lunes, febrero 20, 2006

Moda, destrucción e irrealización

Por Matías Sánchez
Cuando Chesterton explicaba por qué consideraba que la sociedad sufría la maldición de la esterilidad y llevaba la marca del esclavo, simplemente afirmaba: “porque no puede crear una costumbre. Sólo puede crear moda”(1). Visualizaba en la moda un gravísimo mal, y la concebía como un fenómeno de enorme alcance e implicancias. Mientras la costumbre es el producto del hombre que ha hecho cosas perdurables, “realmente dignas y humanas”, la moda, que ha fracasado como costumbre, representa destrucción, algo negativo enteramente. La costumbre ha engendrado escuelas de escultura y edificios de todos los períodos de la arquitectura, la moda “es como si un hombre estuviese esculpiendo perpetuamente una estatua y destruyéndola tan pronto como la esculpe; como si estuviera siempre manoseando torpemente la arcilla y nunca consiguiera moldearla a gusto. Es como si la gente comenzase a excavar los cimientos de una casa antes de haber terminado de ponerle el tejado”. La costumbre significará realización, la moda, se anticipó, esterilidad y esclavitud.
Considerando las palabras del sabio inglés, importa analizar la moda en nuestros días, haciendo lo posible por concebirla en un sentido amplio, mucho más allá de “aquello que se usa”, de las modelos raquíticas y de las frivolidades variadas que ofrece el mercado. Tomadas aisladamente, las modas pueden ser consideradas mera superficialidad, incluso insignificantes manifestaciones de decadencia; pero resulta que, en conjunto y en última instancia, presentan efectos considerables en la realidad. Por ejemplo, aquello que fue denominado “unisex” y que en principio refirió a la misma vestimenta para ambos sexos, trascendió holgadamente la industria textil y pasó, como un relámpago, a formar parte de la imagen, los modos, inclusive la “sexualidad” humana. Así, a pantalones unisex se sumaron varones con cabello, cutis y maneras “femeninas”, y más tarde “orientaciones sexuales neutras” tales como la homosexualidad, el travestismo y el transexualismo. En resumen: una aparente nimiedad como el ropaje de moda hubo de significar la puerta de acceso (en tanto “condición de posibilidad”) a embestidas ideológicas, en este caso las propias de la denominada “ideología de género”(2).
Es claro que la profunda indistinción externa e interna, el igualitarismo, es una característica del hombre actual. Así lo señala el Padre Alfredo Sáenz (3): “Si pudiéramos penetrar en las mentes de estos hombres estandarizados, se descubrirían nuevas semejanzas, más llamativas quizás que las exteriores: los mismos criterios tomados de las mismas radios, las mismas revistas, los mismos formadores de opinión; un vocabulario casi idéntico, el que se aprende viendo la televisión; los mismos slogans políticos, el mismo tipo de música, las mismas modas intelectuales (...)”. Esa indistinción, esa vida “en sazón de nivelaciones” como decía Ortega y Gasset, establece un estado de cosas en el que nada ni nadie sobresale y en el que triunfan homogeneidad, aglomeración, agolpamiento. Así las cosas, podemos aludir a la permeabilidad del hombre igualado-masificado para asumir acríticamente lo que se le impone. El precitado P. Sáenz refiere a este hombre como aquel que “ha renunciado a la vida autónoma, adhiriendo gozosamente a lo que piensan, quieren, hacen u omiten los demás”(4) y con ello basta para entender que “lo predominante” lo afecta directamente.
Los gestores y promotores de “lo predominante” reconocen este punto flaco y para imponerse utilizan medios flexibles que se ajustan a diversas situaciones. Llegado el caso, la mayoría dictará sentencia y por ello el sufragio se transformará en instrumento imprescindible. En ciertas oportunidades, el consenso –logrado entre algunos concertadores concienzudamente seleccionados- será patrón de medida. En otras circunstancias, alcanzará con hacer rodar una opinión y sugerir qué es “lo que se dice”. No puede desconocerse la revolución cultural que nos afecta así como no pueden negarse sus aportes a la subversión del orden. Tomemos, como botón de muestra, la mutación semántica favorecedora de la colonización de las almas. Si hace unos años luchábamos a favor de la vida negando toda referencia y discusión en torno al aborto, y hoy aceptamos polemizar a partir de eufemismos engañosos tales como “embarazo no deseado” o “interrupción del embarazo”, se debe a que algo, un proceso planificado y sistemático, ha influido en nosotros. Por lo menos en parte...
La otra cara de la moneda se sintetiza en esto: no todas las personas padecen la igualación y masificación y algunas pueden incluso mantenerse completamente a salvo de las consecuencias directas de la revolución cultural. Ahora bien, ¿por qué no se manifiestan, por qué no aparecen, por qué no combaten las modas y su destrucción? Podrá decirse, y quizás con ello alcance, que se trata de un pecado grave y extendido: la tibieza. Ello explicará el antitestimonio, la dimisión, la cobardía... Y dijimos, con eso tal vez baste. Tal vez, expresamos, no porque dudemos de la gravedad del mal señalado (alcanza con repasar las palabras del Apocalipsis en torno al futuro de los tibios), sino porque consideramos que podemos aportar al análisis otros elementos; como se trata de diagnosticar - primer remedio para curar toda enfermedad según el Padre Castellani -, nos animamos a otros conceptos.
Cuando frente a la moda, a lo que predomina, una persona calla u omite su personalísima reflexión por presentarse opuesta a aquella, puede hacerlo por varias razones.
Primero, por algo íntimamente vinculado al fenómeno de la masificación: la persona necesita “ir en el pelotón”, “sumarse al carro ganador” y “sentirse parte”, identificándose con otros en “lo que se dice” y buscando la aceptación del grupo. John Locke habló de respeto y adhesión incondicionales a la “ley de la moda” y posibles ilustraciones saltan a la luz rápidamente; por ejemplo, si escuchamos que el presidente argentino cuenta un setenta por ciento de imagen positiva, aunque nuestra versión sea contraria, radicalmente distinta a la mayoritaria, es posible que nos guardemos el comentario o que lo reservemos al terreno de lo privado. Un elemento clave en la moda, la imagen exterior, aporta aquí algo decisivo: la falta de interioridad del hombre contemporáneo, expresada también como “pura exterioridad”(5), desestima la triple imagen que, según enseñan los sabios, abre a lo que realmente somos, considerando lo que Dios ve en nosotros, lo que ven las otras personas y lo que nosotros mismos vemos. El hombre actual atiende solamente lo que los otros ven y valoran -aunque no confirme rigurosamente tal percepción- sumándose a la moda y ratificándola.
La necesidad de “formar parte del grupo triunfante” se presenta también asociada al temor a aislarse. Este concepto es de suma importancia porque aporta datos en aquello muchas veces inentendible: la irrespuesta de los que saben y deben la respuesta. Alexis de Tocqueville, en su historia de la Revolución Francesa publicada en 1856, grafica lo señalado, en este caso aludiendo a los católicos franceses que callaron y cedieron sin combatir. Dice: “Los que seguían creyendo en las doctrinas de la Iglesia tenían miedo de quedarse solos con su fidelidad y, temiendo más la soledad que el error, declaraban compartir la opinión de la mayoría”. Locke afirma en su “Ensayo sobre el entendimiento humano” que la búsqueda de aceptación es natural en el hombre tanto como el miedo a ser separado. Dice que “nadie escapa al castigo de su censura y desagrado si atenta contra la moda y la opinión de la mayoría”(6), y aunque señala que nadie en sus cabales puede optar por el asilamiento exponiéndose a la separación de parte de amigos y familiares, algo que miles de mártires se ocupan de negar con testimonios de persecuciones y sangre, nos invita a pensar que la presión ejercida expone a determinaciones radicales. El aislamiento implica silencio. En un libro muy recomendable referido a la opinión pública y denominado “La espiral del silencio”, su autora, Elisabeth Noelle-Neumann, expresa que el silencio es un producto de ese aislamiento (quien es aislado no tiene voz) al tiempo que significa complacencia (el que calla otorga). Frente a la posibilidad de “quedar fuera, en soledad y callados”, se valoran de mayor modo las saludables iniciativas de quienes superan esa barrera, porque se exponen vitalmente y comunican lo debido (consideremos a los mártires nuevamente), todo ello más allá de que en el fondo estén cumpliendo una obligación, un claro mandato.
La comunidad debe procurar testigos de la verdad siempre, bajo toda circunstancia y en especial la que nos toca, tan viciada y oscura. Un primer paso será reconocer lo determinante: lo impuesto desde fuera, como la revolución cultural en sus diversas formas, la prepotencia de lo predominante, los mecanismos de aislamiento y silenciamiento, entre otros, y lo personal, en tanto expresión libre, conciente, moral. Imperan respuestas individuales, viriles y sacrificadas que confronten estos males de grandes proporciones con la mirada puesta en lo permanente. La moda, decía Chesterton, produce “inestabilidad y descontento”. En su esterilidad, obstaculiza la realización de la persona y la somete a la soberanía del instante y de lo segundo. Por ello, atacarla de cuajo, además de fundar y refundar costumbres, se torna imprescindible.
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(1) “Ensayos”, Porrúa, México DF, 1985, p. 61.
(2) Por su carácter destructivo y por su negatividad intrínseca, por su esterilidad y esclavitud, por su carácter novedoso, por su oposición a la costumbre y a lo que permanece, se desprende que toda ideología es “moda”, en el sentido que le da Chesterton y que sostenemos desde estas líneas. En ese marco, la mal llamada “teoría” o “perspectiva” de género es, en realidad, una ideología, una moda, dado que no busca la verdad ni el bien común, sino simplemente la conquista de voluntades para utilizarlas con un fin específico. Es necesariamente ambigua y utiliza el engaño como medio imprescindible para alcanzar su finalidad. Esconde sus objetivos porque no puede decirlos abiertamente y pretende sostener que hay un sexo biológico, que nos es dado y que, por ende, resulta definitivo; pero, a la vez, toda persona puede “construir libremente su sexo psicológico o su género”. Se trataría de un sexo construido socialmente en contraposición al sexo biológico; el primero, fruto de una “autoconstrucción libre de la propia sexualidad”.
(3) “El hombre moderno”, Ediciones Gladius, Bs. As., 2º ed., 1998, p. 42.
(4) “El hombre”, p. 34.
(5) En el texto aludido (“El hombre”, pp. 19-20) el Padre Alfredo Sáenz toma una cita significativa de M. F. Sciacca: “Nosotros vivimos fuera de nuestra interioridad: no interiorizamos nuestra vida práctica, exteriorizamos nuestra conciencia; no recuperamos el mundo dentro nuestro, nos perdemos y dispersamos a nosotros mismo en el mundo. Reflejamos la superficie de las cosas en lugar de reflejar en las cosas la profundidad de nuestro espíritu”.

