martes, febrero 07, 2006

El Dios-Hombre de la llave dorada. Sobre la Autobiografia de Chesterton

Por Gabriela Gjukan *
Dios nos dé siempre la gracia del asombro, capacidad que nos devuelve nuevas todas las cosas, y la gracia del Cielo que hizo de Gilbert Keith Chesterton (1874- 1936) un buen hijo de Dios.
Podemos ver en este inglés ameno y gigantón un ejemplar del "homo viator" que no descansó hasta llegar a destino. Usó una buena embarcación, la inteligencia dada por Dios y buscó sinceramente las corrientes marinas que más lo favorecían, aunque algunas casi lo llevan a la deriva. Antes de conocer la fuerza del verdadero viento (la fe) que lo llevaría a sitio seguro, conoció un brisa suave y sincera, la forma mágica de la capacidad de asombro que no lo dejó olvidarse de su destino. No buscó más tripulante que al Hombre ni más compañía que la de los amigos. No tuvo más remo que el gusto por la polémica (con todo el mundo y en el fondo consigo mismo), ni más descanso que la certeza.
De su partida en la infancia, para nuestro estudio, sólo rescataremos lo que él destaca de sus padres, que fueron respetables y honrados, cultos y que tenían el don de hacer vivir los personajes de sus relatos. Esto fue de vital importancia.
Para un niño todo es nuevo, y en él hay una capacidad de admiración superior a la del adulto. En nuestro viajero esta facultad debió verse robustecida, magnificada por el excitante espectáculo de las creaciones del padre, entre ellas un hermoso teatro de juguete. El caso es que esta capacidad de admiración, esta actitud de maravilla ante todo lo creado es algo que G.K.C. conservó toda la vida y lo condujo a maravillarse sencilla y silenciosamente ante la Verdad.
De la misma manera durante todo su trayecto es evidente el goce intelectual y artístico que halla en la discusión y en el juego combativo de las ideas. Por eso creemos que lo llevó a buen puerto el deseo de llegar al fondo de las cosas y la búsqueda de la verdad por todos los caminos posibles. Recorrió, casi insensiblemente y, al parecer, sin gran esfuerzo, el camino desde un relativo agnosticismo, pasando por unos vagos ensayos de espiritismo, el socialismo y otros “ismos” (paganismo, panteísmo, deísmo, idealismo, materialismo, ateísmo, realismo, escepticismo, puritanismo, prusianismo, liberalismo, laborismo, apartidismo... no siempre a favor, es decir, no siempre estos “ismos” fueron islas de descanso, a veces los atacó como a barcos piratas, pero claramente los recorrió con el intelecto, para defenderlos o para desarmarlos) hasta que amarró orgulloso su barca a la barca de la Iglesia Católica.
También creemos que lo acercaron a la Verdad los equivocados. El mismo Shaw, Wells, los anglicanos, los protestantes, los espiritistas, los materialistas, los escépticos, los teósofos; el socialismo, el capitalismo plutócrata, el pseudo-cientificismo, todas las sectas...Escribió en su Autobiografía lo que sigue, que nos sirve de ejemplo: "Pero la impresión más fuerte que produjo fue la de que era protestante. Yo estaba todavía a mil leguas de ser católico, mas creo que fue el protestantismo perfecto y sólido de Lord Hugh lo que me reveló plenamente que yo ya no era protestante.".
Encontró las respuestas defendiendo sus opiniones con rotunda intransigencia, con noble y encendida pasión pero sin rencores. Nunca, como dice uno de sus comentaristas, envenenó su pluma. Al contrario, el lector de sus obras se da cuenta enseguida de que él trata a los enemigos de su pensamiento como a los amigos de su corazón. Además tuvo la suerte de encontrarse con caballeros que permitieron, siendo él un caballero, que sus luchas fueran caballerosas y cristianas.
Por otra parte, esta búsqueda de las certezas no se hubiera hecho posible, a nuestro entender de no tener nuestro hombre, un hermano menor y de no tener ambos a la amistad en tan alta estima. Dios sabe cómo hace las cosas. Cecil fue la gracia actual en el momento oportuno bajo la apariencia permanente de antagonista discutidor que selló su convicción con sangre; Belloc fue el amigo admirado y amado, la alegría cristiana presente que va dejando impresiones sin hacer ruido; y el Padre O'Connor fue el hombre de Iglesia que hizo de Cristo Pastor, que le dio tiempo al alma y no consideró tiempo perdido los quince años de espera, ante la posibilidad de abrir ante los ojos asombrados de Chesterton, la eternidad.
Para un par de ojos que antes supieron descubrir lo real de un teatro de juguete sin avergonzarse ni justificarse y ser como niño, la liturgia de la Iglesia también fue un camino hacia lo profundo y verdadero. Por eso creemos que vio en la Iglesia, a través de la Liturgia, la magnificencia, la grandiosidad, la majestad de Dios y el verdadero lugar del hombre como adorador del Rey y como príncipe.
