miércoles, mayo 17, 2006

Santo Toribio de Mogrovejo, apóstol de Hispanoámerica

Por Sebastián Sánchez
Albores de la evangelización de América
Suele dividirse la evangelización del Nuevo Mundo[1] en dos etapas claramente definidas: la de la fundación o kerigmática y la de la consolidación o catequética. Son, rigurosamente hablando, dos momentos de un mismo esfuerzo evangélico y un solo fervor llevado a cabo por la doble potestad de la Iglesia y la Corona de España, con el insoslayable auxilio de la Divina Providencia.
Y si es posible separar y distinguir cada una de estas etapas evangelizadoras es por un acontecimiento eclesiológico - doctrinal esencialísimo: el III Concilio Limense, que representó nada más ni nada menos que la concreta vigencia del Concilio Tridentino en el mundo indiano. Y el gran señor y patrono de este venerable Concilio fue Santo Toribio de Mogrovejo, cuyo fallecimiento conmemoramos hoy con este sencillo escrito.
Mas, antes de emprender nuestra sucinta descripción de la santa obra de Toribio, es menester señalar los grandes rasgos de la evangelización fundante, es decir, anterior al III Concilio de Lima.
En efecto, durante el período anterior a Trento se realizaron en América las asambleas o juntas mexicanas, congregadas entre 1524 y 1546 y los dos primeros concilios provinciales y americanos, celebrados en Lima, en 1551-1552, y en México, en 1555. Esta etapa de la legislación eclesiástica estuvo fuertemente influenciada por el Concilio de Sevilla de 1512, presidido por el arzobispo de la ciudad homónima, Don Diego de Deza. Sus disposiciones conciliares se explayaron especialmente sobre el tema del comportamiento de los eclesiásticos, que fueron especialmente exhortados a "ser más ejemplares en el cumplimiento de su ministerio y a corregir con más fortaleza a los feligreses que no vivían su fe.[2]"
Las juntas eclesiásticas celebradas en América durante la evangelización fundante dejaron señaladas las cuestiones más urgentes de la realidad indiana. Así, en época tan temprana como 1524, se celebró la Junta Apostólica de México[3] - a la que asistió Hernán Cortés – centrada especialmente en la cuestión sacramental y en la enseñanza doctrinal. Del mismo modo, allí se trataron temas tan esenciales como la conversión de los naturales, la catequesis prebautismal, la petición de nuevos misioneros a la Corona o la impresión de doctrina y cartillas para la enseñanza de la fe[4].
Sin embargo, y a pesar de la importancia que debe adjudicársele a las reuniones eclesiásticas mencionadas, la consolidación de la legislación evangelizadora comenzó estrictamente con los Concilios Provinciales celebrados en Lima y en México.
Los dos primeros concilios provinciales de Lima fueron inspirados por uno de los arquetipos de la historia eclesiástica indiana: el arzobispo Jerónimo de Loayza[5], quien comprendió que una de las primeras obligaciones de los Obispos era evangelizar a los indígenas, tal como lo estipulaban las reales cédulas oportunamente emitidas por los reyes de España. Para facilitar su tarea, a los Obispos les eran concedidos ciertos privilegios. Aun así, Loayza vio que todavía no había un plan de trabajo conjunto en tierras americanas y que las iniciativas individuales corrían el peligro de tornarse infecundas y quedar comprometidas por el individualismo anárquico y disperso que por entonces había. Cada uno hacía lo que creía más conveniente – siempre en pos de la propagación de la Fe –, pero no había un trabajo en conjunto.