miércoles, febrero 15, 2006

El horroroso "chau"

Por Hugo Wast
Tenemos en castellano una preciosa fórmula para despedirnos de un amigo, tan rápida, que no puede serlo más; pero llena de sentido y de sentimiento. Más aún: de teología
Es cordial, es discreta y es sabrosa, pues tiene la dulzura añeja de las expresiones castizas, de que nuestro idioma era antes riquísimo y empieza ahora a empobrecerse.
Nos basta decir ¡Adiós! cuando nos despedimos de un amigo, o nos cruzamos con él, para expresarle nuestro deseo de que al alejarse de nosotros vaya en la mejor compañía posible: acompañado de Dios.
Esta fórmula brotada del corazón del pueblo antiguo es una síntesis admirable de las tres virtudes teologales: fe, esperanza, caridad.
Seguramente pocas veces, tal vez ninguna, nos hemos puesto a considerar lo preciosa que es la palabra ¡adiós!. Pero si no lo hemos hecho nosotros, que la usamos con frecuencia, a buen seguro lo han hecho con mucha sagacidad aquellos que no la usan nunca.
Por ejemplo, los socialistas, los comunistas y ciertos liberales, para quienes invocar el nombre de Dios es como ponerse una brasa en los labios.
Estos nunca dicen ¡adiós!, porque los muy ladinos han estudiado lo que a nosotros se nos ha pasado por alto: que esa expresión es una confesión de fe, una seguridad de esperanza, un beso de caridad católica.
Dirán, en cambio: ¡Salud, camarada! ¡Buen viaje! ¡Abur!
Últimamente, advertimos que, en son de gracejo, muchas buenas personas han reemplazado el castizo ¡adiós! de nuestros padres, por el ¡chao!, que, sobre ser vulgar y grotesco, es un extranjerismo repelente.
Lo peor del caso que esta grosería suele escucharse en labios de chicas que la aprendieron como una gracia del colegio.
Si por advertencia lo dijimos alguna vez, procuremos no decirlo más, porque es hacerle el juego a las fuerzas mal desatadas sobre la tierra, quienes quieren extirpar de nuestras costumbres y borrar del idioma el nombre de Dios.

(De: Navega hacia alta mar, Didascalia; Buenos Aires, 1996)

jueves, febrero 09, 2006

La recuperación de la concordia entre la Fe y la Razón

Por Antonio Caponnetto

Hay caminos o vías posibles para restablecer la concordia olvidada entre la ciencia y la fe. No son recetas que puedan aplicarse al modo casuístico; más bien podrían remedar las antiguas Ordenanzas que procuraban imbuir un estilo al que se lanzaba a la acción.
Es preciso ante todo reconocer una Verdad que no viene de mi; que no brota del sujeto, inmanentemente; sino que se me impone, no al modo de una coacción sino de una revelación. Verdad que me exige reverencia y homenaje, gratitud y obediencia, docilidad a lo real. Disposición para decirle a Dios, como el patriarca Abraham: Adsum; heme aquí, Señor (Gén, 22,1). Esta afirmación de la verdad supone la confrontación irreductible con todos los matices y los grados de la mentira; la adecuación de la inteligencia a la realidad y la conformidad de la propia voluntad con la Voluntad del Padre. No es hombre de ciencia el que niega este lúcido acatamiento en nombre de la libertad. Es el insensato del que hablan las Escrituras. No es hombre de fe el que desecha el entendimiento para distinguir y discernir estas encumbradas realidades. Es apenas un supersticioso. Se pregunta Gilson en El Filósofo y la Teología, cuál es el arte de ser tomista. "Un tomista es un espíritu libre" –responde con agudeza-.Esta libertad no consiste en no tener Dios ni maestro, sino más bien en no tener otro maestro que Dios, pues El es la única protección del hombre contra las tiranías del hombre[...] Como la caridad, la fe es liberadora".
Cuando invocando la ciencia moderna, por ejemplo, se quiere llamar opción de género al pecado contra natura, o derecho al cuerpo al asesinato de un inocente, la fe y la razón deben alistarse codo a codo para preservar esa verdad que no es mía, pero a cuyo servicio he de estar, oportuna e inoportunamente. Y cuando la misma fatuidad cientificista pretenda desalentarnos o acomplejarnos, acusándonos de faltar a la solidaridad con posturas tan irrevocables, recordaremos una vez más con San Agustín: la mayor caridad es la Verdad.
En segundo lugar, se necesita ejercitar ese clásico principio metodológico del auditus fidei, que sin pretensiones de traducción especial parecería indicarnos el valor de lo escuchado y oído en la Fe. Será esa atención prestada a lo sobrenatural, esa acogida a lo trascendente que podamos cultivar en nuestra interioridad, lo que nos dará la medida de nuestra auténtica estatura racional. Pocos lo han dicho mejor que San Buenaventura, en su Itinerarium mentis in Deus (Prologus, 4): "No es suficiente la lectura sin el arrepentimiento, el conocimiento sin la devoción, la búsqueda sin el impulso de la sorpresa, la prudencia sin la capacidad de abandonarse a la alegría, la actividad disociada de la religiosidad, el saber separado de la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio no sostenido por la divina gracia, la reflexión sin la sabiduría inspirada por Dios".
Todas las ciencias pueden ser oídas en la Fe. Si nos dedicamos a la historia escucharemos entonces la voz de los santos en el tiempo; si a la medicina, la del dolor lacerante de quienes se saben prontos a la muerte y buscan alivio; si a las matemáticas, la de las proporciones danzando en numérica sinfonía como un eco lejano de una exactitud ordenadora inicial; si al derecho, la de los nobles códigos que garantizan la equidad para las almas; si a la geografía, la de los horizontes que limitan con la patria celeste. Todos los saberes pueden contemplarse y practicarse en armonía con el Plan de Dios.
Cerrando su Fides et Ratio, nos recuerda el Papa un antiquísimo texto monástico, que bien vendría de colofón para estas Ordenanzas que estamos proponiendo. Es aquel en el que el Pseudo Epifanio llama a María Santísima "la mesa intelectual de la Fe". Porque Ella, con su "hágase en mi según tu palabra", se convierte en el gran arquetipo de la razón dócil, despierta y atenta a los reclamos de la Fe; en el bello paradigma de una inteligencia ascendente y de una credulidad fundante. Por eso los santos monjes de la tradición eclesiástica sostenían orgullosos que era necesario philosophari in Maria.
Filosofar en María es reconocerla como Sedes Sapientiae, como sabedora de las esencias que no cambian, como contempladora de la inmovilidad del Ser. Es emular su sencillez y su silencio, su humildad inefable y su alegría serena. Es escoltarla en su estremecedora obediencia y acompañarla en el dolor del Calvario. Y es además, vueltos filialmente ante Nuestra Señora de Guadalupe, proclamarla Emperatriz de América, pidiéndole que se cumplan aquellos versos inspirados de Perfecto Méndez Padilla:

"Levanta, oh patria tu gallarda frente,
de mirtos y laureles coronada,
porque tu Reina ha sido proclamada
Emperatriz del Nuevo Continente"
Por Ella y ante Ella:
"México se unirá con Argentina
Y de Iturbide y San Martín los manes
Se alegrarán en la región andina"

Esta concordia entre la fe y la razón que estamos proponiendo, este filosofar teologante - como diría Pieper- cristiano y mariano, y por lo mismo, capaz de amalgamar la ciencia y la creencia, necesita ser percibido como un ideal posible. Como un móvil que el hombre puede encarnar y vivir.
Siempre será significativo al respecto abrevar en el modelo irreemplazable y perenne de Santo Tomás de Aquino. Porque pocos como él concretaron con tanta fuerza la unidad del creer y del entender, conduciendo la inteligencia a sus mejores cumbres y acrecentando la fe con un esplendor irradiante. Su vida es la de un santo y un sabio. Su ciencia, la arquitectura admirable, fruto de un intelecto dotado para la visión universal. Su piedad y devoción, las de un niño; su perseverancia y tenacidad en la defensa de la verdad, la de un atleta de Dios. Su Fe la de los mártires del Coliseo. Su humildad, la virtud extraordinaria que lo llevaba a inclinarse ante el Sagrario, pidiendo que la gracia copiosa le abriera la mente día a día, librándola de toda posibilidad de error. Chesterton lo ha llamado con justicia, "aristócrata intelectual...el más valiente y magnánimo de los lebreles del Cielo". Y Louis de Wohl, en aleccionadora novela, nos lo retrató con la maestría de "una luz apacible". Quien tuviera el privilegio de canonizarlo, el Papa Juan XXII, resumió su figura con palabras inspiradas: "su doctrina y su ciencia", dijo, "no pueden explicarse sin el milagro".
Abramos las páginas de la Suma. Santo Tomás habla de los atributos divinos, y se funda desde luego en los datos de la fe. Invoca al Libro del Exodo, pero a renglón siguiente, ya está razonando las famosas cinco vías. Al tratar de la simplicidad de Dios, las objeciones que presenta son bíblicas. La solución que aporta es racional. A la sabiduría divina la demuestra por un texto del Apóstol a los Romanos(11,23). Sin embargo, relacionando la ciencia con la inmaterialidad ,adjunta inmediatamente la explicación filosófica. En el Tratado de la Trinidad , la distinción de las divinas personas se apoya en la Revelación; las nociones de relación, de procesión, de persona son accesibles por medio de la argumentación racional. En los Tratados de la Encarnación, de los Sacramentos o de las Virtudes, siempre la razón y la fe se complementan orgánicamente, sin inconvenientes. La razón conoce y demuestra; la fe certifica y afianza. El objeto de la razón puede admitir posibilidad de error; la fe es inequívoca y certera. Fe y razón libran juntas el buen combate de la visión, del asentimiento y de la ciencia.
Lo ha dicho con la galanura de un soneto, Luis Gorosito Heredia:

"La enorme catedral de teología
subía de su mente y de su pluma,
piedra firme entre océanos de espuma,
razón y fe en perfecto mediodía.
Ya daba sombra al suelo y se perdía
cerca del sol en ópalos de bruma.
Triunfaba la Escolástica en la Suma
y a Dios tocaba en nueva geografía.
Cuando este enorme atlante hundió la mano
y el corazón en el celeste arcano,
soltó la pluma y la amorosa herida
no conoció ya alivio ni cauterio.
Pétalo en muerte fue, si llama en vida.
¡Oh Inteligencia hermana del Misterio!"