Cuando era niño contempló, en el teatro de juguete hecho por su padre, a "...un muchacho atravesando a pie un puente que llevaba en la mano una llave desmesurada de un metal amarillo reluciente y sobre la cabeza una gran corona de oro o dorada. El puente que atravesaba surgía en uno de sus extremos del borde de un peligroso precipicio montañoso cuyos picos se elevaban fantásticamente a distancia; y en el otro extremo se juntaba con la parte alta de una torre de un castillo especialmente encastillado. En la torre del castillo se hallaba una joven asomada a una ventana. No recuerdo en absoluto cómo era; pero estoy dispuesto a luchar en singular combate con quien quiera que niegue su belleza superlativa." Y fue ésta su primera impresión, la que recordará en momentos de solemnidad y de contemplación, la que lo cuestionará sin encontrar respuesta, a la que rendirá el culto de amar sin comprender, dejando un lugar, desde pequeño, en su mente, para el misterio.
Después de su viaje en busca de significados sabe que "...se llama Pontifex, el constructor del puente, se llama también Claviger, el portador de la llave; y que esas llaves le fueron dadas para atar y desatar, cuando era un pobre pescador en una provincia lejana, junto a un pequeño mar un tanto misterioso." La llave dorada daba antes y da ahora la libertad.
No fue casual su viaje a Polonia, ni menos aún, la visión clara de otro escenario dorado... “Y entonces vi la calle abierta. Estaba llena de una muchedumbre que me hacía frente; y todos hincaban una rodilla en tierra. Era como si alguien viniese detrás de mí, o como si un pájaro extraño volara por encima de mi cabeza. Me volví y observé, en el centro del arco, unas grandes ventanas abiertas que dejaban ver una habitación llena de oro y de colores; había una imagen detrás; pero una parte del cuadro se movía como una teatro de marionetas, lo cual remozaba extraños recuerdos, como aquel sueño del puente en el teatro de marionetas de mi infancia; y entonces me di cuenta de que de esos grupos en movimiento, procedía el relumbre y el son de la antigua magnificencia de la Misa." Los sentidos impactados, la majestuosidad de lo ritual, la solemnidad en el ambiente, volvieron a asombrar a Chesterton, como cuando era niño. Los ritos son importantes...comprobamos, como el Principito.
Tampoco fue casual el descubrir cómo los católicos no desconocían los abismos a los que podían llegar por las miserias humanas, y por lo tanto eran más comprensivos con los demás. Comprensión que no les quitaba o apagaba la ira justa cuando el ofendido no era el hombre sino Dios o las cosas de Dios, más aún cuando se trataba de la Virgen María: "...En un lado o en otro éramos soldados; es una vida dura y horrible. No guardo ningún rencor por lo que han hecho aquí. Sólo hay una cosa que no perdono. Se la voy a enseñar a ustedes... había una estatua de la Virgen con la cabeza y las manos mutiladas...pidiendo misericordia por esa raza humana, tan huérfana de ella." Había, quizás descubrió, una princesa más bella aún que la del teatro de marionetas...por la cual valía la pena cruzar el puente, vivir y morir. María Virgen debió estar muy cerca. Nos gusta suponer que tomó para él, en su viaje, la forma de la Estrella del Mar.
Pensamos que poder dar unidad a lo intuido en el teatrito y lo vivido en el escenario de su vida, dar unidad al niño y al hombre y dar unidad al hombre de la llave dorada y al Dios de la llave dorada, lo llevó a descubrir y admirar otra unidad, la Unidad esencial de la Iglesia ..."En resumen, los demás maestros siempre eran hombre de una sola idea, incluso cuando su idea única trataba de amplitud. Sólo he encontrado un credo que no puede satisfacerse con una verdad solamente, sino con la Verdad hecha de millones de verdades semejantes y es sin embargo una sola".
¿Qué vio en la Iglesia? A nuestro entender lo que lo iluminó, sin deslumbrar, para que posara con serenidad su mirada, fue descubrir la ventana luminosa de la Humildad que permite ver el extenso y magnífico escenario de la realidad. Ventana desde la que la visión se hace más magnífica y nos libra del orgullo y la desesperación que atentan contra la fe. Desde la Iglesia de Roma pudo mirarse a sí mismo y saberse perdonado: "Pues bien, cuando un católico sale de confesarse, auténticamente y por definición, sale de nuevo a aquel amanecer de su propio principio y contempla con ojos nuevos, por encima del mundo, un Crystal Palace que es verdaderamente de cristal. Cree que en ese rincón en penumbra y en ese breve rito, Dios lo ha vuelto a crear a su propia semejanza. Es, ahora un nuevo experimento del Creador. Es un experimento tan nuevo como lo era cuando sólo tenía cinco años. Se yergue, como dije, en la luz blanca del principio digno de la vida de un hombre.". Pudo recuperar la inocencia y la capacidad de contemplación de la niñez.
Gilbert Keith Chesterton supo, a nuestro juicio, que para las cosas del alma también hay un pudor que las resguarda, por eso de su conciencia y del trabajo interior que realizó el Espíritu Santo en él para su conversión, poco sabemos, y creemos que sólo nos hemos acercado a su regreso a la casa del Padre hasta la distancia en que es posible verlo entrar a un templo, pero sin poder entrar con él. Lo grandioso es que lejos de dejarnos un gusto amargo o la sensación de algo inconcluso, nos alienta a disfrutar nosotros mismos de nuestro propio encuentro.