Era, pues, necesario sentar las bases de la Iglesia en el Perú, y para ello convocó Loayza al Primer Concilio Limense, que se extendió desde el 4 de octubre de 1551 hasta fines de febrero de 1552. El gran tema de este Concilio local fue la catequesis de los indígenas. Se insistió en que la doctrina debía enseñarse de manera uniforme: había que adaptarse a la forma de pensar de los indígenas y ser particularmente cuidadosos en la transmisión de la fe. Para poder cumplir este objetivo, se estableció un sumario de los principales artículos de la fe, se ordenó redactar una cartilla con la explicación correspondiente en quechua, y se dio autorización para que los indígenas recibieran los sacramentos del bautismo, la penitencia y el matrimonio, debiendo haber una enseñanza previa. A nadie se le obligaba a recibir un sacramento por la fuerza. También se les admitía a la eucaristía, pero con mayores reservas. Igualmente, se dieron normas metodológicas bastante detalladas sobre la manera de enseñar el catecismo. Con el fin de fomentar la labor evangelizadora por parte del clero, se prescribió que ningún clérigo podría regresar a España sino después de haber realizado por lo menos cuatro años de trabajo pastoral con los indígenas.
El II Concilio Limense fue convocado por Loayza para el 1º de febrero de 1567 en la Ciudad de los Reyes, con el fin de adaptar las normas del Concilio de Trento (1545-1563) a la realidad del Nuevo Mundo. Ya en octubre de 1565 el arzobispo había hecho publicar solemnemente en Lima los documentos del Concilio Tridentino.
Contando con una numerosa participación de Obispos y prelados, el II Concilio Limense inició sus sesiones el 1º de marzo de 1567. A lo largo de las diversas reuniones, se leyó en común el texto íntegro del Concilio de Trento, hecho lo cual se emitió una profesión de fe católica y una abjuración de todas las herejías, en particular la luterana. Esto último, más allá de la catequesis a los indígenas, estaba especialmente destinado a preservar la pureza de la fe de los españoles residentes en el Nuevo Mundo. No obstante, la evangelización de los indios estuvo presente y es donde encontramos los puntos de mayor interés. En efecto, allí se expresó una mayor apertura en la administración de los sacramentos y un más profundo empeño en la difusión de la fe cristiana. Los sacerdotes y agentes de pastoral debían instruir a los indios en sus lenguas aborígenes; por lo tanto, estaban obligados a aprenderlas bien. Asimismo, se enfatizó la necesaria extirpación de todas las prácticas de idolatría y hechicería que aún subsistían entre los indios y que desvirtuaban la vivencia de una auténtica fe cristiana. Y, junto con esta esencial y evangélica normativa que apuntaba directamente a la transmisión auténtica de la fe, encontramos otras que tienen como objeto la promoción humana y la preocupación por la dignidad personal de los aborígenes: enseñar el aseo corporal, a no dormir en el suelo, a comer sobre una mesa, desterrar el uso de la coca, la deformación de las cabezas de los niños, las borracheras que tanto daño causaban a los pueblos indígenas y, por sobre todo, el enseñarles a vivir en policía, es decir, en comunidad.
Pero nada resultaba sencillo en esta tierra de albores y promesas. A causa de las luchas civiles entre los conquistadores, le tocó al arzobispo Loayza gobernar una arquidiócesis en tiempos difíciles. Sin embargo, no obstante los peligros y el riesgo de rebeliones contra su autoridad pastoral, no dudó este gran obispo en combatir las codicias y los abusos de muchos españoles, a la vez que buscaba el cese de hostilidades y la reconciliación entre aquellos que eran hermanos en una misma fe. Hacía esto sin desconocer lo difícil de la situación, como escribió en una carta al Consejo de Indias: "Existen en el país tres mil ociosos pobres, que están siempre listos a tomar parte en las revueltas".
Fueron muchas las obras que se deben a la dedicación que puso en su trabajo pastoral: iglesias, conventos, escuelas, hospitales. Donó grandes cantidades de dinero para la construcción de la Catedral y del Seminario. Creó parroquias como las de San Sebastián, Santa Ana y San Marcelo. Inició las fundaciones del monasterio de la Encarnación, San Agustín, la Concepción, San Pedro. Pero su obra principal fue la del Hospital de Santa Ana, cuyas obras se terminaron en 1553. La construcción fue realizada con fondos obtenidos por el arzobispo mediante la venta de alhajas, limosnas y un subsidio especial otorgado por el rey de España, Felipe II. El hospital estaba destinado principalmente a alojar a los indios enfermos, pues muchos de ellos, por falta de atención médica y de alimentación adecuada, morían en sus ranchos. Luego de una infatigable obra apostólica, Fray Jerónimo de Loayza partió a la Casa del Padre el 25 de octubre de 1575.