A imitación de Santo Tomás, entonces, y a pesar de nuestras humanas limitaciones, hemos de querer consagrarnos al estudio, a la actividad académica y universitaria, a la investigación científica, al apostolado intelectual. A pesar de las penurias, de las adversidades, de los enemigos de la Iglesia y del odio del mundo.
Hasta que al final de nuestras vidas, podamos decirle con Santo Tomás al Señor: "Te recibo a Ti, rescate de mi alma, viático en mi último viaje. Te recibo a Ti, por cuyo amor durante toda mi vida he estudiado y velado, he predicado y he enseñado, sin haber dicho nunca nada contra Ti. Me ofreces recompensa por mi trabajo. Señor, yo no quiero otra cosa mas que Vos mismo."

miércoles, febrero 08, 2006

Notas sobre la Hispanidad

Julio Ycaza Tigerino
No intento definir, sino precisar. La Hispanidad es indefinible, pero no es una cosa vaga, a pesar de que la Retórica la ha envuelto en una nube de vaguedad. Dice Chesterton que «muchas de nuestras dificultades actuales, en religión como en otras cosas, provienen simplemente de que tomamos una por otra dos palabras diferentes: la palabra «indefinible» y la palabra «vago». En cuanto oímos calificar un hecho espiritual de «indefinible» nos imaginamos algo desdibujado, una nube de contornos indecisos.
El hecho primario, el hecho real, que es todo lo contrario de lo vago, eso es lo indefinible. Usando la expresión de Chesterton diré que la Hispanidad es «demasiado real para ser definida». Pero esto es precisamente lo que no justifica la vaguedad retórica. Es necesario precisar.
La Hispanidad, como toda cosa real, es muy compleja y presenta infinidad de aspectos. Querer cogerlos todos en el puño o en el ojo es una necedad. Tenemos que coger únicamente los aspectos que nos interesan, y para determinar estos aspectos es necesario fijar el fin de nuestro interés. Porque una misma cosa nos puede interesar para diversos fines. Una flor puede interesarnos para la Botánica o para la Poesía o simplemente para adornar un florero. ¿Para qué nos interesa la Hispanidad? ¿Nos interesa para hacer filosofía, para hacer poesía, para nuestra salvación eterna y la de nuestros amigos y hermanos, para enflorar nuestros discursos. No. Estemos de acuerdo en que la Hispanidad no es para eso.
Entiendo que el fin de la Hispanidad es la realización en la Historia de los pueblos hispanos y por medio de ella la realización histórica de la Cristiandad. Dígase si se quiere salvación histórica y así se estará más claro de que no se trata de la salvación eterna de los individuos, que es negocio que incumbe a la Iglesia, y que no debe mezclarse aquí para evitar confusiones muy peligrosas.
Este fin de la Hispanidad es, pues, fundamentalmente un fin político, entendiendo lo político en su más alto y noble sentido, como realidad de la Polis, de la ciudad terrenal. Y no puede ser de otro modo. Se dice que la Hispanidad es una actitud frente a la vida, y es también una forma de catolicismo y una forma de cultura. Todo eso es cierto; pero tales hechos constituyen una observación sociológica, es decir, que tiene un claro valor y destino políticos. Porque en mí, individualmente, como persona, tales hechos no existen. Yo, individualmente, soy una unidad completa sin raza ni nacionalidad. Estos hechos existen por la comparación entre los individuos. La Hispanidad y la nacionalidad surgen de la relación social, cuando se comparan los individuos entre sí y los pueblos entre sí y se observa en un grupo determinado de ellos un denominador común que exige naturalmente (porque el hombre es zoon-politikon) una realización colectiva en la Historia, es decir, que hay una exigencia política.
La Hispanidad nos interesa como realidad política, debe entenderse como ese denominador común de los pueblos hispanos en cuanto tiene una exigencia política de realización histórica.
El que no tiene conciencia política no puede, pues, entender la Hispanidad. La conciencia puramente artística no sirve para entender la Hispanidad. La conciencia puramente científica o filosófica no sirve para entender la Hispanidad. La conciencia puramente apostólica religiosa no sirve para entender la Hispanidad. Por favor, pues, que los artistas puros, que los intelectuales puros, que los religiosos puros, no hablen de Hispanidad, que se dejen de hispanizar. Que hagan su obra pura o puramente su obra, sin preocuparse de si es o no hispánica. Lo será si ellos son hispanos. Pero, por favor, ¡fuera con el rotulito! y que no se metan a hispanizar.
De esa cosa viva y real que es la Hispanidad nos interesan sus aspectos en función de lo político. No es aspecto político de la Hispanidad, que con esto quiere decirse muchas veces que la Hispanidad puede servir a determinada política, a determinados fines políticos, y esto es bastardear el concepto. No. Quiero decir que la Hispanidad debe entenderse y tratarse con visión de político y para sacar de ella una política, nuestra política. Precisamente se trata de tener una política propia, porque desde hace ya más de un siglo no hemos hecho otra cosa que servir a los políticos de los imperialismos extraños y enemigos. Y la base de esa política propia, la base de nuestra realización en la Historia es la Hispanidad.
Con esa visión política fundamental ya se pueden destacar, dentro de los muchos aspectos que presenta la Hispanidad, los que le dan personalidad y categoría dentro de la Historia, los que la señalan y distinguen, mostrándola como una realidad vital preñada de posibilidades históricas.
Estos aspectos o caracteres, a mi juicio, son los siguientes;
a) Exigencia vital de un catolicismo integral, o sea, que existe en los pueblos hispanos una exigencia y una tendencia, que fue carne en la Historia, hacia la plena realización del Catolicismo, llevándolo a todos los órdenes de la vida social: jurídico, económico, cultural, &c.
b) Ortodoxia católica, o sea una orgánica incompatibilidad popular con la herejía, una fidelidad total a la autoridad religiosa de la Iglesia y a su doctrina, sobre todo en el orden histórico e internacional, sacrificando los nacionalismos a una superior concepción teocéntrica del mundo, al auténtico sentido cristiano de la fraternidad universal y de la unidad moral del género humano proclamada en Trento por Laínez, opuesta, por tanto, a todo nacionalismo teocrático, a la doctrina protestante de la predestinación, al materialismo histórico y al humanismo antropocéntrico.
e) Síntesis del Poder espiritual de la Iglesia y del Poder temporal del Estado, opuesta, por tanto, al divorcio moderno entre lo espiritual y lo temporal que aceptan incluso filósofos católicos como Maritain.
d) Afirmación intuitiva y real de la personalidad y de la individualidad humanas frente al Estado.
e) Ordenación jerárquica y aristocrática (no democrática) de la sociedad.
f) Sentido primordial y telúrico de la Cultura y de la Historia. Este es el aporte americano a la Hispanidad y en él se basa la posibilidad y novedad de la recreación cultural que necesita el mundo. Puede identificarse con el retorno a las cosas de que hablaba Laín Entralgo en sus conferencias de Santander, como segunda nota de lo que en medio de la actual crisis intelectual se vislumbra como base o fermento del inmediato porvenir de la Cultura.
Al decir que éste es el aporte americano a la Hispanidad no quiero decir que los otros aspectos o caracteres no se den en América. Quiero decir que este sexto aspecto es el exclusivamente americano. Y es de una importancia enorme y decisiva porque es el aspecto vital, el fermento nuevo, el que da la fuerza de juventud para que los otros aspectos puedan ser aceptados y revitalizados en la Historia.
Por lo demás, la Hispanidad es fundamentalmente americana o hispanoamericana. Hablo de la Hispanidad histórica, real, actual, de su corporeidad. Prescindo de las quintaesencias filosóficas, de la Sociología ultraísta, de la ultra-Historia, de si Séneca, de si Pelayo, de si los godos, del si hubiera, habría o hubiese sido. A la política no le interesan los futuribles. La Hispanidad, cosa real, histórica, política, actual, es americana. Es española en cuanto España está en América. La Hispanidad puede cumplir su fin de realización histórica, en último término, aun en contra de España, si ésta traiciona sus propias esencias hispánicas. Y es que esas esencias hispánicas están en América. Pero esta realización histórica de la Hispanidad no puede cumplirla España sin América por varias razones: 1ª Porque América es ya parte enorme de esa realización. 2ª Porque en el mundo actual una nación de 25 millones de habitantes no puede aspirar a la primacía histórica mientras Hispanoamérica tiene 120 millones y posibilidades ilimitadas de crecimiento. 3ª Porque los fermentos nuevos y originales de recreación cultural están en los pueblos nuevos, bárbaros o semibárbaros, si se quiere (yo diría telúricos y primordiales), de América y no en los pueblos europeos sometidos (incluso España) a un agudo proceso de intelectualización de su Cultura que ha hecho crisis ya, sin que les sea posible recobrar por sí mismos la fuerza pura inicial, la dignidad de espíritu, la inocencia histórica, ese sentido primordial y elemental de las cosas que por esta razón he señalado como aporte americano a la Hispanidad.
Pueden añadirse a estos caracteres o aspectos otros más específicos, como lo que el mexicano González Luna, refiriéndose a la Hispanidad como actitud humana, llama en frase de técnica filosófica ultramoderna gravedad vital de la adhesión valorativa, o sea, la manera «honda, grave y central de escoger valores y de adherir a ellos una vez escogidos». Es el caso del Quijote entregado incondicionalmente al ideal de su cruzada caballeresca y el de Hernán Cortes al quemar sus naves en un gesto irrevocable de abrazarse con toda su alma a la epopeya de la conquista.
Pueden señalarse, como digo, otros muchos aspectos que sirven para encuadrar históricamente con claro y alto fin político el concepto de la Hispanidad. Incluso los que atrás señalo pueden fundirse, retocarse, afinarse. No pretendo sentar cátedra. No intento dogmatizar ni sistematizar. Lo escrito en este artículo no tiene valor de profundidad meditativa. Son ideas, intuiciones, brotadas con rapidez y espontaneidad como fruto de la necesidad mental de aclararse y aclarar en medio de esta vaga y solemne monumentalidad retórica que nos aplasta y que puede esterilizar los más vitales esfuerzos de nuestra juventud personal y nacional e inutilizar una coyuntura histórica preciosa.
Publicado en: Alférez , Madrid, Año I, números 9 y 10, octubre y noviembre de 1947

