ofuscamiento de la conciencia moral, aquel oscurecimiento que expresa el Profeta Isaías al decir: "¡Ay de los que llaman bien al mal y mal al bien, de los que cambian la tinieblas en luz y la luz en tinieblas, de los que vuelven dulce lo amargo y amargo lo dulce!" (Is 5, 20). Y precisamente lo singular del mundo moderno es que lleva esta enfermedad espiritual al paroxismo cuando expresa en boca de Nietzsche, uno de sus principales corifeos: "Mal, sé tú mi bien".
Asimismo, la desnaturalización de la conciencia moral se evidencia en la guerra semántica que pretende, como enseña Gambra, cambiar el sentido del lenguaje para cambiar el alma. Esta mutación de las palabras y su sentido asociada a la ofuscación de la conciencia tiene por resultado un orden invertido y antinatural de suyo. Es un orden desordenado, si se nos permite la contradicción, según el cual todo está permitido: las guerras genocidas por el derecho a la democracia; el aborto, la anticoncepción y la esterilización por los derechos sexuales y reproductivos; la eutanasia por el derecho a no sufrir; la clonación por los derechos de la ciencia; la destrucción de las patrias por el derecho a los planteos internacionalistas y globalizadores; la inseguridad por los derechos del delincuente; el matrimonio diluido en nombre del derecho al divorcio; la familia derruida para honrar los derechos homosexuales; la verdad destruida en nombre del derecho a la opinión; la libertad destrozada en pos de la liberación; la libertad religiosa socavada por el derecho de las minorías marginales; los derechos de Cristo Rey conculcados por los derechos del hombre. Y, como ha de suponerse, el niño escandalizado en nombre de sus derechos. Porque lo desmesuradamente inaudito, y decididamente diabólico, es que a través de los Derechos del Niño se 'denuncian' los mismos ataques que los 'recreadores' de esos derechos pergeñan, avalan e incentivan. La ruina espiritual y física del niño en nombre de los Derechos del Niño.
Pero, ¿por qué son los niños el objeto central de estos ataques? Nos responde Antonio Caponnetto en un libro pletórico de verdades poéticamente proferidas: lo que mueve a los escandalizadores es el odium Christi pues, si Dios se hizo Niño, "es comprensible que quienes reniegan de El no sólo no quieran aniñarse, sino que además pretendan matar al Niño Dios que cada criatura revela por haber sido hecha a su imagen y semejanza".
Mas el homicidio de lo divino en cada niño, o en cada ser dotado con la infancia espiritual, no sólo implica el daño físico que encuentra su culmen en el infanticidio. Se mata también al Niño Dios presente en las criaturas en cada desnaturalización de la infancia, pretendiendo mancillar y finalmente matar el alma. En efecto, el Niño Dios es el Paradigma del sufrir inocente, el Arquetipo celeste que desde su inefabilidad explica los tormentos que hoy padecen los niños.
Odio al Creador y, por lo mismo, odio a la creatura. Con semejantes antecedentes no es menester buscar demasiado al causante de semejante escándalo. Pues, más allá de los escandalizadores, no otro que el demonio es quien promueve y sostiene este escándalo. Ya lo dijo San Gregorio Nacianceno: "¡Pues el fuego es tuyo, y el que lo sopla es el demonio!".
Uno de los mas grandes santos de los niños, San Juan Bosco, supo ver la inquina diabólica en el escándalo y en más de una ocasión llamó admonitoriamente a los jóvenes bajo su cuidado. "Mis queridos hijos - les dijo una vez - el demonio va rondando en derredor de vosotros y yo lo veo cómo se esfuerza por devoraros".
Don Bosco, como tantos otros santos, conoció la verdadera naturaleza del escándalo, es decir, de ese pecado enorme que significa robar las almas a Dios, las mismas almas que El ha creado para el Paraíso y que rescató con la preciosa sangre de Jesucristo. "Cuando el demonio - dice el Santo - no consigue seducir a un joven, se sirve de los escandalosos (...) El escandaloso roba las almas para ponérselas en las manos al demonio, que las llevará al infierno. Por todo eso, al escandaloso se le puede llamar verdadero ministro de Satanás".
No es ocioso, por lo antedicho, señalar una vez más que la tarea de denunciar y combatir todo escándalo no se hace partiendo de lucubraciones políticas o sociológicas. El combate no es contra los que matan el cuerpo, sino contra los que matan el alma. Es una terrible contienda mas, como reza el P. Castellani: "Dios no pide que venzamos, pero sólo nos pide Dios no ser vencidos...".
Sebastián Sánchez