La llegada de un santo: Toribio de Mogrovejo en Indias
Nada sencilla la tarea de reemplazar a un Obispo de la talla de Loayza. Sin embargo, y provisto sin duda de una providencial inspiración, eligió el Rey a Toribio de Mogrovejo, a la sazón inquisidor en Granada y aún candidato a las órdenes sagradas. Era, en efecto, un laico al servicio de la Iglesia en el ministerio inquisitorial, un fiel seguidor del magisterio que comenzára en su día el memorable San Raimundo de Peñafort, primer Inquisidor de las Españas.
Por cierto que Roma aceptó la sugerencia del nombramiento de Toribio y pronto fue designado arzobispo de la Ciudad de los Reyes, el 16 de marzo de 1579[6]. Había nacido nuestro santo en Mayorga, pueblito de León, allá por 1538, y realizado estudios de jurisprudencia en las universidades de Coimbra y Santiago de Compostela, graduándose en esta última universidad.
Una vez consagrado obispo en la catedral de Sevilla, se embarcó para el Nuevo Mundo. Llegó a Paita en marzo de 1581, desde continuó por tierra su viaje a Lima, atravesando interminables desiertos de arena, preferentemente de noche para evitar el intenso y agotador calor del día. Entró solemnemente en Lima el 1 de mayo de 1581
Durante la mayor parte de su gobierno pastoral, dedicóse Toribio a viajar a lo largo y ancho de su diócesis, con el fin de conocer personalmente a los fieles cristianos que le estaban confiados y evangelizar a los que aún desconocían la fe. A tal punto fue ésta una de sus preocupaciones, que de los 25 años de su gobierno, sólo 8 estuvo en Lima, por lo que no faltaron los advenedizos que le criticaron - injustamente, por cierto - el abandono en que supuestamente había dejado la ciudad. El mismo Santo Toribio relata de manera resumida sus propias experiencias, en una carta al Papa Clemente VIII, fechada en 1598: "He visitado por su persona cuando todavía habría de recorrer muchísima leguas no incluidas en este recuento [...] muchas y diversas veces el distrito, conociendo y apacentando mis ovejas, corrigiendo y remediando lo que ha parecido convenir y predicando los domingos y fiestas a los indios y españoles, a cada uno en su lengua y confirmando mucho número de gente [...] y andando y caminando más de cinco mil y doscientas leguas, muchas veces a pie, por caminos muy fragosos y ríos, rompiendo por todas las dificultades y careciendo a veces yo y mi familia de cama y comida; entrando a partes remotas de indios cristianos que, de ordinario, traían guerras con los infieles, adonde ningún Prelado o Visitador había llegado [7]".
Ésta es entonces la primera nota del ministerio de nuestro Santo: la de andar los caminos de la tierra americana enseñando el Camino sinuoso y siempre estrecho que lleva al Reino. Por eso, Santo Toribio es el gran peregrino de América, el caminador del Señor.
Toribio y el III Concilio Limense
Sin embargo, la obra magna por la que se recuerda a Santo Toribio de Mogrovejo es el III Concilio Limense (en adelante IIICL). Lo cierto es que, a pesar de los esfuerzos e iniciativas de fray Jerónimo de Loayza en torno a los dos anteriores concilios limenses, todavía no se habían podido penetrar adecuadamente las costumbres gentiles de los indígenas, y la labor evangelizadora presentaba aún mucha desorganización, descuido e improvisación. El Rey de España, conocedor de estos problemas, emitió unas Reales Cédulas de convocatoria para un tercer concilio (en Bajadoz, 19 de septiembre de 1580), con el fin de "poner en orden las cosas tocantes al buen gobierno espiritual de las almas de esos naturales, su doctrina, conversión y buen enseñamiento, y otras cosas muy convenientes y necesarias a la propagación del Evangelio y bien de la religión.[8]"
El P. Cayetano Bruno distingue en la realización del IIICL dos grandes etapas. Llama contenciosa a la primera por los problemas suscitados en torno a la figura de Santo Toribio de Mogrovejo que, como todo gran santo, generó grandes amores pero también celos y odios. La segunda etapa, de mayor tranquilidad y labor, es denominada por Bruno como período definitivo. En éste se dieron la mayor parte de los decretos y disposiciones conciliares que providencialmente impidieron el fracaso de la reunión[9].