La espontaneidad, enemiga de la educación

Por Matías Sánchez*
"La espontaneidad parece ser el derecho fundamental de la acción humana. Triunfa Rousseau. La espontaneidad se ha fomentado, en primer lugar, por las exigencias de la conciencia personal; sin percatarse muchas veces que la conciencia psicológica ha prevalecido sobre la conciencia moral, privando a esta de su visión sobre la obligación intrínseca y extrínseca que la debe guiar; y de ahí la explosión de una libertad ciega, de un impulso pasional, de una delincuencia desenfrenada; de ahí, en suma, la abdicación de la voluntad inteligente y verdaderamente responsable".
Cuando veintiséis años atrás el Papa Pablo VI advertía respecto a la filosofía de la espontaneidad, seguramente imaginaba consecuencias graves –muchas de las cuales padecemos en estos tiempos- en diversos ámbitos y bajo distintas formas. El Santo Padre denunciaba una concepción profundamente dañina cuyas implicancias se manifiestan dramáticamente en la educación, tanto familiar como escolar.
Al referirnos Rousseau se encuentra el fundamento de la espontaneidad, por cuanto es el naturalismo el que la favorece y la alimenta. La Reforma protestante, con el sometimiento de las cosas al juicio de cada individuo, cimentó las bases de la negación de lo sobrenatural; la naturaleza se convirtió en medida y reguladora de la vida humana, lo que llevó, progresivamente, a la sobrevaloración del hombre y a la negación de la divinidad ("seréis como dioses"). Muchos colaboradores se sumaron a esta causa y aquellos que hoy promueven y protagonizan la Revolución cultural no quedaron afuera; lo que importa señalar es que habiéndose logrado un mayor nivel de sofisticación en las formas de penetración, lo que antes alcanzaba con definir como "filosofía roussoniana" o "naturalismo", hoy demanda mayor rigor y profundidad. Sucede que difícilmente una persona adhiera completamente a este producto del pensador revolucionario: "lo únicos bienes que el hombre conoce son la comida, la hembra y el reposo". Sin embargo, el naturalismo está vivo, bajo una forma más sutil y efectiva, la filosofía de la espontaneidad. La "espontaneidad" de la que hablaba Pablo VI.
La familia padece desde hace tiempo esta grave enfermedad. Solamente repasando algunas cuestiones alcanza para graficarla:
 La espontaneidad es la que fomenta que la familia puede desaparecer en tanto el consenso y la concertación enuncien su deceso. "Hoy, Familia. Mañana, veremos..."
 En la actualidad se valida la transitoriedad. "Las formas de familia pueden cambiar. De hecho cambian a lo largo del tiempo y en las distintas sociedades, culturas, razas, etnias"
 Se entiende la fidelidad como una "simple palabra". Entonces carece de sentido la unión permanente y exclusiva. Diderot afirma: "el matrimonio indisoluble es un abuso"
 Aparece la noción de prueba. El matrimonio "es un papel", que a nadie obliga (claro: la palabra empeñada carece de valor). El "negocio" lo representan las "uniones de hecho", por cuanto invitan a probar suerte, como en la lotería: "si sale el billete, gano el pozo mayor; si el billete no acierta, seguiré apostando". Esto es: "si esta unión funciona, sigo adelante. Si fracasa, concluye; y continuaré probando"
 Autoriza el instinto: las pasiones del hombre mandan. Todo está sujeto a ellas. "La felicidad –retomamos a Diderot- está donde el hombre se une y aparta a voluntad; en Otaiti, donde el matrimonio dura un mes, a menudo un día, a veces un cuarto de hora"
 El "amor", palabra en demasía tergiversada, parece ser la medida. "Mientras exista algo así, ese ardor en el pecho, mientras exista amor, todo continúa: al irse, nada queda y nada obliga"
 Desaparecen el compromiso y la responsabilidad. No se entienden ataduras; ni respecto al otro, ni respecto a los hijos, ni respecto a Dios
 Se destruye el fundamental valor de "patria potestad". Se la considera noción injusta. "Los padres no tendrán derecho a educar a sus hijos, ni a criarlos, ni a señalarles rudimentos morales"
 Se acentúa la idea de "familia democrática" en la que roles, funciones y autoridades se deciden en conjunto y nadie se impone ni sobresale
 La moralidad queda reducida a una norma hedonista: si algo causa placer, se valora; y si, por el contrario, algo provoca dolor, esfuerzo, sacrificio, entrega, dedicación, etc., no se valora y se evita
Decíamos, con estos aspectos se muestra la gravedad del asunto, que por supuesto tiene directas y aterradoras derivaciones en la crianza, educación familiar. Si dos personas pueden decidir, espontáneamente, la disolución de un matrimonio, espontáneamente pueden optar por educar a sus hijos en la espontaneidad, cuestión que derivaría, casi necesariamente, en una "educación natural", síntesis aterradora y vacía por cierto, que dejaría expuestas a las familias a la animalización, sin más alternativas. Esto, creemos, sucede en demasía. Los límites son expresión de la no-espontaneidad, por ello de muchos hogares desaparecen. Las virtudes son contrarias a la naturaleza, por tanto incontables familias promueven vicios, que de espontáneos tienen mucho.
La vida de oración es producto de la negación de las tendencias, que dictan el imperativo de dejarse llevar por el instinto y las pasiones, por eso importa anteponer "lo que uno siente". Una familia en la que se determinan espontáneamente los roles de cada uno de sus integrantes ("familia democrática", dirán envilecedores y envilecidos) gozará de legitimidad y nadie osará cuestionarla. Un padre que entregue al azar y al arbitrio la vida de su pequeño hijo será condecorado con honores, pues se convertirá en "favorecedor de la libre expresión del menor" y no simplemente en un abandónico. Un Estado que asuma la patria potestad de menores, voluntaria o involuntariamente delegada por los padres, lejos de ser tildado de totalitario se convertirá en un "favorecedor de condiciones para la formación integral del ciudadano".
Pero se entenderá que no solamente la familia y la crianza padecen este terrible mal. También la educación escolar manifiesta sus torcidas aberraciones. En principio, hay que decir que muchos son los ejemplos de una práctica que promueve la espontaneidad; entre ellos, los siguientes:
 Aulas en las que los docentes centran su tarea en los intereses de los alumnos. Se asegura que "lo que importa es enseñar a partir de lo que al niño o joven le interesa, para hacer más significativo el aprendizaje", porque el interés es de factura espontánea y fluye naturalmente de los alumnos; pero se desconoce que mucho de lo enseñado puede no condecirse con lo que es de interés para el que aprende. Es más, la mayor parte de las veces es opuesto al interés del infante, más vinculado al juego, la recreación y el entretenimiento que a los algoritmos, la comprensión de textos y los procesos vitales.
 Docentes que se empeñan en resaltar la participación y el espíritu crítico de los infantes. Se suele hacer de la clase una "feria del debate" en la que prima la libertina expresión y la desenfrenada habladuría en desmedro de la verdad y sin respeto por el rigor y el esfuerzo por comprender. Todos los temas pasan a ser plausibles de opinión ("Hoy debatimos el aborto", por ejemplo, como si la vida humana pudiese ser objeto de infundados y espontáneos pareceres) y se motiva un ímpetu de criticidad en los alumnos, que poco tiene de reflexivo y discernido, y solamente manifiesta impune cuestionamiento y objeción juvenil.
 Escuelas que erradican toda forma de castigo o norma disciplinaria. En nombre de la ortodoxia naturalista, instituciones enteras funcionan basadas en la aberrante idea de que los alumnos resuelven sus problemas –los graves y los ordinarios- sin necesidad de una norma, sin límites preestablecidos ni impuestos por los adultos. Como un límite es de por sí antinatural, ponen en manos de los alumnos la resolución de sus propios conflictos, para que ellos, como puedan y según se les ocurra, encuentren soluciones. Cuanto más espontánea sea la resolución, mejor.
Los ejemplos pueden multiplicarse y lo cierto es que cada uno ratificaría una realidad que se hace cada vez más patente. Para reconocer sus alcances y desterrarlos no alcanza un simple vistazo, más bien hay necesidad certeros diagnósticos y una vuelta a lo esencial. La educación - familiar y escolar- lleva consigo, desde siempre, fines claros y profundos. Recuperarlos será la tarea; con ello alcanza para desterrar el reduccionismo naturalista y la espontaneidad, que se presentan como novedosas concepciones y no dejan de ser simples distracciones respecto de lo verdaderamente importante.
*Maestro de grado, Profesor en Filosofía y Licenciando en Educación.

martes, febrero 07, 2006

El spanglish: ¿un nuevo idioma o un nuevo ataque a nuestra lengua?