La lectura de la Autobiografía de este genial periodista y escritor inglés nos ha confirmado la decisión clásica de que nuestros alumnos deben encontrar en nuestros espacios la posibilidad de desarrollar su capacidad de asombro y la de la discusión que los lleve a la convicción. A la vez nos ha ilustrado en la seguridad de que somos nosotros, entre otros adultos, los que debemos aportarle el yunque para que el espíritu pueda tener la base sobre la cual golpear y golpear hasta que surja la chispa. Compartimos así la convicción de Chesterton, sobre la solidez que debemos transmitir "...Mientras que yo estoy convencido de que el objeto de un espíritu abierto es, como el de la boca abierta, volver a cerrarse sobre algo sólido". La incertidumbre reinante en nuestra sociedad, la cultura del "todo es igual", el terror infundado y cobarde a transmitir verdades, la ley del menor esfuerzo aplicado a lo intelectual, no han hecho mejor al hombre, ni menos aún lo han hecho feliz. Creemos que tenemos el deber indeclinable de ser portadores humildes de la Verdad que nos hace libres; que muestra que todo no es igual porque hay Algo que es mejor; que es respuesta al ansia de felicidad que tenemos todos; que respeta profundamente la libertad humana y que complace, produce el gozo intelectual al ser contemplado.
Creemos que G.K.C. no hubiera descubierto a la Iglesia y a su Fundador, sin la existencia en su vida de personas que aún conociendo su postura y respetándolo profundamente, respetaron aún más sus propias convicciones y le dieron así la imagen real de que les era más importante lo verdadero que quedar bien o no generar una disputa. Cuando en Polonia contempla la Misa, la dama que lo acompaña le pide sencillamente y sin explicaciones engorrosas, que se saque el sombrero. Lo obliga a respetar, al menos externamente, lo que ella respeta.
De esta simple anécdota podemos recoger más de un fruto. Entre ellos, que no debemos temer enseñar a cumplir ciertos ritos (el grupo en movimiento se movía siguiendo un orden, el compás marcado por la liturgia) sin los cuales la Iglesia no mostraría su magnificencia, pero sobre todo no daría culto a Dios como Él quiere.
Otro, que en pequeños gestos dejamos translucir lo que creemos y que no sabemos qué medio utilizará el Señor para llamar al corazón y a la mente de los que nos rodean, un simple gesto puede ser motivo de conversión. A la vez que nos recuerda que no somos nosotros los que convertimos a alguien sino que el Señor nos puede utilizar como instrumentos, si Él quiere. Lo que nos quita ansiedad por ver los frutos y la preocupación que quita la paz al alma y que debe convertirse en ocupación en las cosas de nuestro Padre confiando que lo demás se dará por añadidura, si es su Voluntad.
Otro, que exigir a un ateo, agnóstico, etc. que respete nuestras convicciones y darle ejemplo de cómo tratamos las cosas de Dios y al mismo Dios, no atenta contra su libertad, y puede despertar en el otro el deseo de compartir esa experiencia.
Chesterton, a partir de su conversión, fortalecido por las dos gracias, la sobrenatural y la natural que hace más amable la primera, entusiasma. Tal vez no a todos ni al mismo tiempo, pero entusiasma; de alguna manera, enamora. Nosotros podemos hacer lo mismo, como él para esclarecer, para dar lo que otros nos dieron, para mostrar cuál es el camino que encontramos seguro para la felicidad.
El proceso de conversión del genial escritor también nos lleva a reflexionar sobre una verdad que conocemos pero que olvidamos fácilmente: "los tiempos de Dios no son los nuestros" y agregaríamos "los de cada alma, tampoco". Nos enseña a respetar los tiempos de los demás y a amar la paciencia que el Señor nos pide que tengamos con algunos que querríamos tener ya a nuestro lado en la capilla o en la charla entusiasta sobre lo que amamos. Y a la vez nos compromete a crecer en la confianza en Dios y a poner nuestros proyectos en manos de su Madre, que es el lugar más seguro.
Nuestras prácticas pedagógicas serán mejores si estamos convencidos de que el Espíritu Santo actúa desde el interior de cada uno de nuestros alumnos. Muchas veces quisiéramos poder entrar en la mente y el corazón de quien nos escucha para hacer algunos cambios que consideramos convenientes. Pero nos olvidamos que está adentro Alguien que los hará mejor que uno de nosotros, y que la libertad que Él respeta no la debemos quebrantar .
Finalmente creemos que este trabajo ha significado fortalecer nuestra vocación porque nos reconocemos necesarios para Dios, pero no imprescindibles; porque nos muestra que el fruto no dependerá tanto de nuestro esfuerzo como de nuestro amor; y porque también en esto estamos seguros de “haber elegido la mejor parte, la del asombro y la del servicio ante la Verdad con la esperanza compartida de rescatar la Palabra para que Ella nos eleve y nos rescate” .
A.M.G.D.