En este concilio prácticamente estuvo representada toda la Iglesia en América del Sur y América Central presente en dominios españoles, puesto que se contó con la asistencia no sólo de los Obispos del Cuzco, Santiago de Chile, La Imperial, Paraguay, Quito, Charcas y Tucumán, sino que también hubo delegados de La Plata, Nicaragua y de las órdenes religiosas, que además enviaron a sus teólogos más insignes para que tomaran parte en las sesiones conciliares. Entre ellos cabe destacar al jesuita José de Acosta, acaso el teólogo más trascendente de la historia americana.
Se extendió el Concilio desde el ó desde el 15 de agosto de 1582 hasta el 28 de octubre de 1583 y dos fueron los grandes temas de la reunión conciliar: la promoción religiosa y social de los indígenas y la reforma del clero. Los Obispos tomaron posición a favor de la defensa de los indios frente a las injusticias que pudieran haberse cometido contra ellos: "Doliéndose gravemente este santo sínodo que no solamente en tiempos pasados se les hayan hecho a estos pobres tantos agravios y fuerzas con tanto exceso, sino que también el día de hoy procuran hacer lo mismo; ruega por Jesucristo y amonesta a todas justicias y gobernadores que se muestren piadosos con los indios, y enfrenen la insolencia de sus ministros cuando es menester, y que traten a estos indios, no como esclavos, sino como hombres libres y vasallos de la majestad real, a cuyo cargo los ha puesto Dios y su Iglesia. Y a los curas y otros ministros eclesiásticos mandan muy de veras que se acuerden que son pastores y no carniceros, y como a hijos los han de sustentar y abrigar en el seno de la caridad cristiana"[10].
La enseñanza de la doctrina cristiana impartida a los indígenas debía ser lo más clara posible[11], motivo por el cual se decidió elaborar un catecismo[12] único en castellano, quechua y aymará. El mentado P. José de Acosta, basándose en el catecismo tridentino elaborado por encargo del Papa San Pío V, redactó el texto en castellano, que fue traducido luego a las lenguas de los indios por los eminentes lingüistas Juan de Balboa y Blas Valera. Ya para los años de 1584 y 1585 estaban listas las ediciones de los catecismos, que fueron los primeros libros impresos en América del Sur. Este catecismo sería la preciosa fuente doctrinal en la que beberían los católicos americanos hasta los albores del siglo XX.
No obstante, el Concilio no se dedicó exclusivamente a la enseñanza de la fe a los indígenas, sino que consideró importante también dar indicaciones claras y precisas sobre la promoción humana[13] de los indios, basándose en la idea - siempre presente en la doctrina cristiana - de que no se puede construir una sólida vida espiritual si no existen previamente unas condiciones mínimas indispensables para una existencia humana y digna[14]. "La vida cristiana y celestial enseña que la fe evangélica pide y presupone tal modo de vivir, que no sea contraria a la razón natural e indigna de hombres, y, conforme al Apóstol, primero es lo corporal y animal que lo espiritual e interior". Por eso mismo, no solamente se debía prestar la asistencia adecuada a los indios, sino también ofrecerles una educación que los llevara a vivir en condiciones dignas, lo cual incluía normas de conducta y urbanidad, orientadas más que nada al respeto propio y del prójimo. Pero a la vez que se mandaba esto, se buscaba que se llevara a cabo evitando todo actitud impositiva y autoritaria hacia los indígenas: "todo lo cual no se ha de ejecutar haciendo molestia y fuerza a los indios, sino con buen modo y con un cuidado y autoridad paternal".