Por Mariana Lores *

Recientemente hemos leído un artículo periodístico referido al fenómeno lingüístico generado en las comunidades hispanas que residen en Estados Unidos (principalmente la mexicana, cubana y portorriqueña.
El fenómeno al que hacemos referencia es el llamado 'spanglish' y consiste, a grandes rasgos, en la incorporación de palabras inglesas al español. En los últimos años, algunos estudios referidos al bilingüismo español - inglés en Estados Unidos han analizado este 'salto' de una lengua a otra que se produce en una misma conversación y, en muchos casos, en una misma emisión y que se ha detectado con frecuencia en las comunidades antes mencionadas.
Según el Diccionario de Lengua Española de Manuel Seco, 'spanglish' es "la lengua española hablada con abundancia de anglicismos". De acuerdo a esta definición, la lengua de los latinos que viven en Estados Unidos (incluyendo la cifra cada vez más significativa de compatriotas nuestros) es una forma de dialecto del idioma español surgida a partir de su contacto con el idioma inglés.
Ahora bien, para que esta aberración lingüística pueda ser considerada un dialecto habría que atender a su historicidad y vitalidad. No son pocos quienes consideran que tales condiciones ya estarían dadas en el 'spanglish' puesto que éste surge como respuesta a una necesidad, ya está en las calles y también en Internet (un sitio llamado latino.com), en la música (en canciones de Ricky Martin o Paulina Rubio) y en algunas series de televisión. Es indudable que la expansión de este fenómeno aumenta día a día.
Con más de 37 millones de latinos, Estados Unidos es uno de los puntos más importantes de población de origen hispano en el mundo y de la necesidad de aceptación o integración de toda esta gente parecería surgir el 'spanglish'. Aunque el vocablo no entró aún en la edición del Diccionario de la Real Academia Española, ya cuenta con muchos adeptos entre los que se cuentan escritores (que sólo redactan en 'spanglish'), periodistas y académicos que sostienen que es esta una verdadera muestra de destreza lingüística al tiempo que restan importancia a esta nueva forma de invasión del español por el inglés.
El tema suscita gran preocupación y merece un análisis particularmente atento. Entendemos que la lengua española es nuevamente atacada y dañada y que, además, se busca situar al 'spanglish' en el mismo nivel o rango que el castellano.
Sin entrar en el análisis de las causas que originan esta pretendida 'neolengua' nos parece altamente preocupante que el 'spanglish' cuente ya con un diccionario propio y que exista una ruinosa 'traducción' de Don Quijote de la Mancha" que comienza diciendo: "In un palacete de La Mancha of wich nombre no quiero remembrearme, vivía not so long ago, uno de estos gentlemen who always tienen una lanza in the rack, una buckler antigua, a skinny caballo y un grayhound para la chaze..."
Este proceso de ataque a la lengua española es acompañado, como ya hemos expresado, por el creciente uso de computadoras e Internet con la consabida invención de verbos como 'formatear' o 'chatear', que toman como base una palabra inglesa pero la incorporan a la morfología española. No menos grave resulta el uso incorrecto de la lengua en los medios masivos de comunicación. Comúnmente se dice que los medios de comunicación reflejan la realidad social imperante. Ahí está la realidad detectada en encuestas cuyo resultado más alarmante es que una buena parte de nuestros jóvenes no saben leer comprensivamente ni escribir con corrección.
Pero volviendo al tema que nos ocupa, creemos significativa la utilización del 'spanglish' por algunos escritores en sus 'creaciones literarias' o el hecho de que ya posea un diccionario. Y es que la diferencia entre un dialecto y un idioma o una lengua radica justamente en que ésta última, además de vitalidad e historicidad, tiene un uso escrito, posee normativización y es autónoma. A este respecto es interesante tomar nota de la mentada normativización.
Una lengua está normativizada cuando existen obras que establecen parámetros ortográficos, cuando hay testimonios escritos que la emplean y, en definitiva, cuando existen reglas acatadas por la comunidad que las adopta y acepta como correctas.
Es así como en la historia de la lengua española se registran grandes hitos en relación a esta necesaria normativización. Alfonso X, el Sabio fue el primero en plantear el tema de las reglas ortográficas y en instalar la norma del castellano 'drecho' tomando como pauta de corrección el habla de la Corte. Siglos más tarde, en 1492, año del Descubrimiento de América y de la Reconquista de España por los Reyes Católicos, Antonio de Nebrija publica la primera gramática castellana por expreso pedido de la Reina Isabel iniciando de este modo la segunda gran etapa de consolidación del idioma.
Durante el Siglo de Oro, la pauta de corrección se encuentra en la ejemplificación literaria y finalmente, en 1713, se funda la Real Academia Española, cuya primera tarea fue la de fijar el idioma y ordenar sus cambios siguiendo un criterio de autoridad.
Indudablemente todos los hitos mencionados favorecieron la consolidación de la lengua española, la que nuestros niños aprenden de sus padres, abuelos y maestros y la que utilizamos en la vida cotidiana y que es cultivada por grandes poetas. Frente a ella, el aberrante 'spanglish' nace carente de patria oscureciendo el sentido de las palabras para la confusión de los hombres.
Resulta urgente entonces preservar más que nunca la lengua y seguir al pie de la letra el aleccionamiento de Rafael Gambra en su magnífico "El lenguaje y los mitos": "no admitir ni aún por comodidad o contagio momentáneo, el lenguaje trasmutado, las voces neologismos, ambigüedades de cuya manipulación seamos conscientes."
Y frente a la pregunta "¿se retorna de las tinieblas? Gambra nos responde: "Todo lo humano retorna; la luz volvió a lucir siempre tras los más profundos oscurecimientos. Nunca hasta ahora ha caído el espíritu humano en una trampa que lo oscurezca definitiva, irremisiblemente. Ello se opondría seguramente al designio de la Creación".
La lengua no es en definitiva una cosa que se traiga o se lleve, se ponga o se saque o se pisotee. La lengua debe ser preservada y engrandecida y los educadores tenemos la inmensa responsabilidad y obligación de trasmitir a las generaciones inmediatas ese medio por el cual resurge la luz y la inteligencia en medio de la atmósfera de decadencia imperante.

* La autora es Maestra y Profesora de Letras y ejerce la docencia en el nivel medio.