Para lograr estos objetivos, una de las condiciones ineluctables era que los clérigos testimoniaran una vida ejemplar y una dedicación sacrificada a la labor evangelizadora[15]. Lamentablemente, no siempre ocurrió así. Hubo clérigos seculares dedicados a actividades impropias de su estado de vida, como, por dar sólo brindar algunos ejemplos, el juego y negocios lucrativos rayanos con la usura. No faltaron tampoco los que, faltando gravemente a su estado, tuvieron trato íntimo con mujeres y aún – en el peor de los males – los que se plegaron a las múltiples recidivas idolátricas o brujeriles, cuando no decididamente heréticas. Hubo de eso en la América del amanecer de la fe -¿por qué negarlo? – pero en proporciones tan ínfimas y poco representativas que cualquier generalización escaparía a la mera confusión y se situaría en la más completa mala intención. No otra cosa han realizado las tan llevadas y traídas leyendas negras.
Lo cierto es que, con el fin de cortar estos males de raíz, el Concilio prohibió a los sacerdotes y agentes pastorales dedicarse al comercio, la explotación industrial y todo aquello que implicara negociación lucrativa. Además, dado que debían saber las lenguas de los indígenas para poder evangelizarlos, se facultó a los visitadores eclesiásticos para reemplazar a los curas que no las supiesen.
Párrafo aparte merecen los muchos y muy útiles instrumentos pastorales que el IIICL proveyó a los misioneros y curas de almas. Bajo la inspiración de Acosta y la guía pastoral de Toribio, este Concilio se propuso un ambicioso proyecto evangelizador que concluyó en "la elaboración de tres catecismos relativamente cortos preparados para la instrucción inmediata de los indígenas (Doctrina cristiana, Catecismo breve para los rudos y ocupados y Catecismo mayor para los que son más capaces); un extenso Tercer Catecismo o Catecismo por sermones, redactado para facilitar la actividad pastoral de los misioneros; y un Confesionario para los curas de indios (...) todo ello se tradujo al quechua y al aymará"[16]. De todos éstos, el Tercero Catecismo fue el instrumento pastoral más importante[17]. A propósito del IIICL y de sus instrumentos pastorales, y partiendo de conceptos propios de la historia del derecho, Antonio García señala que la vigencia, recepción y uso del mismo se extendió mucho más allá del ámbito peruano llegando incluso al Ecuador, el Reino de Nueva Granada y Venezuela además de los más cercanos Chile y Río de la Plata[18]. Y esto aún teniendo en cuenta las varias desavenencias de algunos obispos con Santo Toribio de Mogrovejo.
Cieza de León, recogiendo las realidades contrapuestas dadas por la evangelización y el antitestimonio, concluye su Crónica del Perú en los siguientes términos: "Y los indios se convierten y van poco a poco olvidando sus ritos y malas costumbres, y si se han tardado, ha sido por nuestro descuido más que por la malicia de ellos; porque el verdadero convertir los indios ha de ser amonestando y obrando bien, para que los nuevamente convertidos tomen ejemplo.[19]"
El Concilio de Santo Toribio entonces. La gran inauguración de su celo evangelizador y el inicio de su camino catequético. La segunda nota de su santo carácter: la del evangelizador armado con el Catecismo, para terror de los hechiceros, apóstatas y herejes, y gloria de la Iglesia de Cristo para la salvación de los hombres.

Colofón
No es tema menor el aniversario que nos mueve a ensayar este humilde homenaje y mucho mal haríamos en verlo y vivirlo como mera efeméride sin más trascendencia que su ubicación en el calendario. Porque el verdadero sentido de todo aniversario no puede ser más que la recordación de los arquetipos para su debida imitación. Todo lo demás es caricatura.