El Dios-Hombre de la llave dorada. Sobre la Autobiografia de Chesterton

Por Gabriela Gjukan *
Dios nos dé siempre la gracia del asombro, capacidad que nos devuelve nuevas todas las cosas, y la gracia del Cielo que hizo de Gilbert Keith Chesterton (1874- 1936) un buen hijo de Dios.
Podemos ver en este inglés ameno y gigantón un ejemplar del "homo viator" que no descansó hasta llegar a destino. Usó una buena embarcación, la inteligencia dada por Dios y buscó sinceramente las corrientes marinas que más lo favorecían, aunque algunas casi lo llevan a la deriva. Antes de conocer la fuerza del verdadero viento (la fe) que lo llevaría a sitio seguro, conoció un brisa suave y sincera, la forma mágica de la capacidad de asombro que no lo dejó olvidarse de su destino. No buscó más tripulante que al Hombre ni más compañía que la de los amigos. No tuvo más remo que el gusto por la polémica (con todo el mundo y en el fondo consigo mismo), ni más descanso que la certeza.
De su partida en la infancia, para nuestro estudio, sólo rescataremos lo que él destaca de sus padres, que fueron respetables y honrados, cultos y que tenían el don de hacer vivir los personajes de sus relatos. Esto fue de vital importancia.
Para un niño todo es nuevo, y en él hay una capacidad de admiración superior a la del adulto. En nuestro viajero esta facultad debió verse robustecida, magnificada por el excitante espectáculo de las creaciones del padre, entre ellas un hermoso teatro de juguete. El caso es que esta capacidad de admiración, esta actitud de maravilla ante todo lo creado es algo que G.K.C. conservó toda la vida y lo condujo a maravillarse sencilla y silenciosamente ante la Verdad.
De la misma manera durante todo su trayecto es evidente el goce intelectual y artístico que halla en la discusión y en el juego combativo de las ideas. Por eso creemos que lo llevó a buen puerto el deseo de llegar al fondo de las cosas y la búsqueda de la verdad por todos los caminos posibles. Recorrió, casi insensiblemente y, al parecer, sin gran esfuerzo, el camino desde un relativo agnosticismo, pasando por unos vagos ensayos de espiritismo, el socialismo y otros “ismos” (paganismo, panteísmo, deísmo, idealismo, materialismo, ateísmo, realismo, escepticismo, puritanismo, prusianismo, liberalismo, laborismo, apartidismo... no siempre a favor, es decir, no siempre estos “ismos” fueron islas de descanso, a veces los atacó como a barcos piratas, pero claramente los recorrió con el intelecto, para defenderlos o para desarmarlos) hasta que amarró orgulloso su barca a la barca de la Iglesia Católica.
También creemos que lo acercaron a la Verdad los equivocados. El mismo Shaw, Wells, los anglicanos, los protestantes, los espiritistas, los materialistas, los escépticos, los teósofos; el socialismo, el capitalismo plutócrata, el pseudo-cientificismo, todas las sectas...Escribió en su Autobiografía lo que sigue, que nos sirve de ejemplo: "Pero la impresión más fuerte que produjo fue la de que era protestante. Yo estaba todavía a mil leguas de ser católico, mas creo que fue el protestantismo perfecto y sólido de Lord Hugh lo que me reveló plenamente que yo ya no era protestante.".
Encontró las respuestas defendiendo sus opiniones con rotunda intransigencia, con noble y encendida pasión pero sin rencores. Nunca, como dice uno de sus comentaristas, envenenó su pluma. Al contrario, el lector de sus obras se da cuenta enseguida de que él trata a los enemigos de su pensamiento como a los amigos de su corazón. Además tuvo la suerte de encontrarse con caballeros que permitieron, siendo él un caballero, que sus luchas fueran caballerosas y cristianas.
Por otra parte, esta búsqueda de las certezas no se hubiera hecho posible, a nuestro entender de no tener nuestro hombre, un hermano menor y de no tener ambos a la amistad en tan alta estima. Dios sabe cómo hace las cosas. Cecil fue la gracia actual en el momento oportuno bajo la apariencia permanente de antagonista discutidor que selló su convicción con sangre; Belloc fue el amigo admirado y amado, la alegría cristiana presente que va dejando impresiones sin hacer ruido; y el Padre O'Connor fue el hombre de Iglesia que hizo de Cristo Pastor, que le dio tiempo al alma y no consideró tiempo perdido los quince años de espera, ante la posibilidad de abrir ante los ojos asombrados de Chesterton, la eternidad.
Para un par de ojos que antes supieron descubrir lo real de un teatro de juguete sin avergonzarse ni justificarse y ser como niño, la liturgia de la Iglesia también fue un camino hacia lo profundo y verdadero. Por eso creemos que vio en la Iglesia, a través de la Liturgia, la magnificencia, la grandiosidad, la majestad de Dios y el verdadero lugar del hombre como adorador del Rey y como príncipe.
Cuando era niño contempló, en el teatro de juguete hecho por su padre, a "...un muchacho atravesando a pie un puente que llevaba en la mano una llave desmesurada de un metal amarillo reluciente y sobre la cabeza una gran corona de oro o dorada. El puente que atravesaba surgía en uno de sus extremos del borde de un peligroso precipicio montañoso cuyos picos se elevaban fantásticamente a distancia; y en el otro extremo se juntaba con la parte alta de una torre de un castillo especialmente encastillado. En la torre del castillo se hallaba una joven asomada a una ventana. No recuerdo en absoluto cómo era; pero estoy dispuesto a luchar en singular combate con quien quiera que niegue su belleza superlativa." Y fue ésta su primera impresión, la que recordará en momentos de solemnidad y de contemplación, la que lo cuestionará sin encontrar respuesta, a la que rendirá el culto de amar sin comprender, dejando un lugar, desde pequeño, en su mente, para el misterio.
Después de su viaje en busca de significados sabe que "...se llama Pontifex, el constructor del puente, se llama también Claviger, el portador de la llave; y que esas llaves le fueron dadas para atar y desatar, cuando era un pobre pescador en una provincia lejana, junto a un pequeño mar un tanto misterioso." La llave dorada daba antes y da ahora la libertad.
No fue casual su viaje a Polonia, ni menos aún, la visión clara de otro escenario dorado... “Y entonces vi la calle abierta. Estaba llena de una muchedumbre que me hacía frente; y todos hincaban una rodilla en tierra. Era como si alguien viniese detrás de mí, o como si un pájaro extraño volara por encima de mi cabeza. Me volví y observé, en el centro del arco, unas grandes ventanas abiertas que dejaban ver una habitación llena de oro y de colores; había una imagen detrás; pero una parte del cuadro se movía como una teatro de marionetas, lo cual remozaba extraños recuerdos, como aquel sueño del puente en el teatro de marionetas de mi infancia; y entonces me di cuenta de que de esos grupos en movimiento, procedía el relumbre y el son de la antigua magnificencia de la Misa." Los sentidos impactados, la majestuosidad de lo ritual, la solemnidad en el ambiente, volvieron a asombrar a Chesterton, como cuando era niño. Los ritos son importantes...comprobamos, como el Principito.
Tampoco fue casual el descubrir cómo los católicos no desconocían los abismos a los que podían llegar por las miserias humanas, y por lo tanto eran más comprensivos con los demás. Comprensión que no les quitaba o apagaba la ira justa cuando el ofendido no era el hombre sino Dios o las cosas de Dios, más aún cuando se trataba de la Virgen María: "...En un lado o en otro éramos soldados; es una vida dura y horrible. No guardo ningún rencor por lo que han hecho aquí. Sólo hay una cosa que no perdono. Se la voy a enseñar a ustedes... había una estatua de la Virgen con la cabeza y las manos mutiladas...pidiendo misericordia por esa raza humana, tan huérfana de ella." Había, quizás descubrió, una princesa más bella aún que la del teatro de marionetas...por la cual valía la pena cruzar el puente, vivir y morir. María Virgen debió estar muy cerca. Nos gusta suponer que tomó para él, en su viaje, la forma de la Estrella del Mar.
Pensamos que poder dar unidad a lo intuido en el teatrito y lo vivido en el escenario de su vida, dar unidad al niño y al hombre y dar unidad al hombre de la llave dorada y al Dios de la llave dorada, lo llevó a descubrir y admirar otra unidad, la Unidad esencial de la Iglesia ..."En resumen, los demás maestros siempre eran hombre de una sola idea, incluso cuando su idea única trataba de amplitud. Sólo he encontrado un credo que no puede satisfacerse con una verdad solamente, sino con la Verdad hecha de millones de verdades semejantes y es sin embargo una sola".
¿Qué vio en la Iglesia? A nuestro entender lo que lo iluminó, sin deslumbrar, para que posara con serenidad su mirada, fue descubrir la ventana luminosa de la Humildad que permite ver el extenso y magnífico escenario de la realidad. Ventana desde la que la visión se hace más magnífica y nos libra del orgullo y la desesperación que atentan contra la fe. Desde la Iglesia de Roma pudo mirarse a sí mismo y saberse perdonado: "Pues bien, cuando un católico sale de confesarse, auténticamente y por definición, sale de nuevo a aquel amanecer de su propio principio y contempla con ojos nuevos, por encima del mundo, un Crystal Palace que es verdaderamente de cristal. Cree que en ese rincón en penumbra y en ese breve rito, Dios lo ha vuelto a crear a su propia semejanza. Es, ahora un nuevo experimento del Creador. Es un experimento tan nuevo como lo era cuando sólo tenía cinco años. Se yergue, como dije, en la luz blanca del principio digno de la vida de un hombre.". Pudo recuperar la inocencia y la capacidad de contemplación de la niñez.
Gilbert Keith Chesterton supo, a nuestro juicio, que para las cosas del alma también hay un pudor que las resguarda, por eso de su conciencia y del trabajo interior que realizó el Espíritu Santo en él para su conversión, poco sabemos, y creemos que sólo nos hemos acercado a su regreso a la casa del Padre hasta la distancia en que es posible verlo entrar a un templo, pero sin poder entrar con él. Lo grandioso es que lejos de dejarnos un gusto amargo o la sensación de algo inconcluso, nos alienta a disfrutar nosotros mismos de nuestro propio encuentro.
La lectura de la Autobiografía de este genial periodista y escritor inglés nos ha confirmado la decisión clásica de que nuestros alumnos deben encontrar en nuestros espacios la posibilidad de desarrollar su capacidad de asombro y la de la discusión que los lleve a la convicción. A la vez nos ha ilustrado en la seguridad de que somos nosotros, entre otros adultos, los que debemos aportarle el yunque para que el espíritu pueda tener la base sobre la cual golpear y golpear hasta que surja la chispa. Compartimos así la convicción de Chesterton, sobre la solidez que debemos transmitir "...Mientras que yo estoy convencido de que el objeto de un espíritu abierto es, como el de la boca abierta, volver a cerrarse sobre algo sólido". La incertidumbre reinante en nuestra sociedad, la cultura del "todo es igual", el terror infundado y cobarde a transmitir verdades, la ley del menor esfuerzo aplicado a lo intelectual, no han hecho mejor al hombre, ni menos aún lo han hecho feliz. Creemos que tenemos el deber indeclinable de ser portadores humildes de la Verdad que nos hace libres; que muestra que todo no es igual porque hay Algo que es mejor; que es respuesta al ansia de felicidad que tenemos todos; que respeta profundamente la libertad humana y que complace, produce el gozo intelectual al ser contemplado.
Creemos que G.K.C. no hubiera descubierto a la Iglesia y a su Fundador, sin la existencia en su vida de personas que aún conociendo su postura y respetándolo profundamente, respetaron aún más sus propias convicciones y le dieron así la imagen real de que les era más importante lo verdadero que quedar bien o no generar una disputa. Cuando en Polonia contempla la Misa, la dama que lo acompaña le pide sencillamente y sin explicaciones engorrosas, que se saque el sombrero. Lo obliga a respetar, al menos externamente, lo que ella respeta.
De esta simple anécdota podemos recoger más de un fruto. Entre ellos, que no debemos temer enseñar a cumplir ciertos ritos (el grupo en movimiento se movía siguiendo un orden, el compás marcado por la liturgia) sin los cuales la Iglesia no mostraría su magnificencia, pero sobre todo no daría culto a Dios como Él quiere.
Otro, que en pequeños gestos dejamos translucir lo que creemos y que no sabemos qué medio utilizará el Señor para llamar al corazón y a la mente de los que nos rodean, un simple gesto puede ser motivo de conversión. A la vez que nos recuerda que no somos nosotros los que convertimos a alguien sino que el Señor nos puede utilizar como instrumentos, si Él quiere. Lo que nos quita ansiedad por ver los frutos y la preocupación que quita la paz al alma y que debe convertirse en ocupación en las cosas de nuestro Padre confiando que lo demás se dará por añadidura, si es su Voluntad.
Otro, que exigir a un ateo, agnóstico, etc. que respete nuestras convicciones y darle ejemplo de cómo tratamos las cosas de Dios y al mismo Dios, no atenta contra su libertad, y puede despertar en el otro el deseo de compartir esa experiencia.
Chesterton, a partir de su conversión, fortalecido por las dos gracias, la sobrenatural y la natural que hace más amable la primera, entusiasma. Tal vez no a todos ni al mismo tiempo, pero entusiasma; de alguna manera, enamora. Nosotros podemos hacer lo mismo, como él para esclarecer, para dar lo que otros nos dieron, para mostrar cuál es el camino que encontramos seguro para la felicidad.
El proceso de conversión del genial escritor también nos lleva a reflexionar sobre una verdad que conocemos pero que olvidamos fácilmente: "los tiempos de Dios no son los nuestros" y agregaríamos "los de cada alma, tampoco". Nos enseña a respetar los tiempos de los demás y a amar la paciencia que el Señor nos pide que tengamos con algunos que querríamos tener ya a nuestro lado en la capilla o en la charla entusiasta sobre lo que amamos. Y a la vez nos compromete a crecer en la confianza en Dios y a poner nuestros proyectos en manos de su Madre, que es el lugar más seguro.
Nuestras prácticas pedagógicas serán mejores si estamos convencidos de que el Espíritu Santo actúa desde el interior de cada uno de nuestros alumnos. Muchas veces quisiéramos poder entrar en la mente y el corazón de quien nos escucha para hacer algunos cambios que consideramos convenientes. Pero nos olvidamos que está adentro Alguien que los hará mejor que uno de nosotros, y que la libertad que Él respeta no la debemos quebrantar .
Finalmente creemos que este trabajo ha significado fortalecer nuestra vocación porque nos reconocemos necesarios para Dios, pero no imprescindibles; porque nos muestra que el fruto no dependerá tanto de nuestro esfuerzo como de nuestro amor; y porque también en esto estamos seguros de “haber elegido la mejor parte, la del asombro y la del servicio ante la Verdad con la esperanza compartida de rescatar la Palabra para que Ella nos eleve y nos rescate” .
A.M.G.D.

Decálogo sobre cómo defenderse del demonio y evitar sus seducciones

1. No olvides que el diablo existe, que es mentiroso y que su primera mentira es hacerte creer que no existe.
2. No olvides que el diablo es tentador y que todos somos vulnerables.
3. No olvidar que el diablo es muy inteligente y astuto, tal como lo fue Adán y Eva, primer hombre y mujer que sucumbieron tentados por la serpiente.
4. Ser vigilante y fuerte contra los espíritus del mal que habitan las regiones celestes.
5. Creer firmemente en la victoria de Cristo sobre el tentador, tal como dice el Evangelio.
6. Recordar que Cristo te hace partícipe de su victoria en los sacramentos y en los signos sacramentales, como el agua bendita.
7. Escuchar la Palabra de Dios como en las respuestas de Jesucristo a Satanás durante los desafíos en el desierto.
8. Para vencer la tentación de elegir el camino del egoísmo, ser humilde y amar la mortificación, con la conciencia de la propia fragilidad pero al mismo tiempo con confianza en el Señor.
9. Rezar siempre sin cansarse porque ello conduce a la victoria contra el Maligno
10. Adora al Señor tu Dios y solamente a El ríndele culto, intensificando la adoración a Dios vivo y verdadero, quien dará la fuerza "para vencer la tentación que nos atrae al mal, a los ídolos vanos y vacíos".
Cardenal Arzobispo de Génova, Dionigi Tettamanzi

Textos Clásicos: Sobre la conversión de los clérigos

Hijitos, ¿quién os enseñará a huir de la ira venidera? (Mt. 3,7). Nadie hay que merezca tanto esta ira como el enemigo que simula ser amigo. ¡Judas! ¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre (Lc. 22,48); tú, que parecías tener una misma alma conmigo, y comías de mis dulces manjares, y ponías la mano en mi mismo plato? No serás tú de aquellos que por quienes ora al Padre y dice: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc. 23,34). ¡Ay de vosotros los que no sólo os alzáis con la llave de la ciencia, sino también con la de la autoridad! No contentos con dejar de entrar vosotros, impedís de mil modos que entren los demás, a quienes deberías empujar por razón de vuestro cargo a que entrasen. Habéis arrebatado las llaves en vez de recibirlas. De vosotros se quejaba el Señor por el profeta: Ellos reinaron, pero no por mí, y levantáronse como príncipes, y yo no los había llamado (Os. 8,4). ¿De donde viene esa ardorosa ansía de prelacías, ese desenfreno de vuestra ambición, esa frenética locura por arrebatar prebendas? ¿Hay alguno entre vosotros que sea osado hasta el punto de desdeñar la autoridad del más pequeño de los príncipes del siglo, de modo que sin orden suya y aún contra su voluntad se arrogue las funciones del ministro, se apodere de sus rentas y dirija sus negocios? Pues no penséis que Dios aprueba lo que hacen en su vastísima casa y dominios esos vasos de ira, destinados a perecer. Cierto que son muchos los que se llegan aquí, pero considerar el número de los verdaderamente llamados (...). A los que gemimos por el actual estado de la Iglesia no nos extraña que de una culebra nazca un escorpión. No nos pasmamos tampoco de que vendimien la viña del Señor hombres que quebrantan las leyes que el Señor impuso. Hemos visto que con manifiesta desvergüenza se alzan con el rango que corresponde a los varones pacíficos, y aún se entremeten en funciones que sólo competen a los hijos de Dios, hombres que jamás oyeron la invitación del Señor para que entraran en su corazón, o que, si la oyeron, en vez de seguirla, corrieron a las frondas para esconderse debajo de ellas. Por eso no han parado de pecar, sino que arrastran tras sí la larga red que los tiene cogidos. Todavía no ha abierto los ojos para contemplar su indigencia y su pobreza, sino que dicen: "Ricos somos; de nada necesitamos"; cuando en realidad son pobres, desnudos, miserables y dignos de lástima"
(En: San Bernardo: Obras completas, Madrid, BAC, T. II, pp. 736)