La Hispanoamérica de hoy, igual que la de Santo Toribio, exige obra evangelizadora. Nada nuevo ni original decimos, pues es lo que nos enseña el Magisterio Auténtico de los últimos cuarenta años, especialmente a través del entrañable testimonio de Juan Pablo II, que le dio a nuestra tierra un nuevo nombre propio: el Continente de la Esperanza.
Impele entonces la nueva evangelización que destierre y reduzca al olvido los males que hacen palidecer el panorama que los misioneros de otrora encontraron en estos lares. O, ¿acaso la idolatría de hoy no es mas inicua que la de antaño? ¿No son sus ídolos mil veces más perniciosos? Y, ¿no son los contemporáneos sacrificios humanos – homicidio, infanticidio, aberración abortista perversísima e ideológicamente legitimada - la mayor de las tragedias que azotan a nuestro Continente y al mundo entero? ¿Y qué decir de la perversidad de las costumbres? Mil veces más dañina que las de nuestros antepasados, cuanto más aceptadas y convalidadas son. Y ni que hablar de nuestro antitestimonio y de la falsía farisaica de quienes por deber de estado y por vocación deberían estar anunciando a Cristo y – muy por el contrario – lo niegan con su tibio proceder y su indecible difusión de la ponzoña ideológica.
Nueva evangelización, nuevos testimonios, nuevos mártires. Y todo a través del prisma arquetípico, el ejemplo impertérrito de los héroes y santos de ayer y de siempre. Por eso – antes que nada y por sobre todo – urge el rescate de las figuras que, a imitación de Cristo, anuncian la Venida de su Reino. Figuras paradigmáticas que nos convocan al Redil haciendo tañir las Campanas, al amanecer, antes de cada entrevero.
He aquí la Campana que hemos de hacer repicar para que nuestros contemporáneos, sedientos de Verdad y Esperanza, despierten y se pongan en marcha. La Campana que nos lega Santo Toribio, no para que la releguemos al desván polvoriento de nuestra memoria, no para homenajearlo deslucidamente, sino para encarnar nosotros – la Iglesia que hoy peregrina – el ideal de santidad y de heroísmo que es menester conservar para hacer frente este Buen Combate que el Siglo Oscuro nos impone.
Camino, catecismo y campana. La triple vocación de nuestro Apóstol. Y nuestra inaplazable misión.

Bibliografía
Carlos BACIERO: "Acosta y el Catecismo Limense. Una nueva pedagogía", en: AAVV: Inculturación, Universidad Pontifica de Salamanca, 1988.
José Antonio BENITO RODRIGUEZ: Toribio Alfonso Mogrovejo, Lima, Universidad Católica Sedes Sapientiae, 2001.
Cayetano BRUNO: Historia de la Iglesia en Argentina, Tomo I, Buenos Aires, Don Bosco, 1966.
Pedro de CIEZA DE LEÓN: La Crónica del Perú, Madrid, Espasa Calpe, 1962.
Juan Guillermo DURÁN: "EL 'Tercero Catecismo' como medio de inculturación de la fe", en: AAVV: Inculturación del Indio, Salamanca, Pontifica Universidad de Salamanca, 1988.
Genaro GARCIA: El clero en México durante la dominación española, según el archivo inédito Archiepiscopal Metropolitano, en: Ídem: Documentos inéditos y muy raros para la historia de México, México, Porrúa, 1974.
Antonio GARCIA y GARCIA: "Vigencia, recepción y uso del Concilio Tercero de Lima en los Concilios y Sínodos de Indias", en: AAVV: La protección del indio, Salamanca, Universidad Pontifica de Salamanca, 1992.
Ángel SANTOS: "Promoción humana y formación profesional del indio", en: AAVV: La protección del indio, Salamanca, Universidad Pontifica de Salamanca, 1992.
SARANYANA et. Al. : Teología en América, Desde los orígenes a la Guerra de Sucesión (1493-1715), Madrid, Iberoamericana, 1999.
Josep Ignasi SARANYANA: "Alcance cultural de la primera evangelización americana. Visión general", en: V Encuentro de Centros de Cultura, Puebla, 2001.
[1].- Más allá de cualquier hermenéutica ideologizada, tomamos la expresión Nuevo Mundo para caracterizar a una América que, a partir de 1492, no es estrictamente española pero tampoco indígena. Es realmente un “mundo nuevo”, doblemente fecundado por la sangre castellana y la Semilla del Verbo, una empresa tan enteramente original que no encuentra parangón en la historia.
[2].- SARANYANA et. al.: Teología en América. Desde los orígenes a la Guerra de Sucesión (1493-1715), Madrid, Iberoamericana, 1999, p. 91.
[3].- Ídem., p.94.
[4].- Ídem., p.97. Fruto de estas primeras expresiones de la legislación eclesiástica indiana fueron las bulas indianas de Paulo III, la Sublimis Deus y la Altitudo Divini consilii, particularmente influidas por la actuación de dos importantes misioneros y teólogos de Indias: Fray Julián Garcés y Bernardino de Minaya.
[5].- La primera diócesis del Perú, la del Cuzco, cuyo obispo fue fray Vicente Valverde, abarcaba prácticamente todos los territorios conquistados conocidos en aquella época. Por ello, con el fin de facilitar la labor evangelizadora, Francisco Pizarro y el mismo obispo Valverde solicitaron a Carlos V que se procediese a la división de la diócesis cuzqueña en tres obispados. El Rey se lo pidió al Papa, de acuerdo al régimen del Patronato. De este modo, Pablo III creó el 4 de mayo de 1541 las diócesis de Los Reyes (Lima) y Quito, reduciéndose considerablemente el territorio de la diócesis del Cuzco. Loayza, quien había nacido en Trujillo de Extremadura (España) en 1498, entró en Lima el 25 de julio de 1543.
[6].- Cf. José Antonio BENITO RODRIGUEZ: Toribio Alfonso Mogrovejo, Lima, Universidad Católica Sedes Sapientiae, 2001, p.9.
[7].- Citado por RODRIGUEZ: Op. Cit., p.22.
[8].- Ídem., p.23.
[9].- Cf. Cayetano BRUNO: Historia de la Iglesia en Argentina, Tomo I, Buenos Aires, Don Bosco, 1966, pp. 400-421. Véase también Vicente SIERRA: El sentido misional de la Conquista de América”, Buenos Aires, Dictio, 1980, pp. 297-305.
[10].- III Concilio Limense, citado por BENITO RODRIGUEZ: Op. Cit., p.32.
[11].- Señala Durán que el Catecismo emanado del Concilio Limense daba a los misioneros diversas reglas prácticas para la catequesis de los neófitos entre las cuales se hallaban: la adaptación al auditorio, la enseñanza de lo 'esencial', la frecuente repetición, discurrir siempre a modo de plática y mediante razones símiles y afectos. Vid. Juan Guillermo DURÁN: "EL 'Tercero Catecismo' como medio de inculturación de la fe", en: AAVV: Inculturación del Indio, Salamanca, Pontifica Universidad de Salamanca, 1988, pp.136-137.
[12].- Cf. Carlos BACIERO: "Acosta y el Catecismo Limense. Una nueva pedagogía", en: AAVV: Inculturación, Universidad Pontifica de Salamanca, 1988, pp.201-262. Asimismo vid. Juan Guillermo DURAN: "El Tercero Catecismo", en: Ídem., pp. 83-189. Señala asimismo Saranyana que "el planteamiento humanista de los catecismos es innegable (...) Los catecismos del XVI y XVII constituyen un testimonio inequívoco de la alta estima que el cristianismo siempre ha tenido por todos los hombres, redimidos por Jesucristo, sin distinción de razas, lenguas y culturas. Desde el punto de vista teológico, el influjo de Tomás de Aquino es notable. La consideración tomasiana de la condición humana, difundida por toda América por la Escuela de Salamanca, origen de las primeras denuncias profética antillanas de 1511, fecunda una pastoral supone que la naturaleza no es destruida por la gracia, sino supuesta y sanada. Por eso, a los evangelizadores nada de los indígenas les era ajeno, como tampoco a la Iglesia, si ello suponía un auténtico logro de la cultura humana. Cf. Josep Ignasi SARANYANA: "Alcance cultural de la primera evangelización americana. Visión general", en: V Encuentro de Centros de Cultura, Puebla, 2001, p.21.