El escándalo de la niñez, hoy

El escándalo es el impulso de caer en el pecado, en la pérdida y ofensa de Dios. Y el que escandaliza se convierte por ello en tentador de su prójimo y atenta contra la virtud y el derecho. Hay, sin embargo, dos sentidos del escándalo: el primero, el de aquél que proviene del mismo Dios, de Cristo o de la Iglesia y que se origina en el rechazo culpable del amor salvífico por parte del mundo y en la voluntad rebelde de los hombres. Al respecto, dice santo Tomás que hay escándalo también cuando una persona honesta hace una buena acción que suscita la envidia pecaminosa del que está mal dispuesto. Dios mismo fue "piedra de obstáculo", por ejemplo, cuando se produjo el escándalo de los fariseos ante Cristo. Porque el fariseo odia la Verdad y sus epifanías temporales y desde el momento en que la reconoce se ocupa de destruirla invirtiendo todo, como con Jesús ante el Sanedrín: "la Escritura en su labios será blasfemia, la verdad será sacrilegio, los milagros serán obra de magia" (Leonardo Castellani: Cristo y los fariseos). Por eso se decreta su muerte que, para mayor escándalo farisaico, deviene en un nuevo 'obstáculo', el de la Cruz Redentora.
Sin embargo, aquí tomamos el segundo sentido del escándalo, esto es, el pecado que en sí mismo busca la ruina espiritual del prójimo. Es por ello el pecado de los pecados, directamente opuesto a la caridad, en tanto atenta contra la salvación eterna del otro.
Hablamos del escándalo de la niñez cuando señalamos la miseria (que no la pobreza), el trabajo y la pornografía infantil, la pedofilia y la violencia en todas sus formas, la droga. No obstante, con ser estos ataques reales y sobrecogedores, lo cierto es que detrás de los mismos hay una embestida velada y, si cabe, muchísimo más grave. Se trata de la agresión ideológica contra la niñez de la que se desprende la deformación en el hogar, la escuela, los medios de comunicación, la propia comunidad. Deformación ésta asistida por la herramienta de los llamados Derechos del niño, esto es, el nombre que hoy recibe el escándalo de la niñez. Estos derechos, emanación pura de los llamados Derechos Humanos, sufren también la sorprendente contradicción que marcara en su día Juan Pablo II, pues mientras más se los anuncia, más se los conculca. De hecho, son meras declamaciones que se repiten ad nauseam mientras se multiplica y se hace efectiva la continua legitimación de los atentados contra la vida.
Históricamente hablando, el concepto pervertido de libertad que subyace en estos derechos se encarna en la afamada Declaración de los Derechos del Hombre, sancionados en la sangrienta Revolución Francesa de 1789 y reactualizados en los albores del actual Nuevo Orden Mundial, en 1948. A partir de allí se efectiviza la pretensión de erigir una nueva Tabla de la ley, absolutamente contraria a la ley natural y "en virtud de la cual la verdad sería una mentira y la mentira verdad, hacer el bien sería el mal y hacer el mal, un bien".
Porque estos pseudoderechos remiten en realidad a un mal espiritual que no tiene nada de nuevo, esto es, el ofuscamiento de la conciencia moral, aquel oscurecimiento que expresa el Profeta Isaías al decir: "¡Ay de los que llaman bien al mal y mal al bien, de los que cambian la tinieblas en luz y la luz en tinieblas, de los que vuelven dulce lo amargo y amargo lo dulce!" (Is 5, 20). Y precisamente lo singular del mundo moderno es que lleva esta enfermedad espiritual al paroxismo cuando expresa en boca de Nietzsche, uno de sus principales corifeos: "Mal, sé tú mi bien".
Asimismo, la desnaturalización de la conciencia moral se evidencia en la guerra semántica que pretende, como enseña Gambra, cambiar el sentido del lenguaje para cambiar el alma. Esta mutación de las palabras y su sentido asociada a la ofuscación de la conciencia tiene por resultado un orden invertido y antinatural de suyo. Es un orden desordenado, si se nos permite la contradicción, según el cual todo está permitido: las guerras genocidas por el derecho a la democracia; el aborto, la anticoncepción y la esterilización por los derechos sexuales y reproductivos; la eutanasia por el derecho a no sufrir; la clonación por los derechos de la ciencia; la destrucción de las patrias por el derecho a los planteos internacionalistas y globalizadores; la inseguridad por los derechos del delincuente; el matrimonio diluido en nombre del derecho al divorcio; la familia derruida para honrar los derechos homosexuales; la verdad destruida en nombre del derecho a la opinión; la libertad destrozada en pos de la liberación; la libertad religiosa socavada por el derecho de las minorías marginales; los derechos de Cristo Rey conculcados por los derechos del hombre. Y, como ha de suponerse, el niño escandalizado en nombre de sus derechos. Porque lo desmesuradamente inaudito, y decididamente diabólico, es que a través de los Derechos del Niño se 'denuncian' los mismos ataques que los 'recreadores' de esos derechos pergeñan, avalan e incentivan. La ruina espiritual y física del niño en nombre de los Derechos del Niño.
Pero, ¿por qué son los niños el objeto central de estos ataques? Nos responde Antonio Caponnetto en un libro pletórico de verdades poéticamente proferidas: lo que mueve a los escandalizadores es el odium Christi pues, si Dios se hizo Niño, "es comprensible que quienes reniegan de El no sólo no quieran aniñarse, sino que además pretendan matar al Niño Dios que cada criatura revela por haber sido hecha a su imagen y semejanza".
Mas el homicidio de lo divino en cada niño, o en cada ser dotado con la infancia espiritual, no sólo implica el daño físico que encuentra su culmen en el infanticidio. Se mata también al Niño Dios presente en las criaturas en cada desnaturalización de la infancia, pretendiendo mancillar y finalmente matar el alma. En efecto, el Niño Dios es el Paradigma del sufrir inocente, el Arquetipo celeste que desde su inefabilidad explica los tormentos que hoy padecen los niños.
Odio al Creador y, por lo mismo, odio a la creatura. Con semejantes antecedentes no es menester buscar demasiado al causante de semejante escándalo. Pues, más allá de los escandalizadores, no otro que el demonio es quien promueve y sostiene este escándalo. Ya lo dijo San Gregorio Nacianceno: "¡Pues el fuego es tuyo, y el que lo sopla es el demonio!".
Uno de los mas grandes santos de los niños, San Juan Bosco, supo ver la inquina diabólica en el escándalo y en más de una ocasión llamó admonitoriamente a los jóvenes bajo su cuidado. "Mis queridos hijos - les dijo una vez - el demonio va rondando en derredor de vosotros y yo lo veo cómo se esfuerza por devoraros".
Don Bosco, como tantos otros santos, conoció la verdadera naturaleza del escándalo, es decir, de ese pecado enorme que significa robar las almas a Dios, las mismas almas que El ha creado para el Paraíso y que rescató con la preciosa sangre de Jesucristo. "Cuando el demonio - dice el Santo - no consigue seducir a un joven, se sirve de los escandalosos (...) El escandaloso roba las almas para ponérselas en las manos al demonio, que las llevará al infierno. Por todo eso, al escandaloso se le puede llamar verdadero ministro de Satanás".
No es ocioso, por lo antedicho, señalar una vez más que la tarea de denunciar y combatir todo escándalo no se hace partiendo de lucubraciones políticas o sociológicas. El combate no es contra los que matan el cuerpo, sino contra los que matan el alma. Es una terrible contienda mas, como reza el P. Castellani: "Dios no pide que venzamos, pero sólo nos pide Dios no ser vencidos...".
Sebastián Sánchez

La filosofia del mal menor

Algunos datos de esta triste – por dolorosa – realidad que se padece sirven de referencia para comprobar lo mal que se vive y lo tremendamente graves que son las cosas. La gravedad, por supuesto, no se explica con meras ecuaciones económicas – a esta altura da vergüenza inclusive aclararlo – y sí comienza por definirse con términos esencialmente educativos.
Si estamos como estamos se debe en gran medida a una desatención de lo educativo, que en vez de procurar trascendencia, aspiración al infinito, arraigo a lo mejor y hábito de bien, se centra exclusivamente en los medios, desoyendo de ese modo la máxima evangélica de perfección y conformándose completamente con lo mediocre.
Abunda la vulgaridad. Cuando el monumento porteño por excelencia se enfunda en latex bajo la excusa de “lucha contra el SIDA”, cuando un profesor que escribe con falta orográficas notorias se justifica porque “todos cometemos errores”, cuando un jove no higieniza su ropa ni se baña “porque ello implica adherir a un movimiento contestatario”, cuando en misa se aplaude y se baila “porque así se garantiza la diversión de los fieles”, sin dudas se pueden desentrañar muchos males , entre los cuales se muestra la significativa y altamente corrosiva vulgaridad.
La vulgaridad en el pensamiento, con lógicas consecuencia en el obrar moral, se plasma en lo que podemos denominar “filosofía del mal menor”. De ello nos ocuparemos en éstas líneas.
Evidente es la pérdida de rigor y profundidad en el uso de la inteligencia, y esto se manifiesta en una realidad en la que predomina la indiferencia por los grandes asuntos, la desidia a la hora de buscar la verdad, soberbia en el protagonismo de los opinantes cultores del relativismo y ausencia de verdaderos maestros (además de la descalificación y la separación de los pocos que se cuentan), entre otras muchas cuestiones.
El instrumento clave de aquél que no piensa correctamente es el “lugar común”. Y esto porque las frases hechas, en estos tiempos, no solamente ocupan lugares vacíos (el “pensamiento general” llena el hueco dejado por el verdadero pensar) sino que también legitiman a quien los reproduce: decir “lo que se dice” combate el aislamiento y la soledad favoreciendo la pertenencia y la identificación con la mayoría.
Lo que aquí hemos llamado “filosofía del mal menor” consiste en algo sólidamente arraigado en ésta época. Se impone en todos los ámbitos e impregna espíritus de toda raza, religión y latitud, se establece como un patrón común de análisis, discurso, enseñanza y acción y se rige por medio de proceso metamórfico muy claro.
Un primer ejemplo sirve para comenzar a explicar el asunto. Muchos hombres de buena voluntad, inclusive miembros de la Iglesia Católica, sostienen – como debe ser, sobre todo para éste último grupo – que el uso del preservativo no debe promocionarse de modo que se conciba como el medio por excelencia para prevenir enfermedades de transmisión sexual o evitar embarazos no queridos. Agregan que las cosas tiene que plantearse de otra manera, que la crianza y la educación escolarizada deben cultivar la virtud de la castidad, que promocionar el uso de gomitas es invitar abiertamente a la promiscuidad, que de ese modo solamente se solidifica el hedonismo de los jóvenes, etc., etc. Ahora bien, cuando algunas de esas personas se ven interrogadas sobre qué debe hacerse hoy, considerando los miles de infectados, el número de muertes devenidas de abortos clandestinos por embarazos “no deseados”, la proliferación de relaciones sexuales de niños y jóvenes, la respuesta escuchada es: “aceptamos la utilización del preservativo, mientras se piensa y plantea otra estrategia”, poniendo el acento en que se trata de algo “malo”, como se dijo, pero que se puede entender “menor” considerando los “males mayores” actuales padecidos.
Luego – por muchas causas, algunas ya sugeridas- ese “mal menor” pasará a ser “casi bueno”; porque el condón previene enfermedades, porque colabora con la planificación familiar, porque favorece los intereses y proyectos personales... Así, se entenderá como “eficaz medio” – aunque temporario – y su eficacia será sinónimo de “valor”. Una vez más, el fin justifica lo medios.
Alguien – no importa de quien se trate – señala qué es bueno y qué malo, surgiendo luego y casi espontáneamente qué es pero que aquello, qué no es tan malo, que es casi bueno, qué es bueno....
Lejos de evaluar según patrones morales claros (como por ejemplo que existen normas morales universales, que los actos morales son conscientes, libres, responsables, buenos o malos sin tercera posibilidad, etc.) unos pocos al principio y la masa posteriormente dictaminan con radicalidad lo legítimo o ilegítimo.
Algunos casos sencillos, tomados al paso y guiados por las emociones y no por la razón, confunden y se muestran rápidamente como sustento de esta nociva concepción. Por ejemplo, al estudiar a un hombre que roba comida para darle a su familia alimento que no puede conseguir de otro modo; primero diciendo que “no es tan malo”, luego “valorándolo” a partir de la explicación de que “hay cosas peores” y, finalmente , considerándolo “bueno”, aunque nunca se explicite de ese modo.
Esto último tiene que ver con una cuestión esencial: como en los actos morales no se puede concebir una tercera posición, al no describirlos tal cual son (en el caso del padre que roba se trata de una acto moralmente malo), surge la confusión y la oscuridad se expande. Al no señalar el mal como tal, lo mismo que el bien, se llama a lo bueno, malo, y a lo malo, bueno. No se conciben agravantes ni atenuantes (en el ejemplo citado, la acción sería moralmente mal aunque se atenuaría la falta por el fin procurado) y todo queda envuelto en una maraña de supuestos equivocados de gravísimas consecuencias.
Otros ejemplos colaboran en el discernimiento de esta filosofía del mal menor.
Cuando un juez es candidato para componer la Suprema Corte de Justicia, los que reconocen de su contaminada conciencia, preñada de odio a la fe y atentatoria de a vida humana, justifican su asunción diciendo “cuenta con una amplia trayectoria y una sólida formación”. Se afirma, sin necesidad de hacerlo explícito, que tal cargo significará un “mal menor” porque puede darse el caso de un aspirante sin formación ni trayectoria suficientes, dejando de lado la iniquidad que puede implicar una conciencia ideologizada a favor del ateísmo y de la legalización del aborto.
Del mismo modo sucede cuando, con la supuesta intención de promover la lectura, el Ministro de Educación nacional obsequia libros en las canchas de fútbol. Textos vacíos, de escritores impresentables, son justificados porque el mal menor es que no sean útiles en absoluto y “pero es que no se lea”.
O cuando se invita a asociaciones de homosexuales a “educar la sexualidad e los niños en edad escolar” afirmando que peor es no educar es ese importante asunto y que “el mal menor” es la educación de “una minoría”, con una mirada especial.
Cuando, por dar otro ejemplo, se omiten principios doctrinarios fundamentales en pos de un pretendido “dialogo interreligioso”, también se recurre al argumento de que se trata de un “mal menor” y que un mal mayor sería no relacionarse, cerrándose “como se si poseyera la verdad” sin atender a lo diverso, a la diferencia valiosa de otras creencias.
También se muestra esta filosofía cuando se piensa en el divorcio como una verdadera opción ante la crisis matrimonial. Se dice que lo ideal sería la unidad conyugal, pero que no puede sostenerse ante una fractura grave, por lo que el “mal menor” sería la separación.
Y los ejemplos continúan en una larga lista. Lo importante, se entiende, es combatir esta concepción, dañina por el sitio que se la mire. Rigor intelectual, buena educación, comprensión ya aceptación de patrones morales claves, sumados a una importante tarea correctiva y sumamente activa, serán fundamentales para responder a una forma de pensar y de actuar que puede resultar tremendamente destructiva.
Matías Sánchez

Tiempo de aristócratas

Solía decir Maurras que la democracia consume lo que se ha producido en tiempos de aristocracia, de manera tal que los "demócratas" sólo usufructúan lo que han hecho los mejores. No hay que confundir la expresión maurrasiana con un cálculo de tipo economicista o material, pues el gran pensador francés remitía a las grandes producciones políticas, intelectuales y espirituales que son el resultado de los tiempos en los que brilla la palestra por la presencia de los mejores. Porque cuando la política cuenta con los hombres superiores, esto es, servidores, todo en la Patria se rige por el orden justo. Así, la inteligencia se encamina a la Verdad y la voluntad al Bien cuando el gobierno está en manos del Prudente. Es casi una cuestión de lógica.
El problema de la Argentina, y de tantos países en esta hispanoamérica del dolor como decía Eyzaguirre, es que lleva muchos años (des)gobernada por los 'demócratas' (que ya casi son zoócratas), sin que atisben señales de los aristócratas. Es que hace mucho que no gobiernan los aristoi, los virtuosos, sino aquellos que, merced a los ardides de la partidocracia, logran escalar posiciones en las redes iniciáticas de la política democrática.
Hoy, como ayer, la política aristocrática no puede ser sino es católica. Sin embargo, ¿por qué no participan activamente los católicos en política? Porque sin dudas al católico del Evangelio, es al que le compete la santificación de la política refiriéndonos, claro, a aquella actividad excelsa de medios y fines encaminados a la restauración de Cristo en todo. Es la política arquitectónica que reconoce que el mayor Bien Común es Dios, el fin de cada hombre, y que a El ha de ordenarse todo otro bien. Nada decimos aquí de esa participación desviada en torno a una particocracia malsana que es algo así como la perversión de la verdadera política.
Oportunamente lo ha señalado el P. Bojorge: los católicos son débiles en política, que es lo mismo que decir que son débiles en el mundo mundano. ¿Y entonces? ¿A qué esperar? Si somos débiles en el mundo no podremos cumplir con la santificación del mismo, es decir, con nuestra vocación en tanto fieles laicos.
¿Cómo hacerlo?, se nos preguntará. ¿ O acaso nos quedamos en la mera declamación de lo que hay que hacer sin decir nada acerca del cómo hay que hacerlo? Pues bien, no hay recetas, sólo un inteligir, un leer dentro de las cosas y un actuar en consecuencia:
¿Se ataca la vida? Pues ahí están los grupos que la defienden esperándonos. Pero no olvidemos que un ataque a la vida es también una avanzada contra el matrimonio y la familia y, por ende, a la Patria. La Cultura de la Muerte profana la Ciudad y es por eso una avanzada destructiva contra todas las religaciones del hombre: la familia, la patria y Dios mismo. Por eso, "defender la vida" implica defender a la Patria. ProVida, sí....pero también ProPatria.
¿Se ataca a través de los medios de comunicación? Pues entonces hagamos política en ellos. Realicemos programas de radio que, lejos de caer en lo misticoide, señalen con fuerza y determinación qué es lo que está bien, para contrastarlo con lo que está mal en el mundo. Creemos revistas y diarios, utilicemos Internet, anunciemos a Cristo sin avergonzarnos. Hagamos caso omiso de lo que dicta el mundo y seamos políticamente incorrectos, fieles al Santo de Loyola que prefería ser un loco por Cristo y no un cuerdo de este mundo.
¿Se atacan las instituciones de la Patria? Defendámoslas entonces con los medios de que dispongamos para ello, exaltando sus virtudes sin negar sus yerros, haciéndolas reconocer su naturaleza y procurando volverlas a su quicio. Y recordemos nuevamente con Maurras que en política, en ésta política excelsa que reclamamos, es siempre ridículo desesperar.
¿Se revoluciona la educación, invirtiéndola y haciéndola instrumento de escándalos? Pues entonces hagamos de cada escuela un templo en el que Cristo sea el centro. Sin ambages ni concesiones ideológicas, sin temor al aislamiento ni a la persecución.
¿Se ataca a la Iglesia y, con ella, a las personas sagradas? Salgamos pues a defenderla con la fuerza de los mártires, afirmemos la Verdad (que es la única forma de contrarrestar el error) acerca de lo que la Iglesia es y acerca de lo que no es. Sigamos en todo a los pastores fieles, sin miedo ninguno. Y para los pastores heridos, emitamos algunos balidos, como ovejas que no quieren dispersarse, para que vuelvan a curar sus heridas al Redil, atentos a quienes les ha sido encomendado pastorear.
¿Vencen los impíos? ¿Cosechan victorias los injustos? ¿Y que esperábamos? Recordemos que su victoria es pequeña y efímera y que no nos está dado el vencer - solo Cristo vence - pero no por eso debemos abandonar el luchar.
La verdadera política vuelve por sus fueros, exige su rehabilitación, algo que sólo los aristócratas han de realizar. Un tiempo de aristócratas, de sacrificio y servicio, de entrega y testimonio, eso es lo que necesitamos. Un tiempo de 'producir', ya no para la próxima aventura partidocrática, sino para que, cuando Él vuelva y ponga cada cosa en su lugar según justicia, podamos exclamar: ¡Señor! ¡Este es el bien que he hecho con el tiempo que me has otorgado!
Sebastián Sánchez