[13].- Cf. Ángel SANTOS: "Promoción humana y formación profesional del indio", en: AAVV: La protección del indio, Salamanca, Universidad Pontifica de Salamanca, 1992, pp.155-199.
[14].- SARANYANA: Teología en América, p. 173.
[15].- Ídem., p. 174.
[16].- Ibíd.
[17].- El título del proemio de este Catecismo nos brinda una idea de las materias que trata: "Del modo que se ha de enseñar y predicar a los indios". El Catecismo está compuesto por treinta y nueve sermones que se reparten de la siguiente forma: nueve sobre la fe y algunos artículos que hay que creer; ocho sobre los sacramentos; diez sobre los mandamientos; dos sobre el Padrenuestro; y dos sobre los novísimos o postrimerías. Cf. SARANYANA: Teología, pp. 176-177. Asimismo véase DURÁN: Op. Cit., pp. 136-138 y Luis RESINES: "El Catecismo Limense", en: AAVV: Inculturación, pp. 191-200.
[18].- Cf. Antonio GARCIA y GARCIA: "Vigencia, recepción y uso del Concilio Tercero de Lima en los Concilios y Sínodos de Indias", en: AAVV: La protección del indio, Salamanca, Universidad Pontifica de Salamanca, 1989, pp.11-40.
[19].- Pedro de CIEZA DE LEÓN: La Crónica del Perú, Madrid, Espasa Calpe, 1962, p.292.

martes, abril 11, 2006

Manipulación del lenguaje y desinformación

Hace veinte años, desde la España que comenzaba a sangrar nuevamente, escribía Don Rafael Gambra un magnífico libro referido al Lenguaje y los mitos. Explicaba allí el egregio español las cuestiones atinentes a la manipulación del lenguaje, esto es, la ‘mutación semántica’ que permite a los manipuladores modernos ya no cambiar el modo de pensar, sino el alma misma de quienes sucumben a sus ataques. Dicha mutación se presenta como causa y a la vez efecto de la mentalidad mítica que predomina hoy (por paradojal que esto pueda ‘sonar’) sobre la mentalidad intelectual.
Los medios masivos de información, objeto de tanto análisis vano y huero, son hoy los grandes ejecutores, aunque no los únicos, de esta manipulación metódica y malintencionada. Y no cabe duda de que la técnica predilecta de esta manipulación es la desinformación. Con ella se vislumbra la patológica preocupación por el acontecer, por las cosas nimias y mediocres y la negación concienzuda del ser. La información, centrada sólo en ‘lo que pasa’, resulta así una ‘ciencia del devenir’ y, por ende, negadora del conocimiento de lo que es.
"La verdadera guerra moderna – dice Volkoff en El Montaje – provocará pocas muertes, alguna tortura y ninguna destrucción material (...) Todos nosotros nos hallamos involucrados en la aurora del despliegue de una nueva arma tanto más eficaz cuanto menos mortal." He ahí la desinformación que, según el mismo autor es una "técnica que permite abastecer a terceros de las informaciones generales erróneas, conduciéndoles a cometer actos colectivos o a difundir juicios deseados por los desinformadores".
De esta manera se forman las ‘ideas dominantes’ , producto de la devaluación lingüística y de la ‘intoxicación’ ideológica. Sobran ejemplos acerca de estás técnicas de manipulación del lenguaje y sus conexas estrategias de desinformación pero quizás uno de las últimas muestras sean los ataques a la Iglesia bajo la forma de las acusaciones a sacerdotes supuestamente pedófilos. No trataremos aquí los casos particulares que ocupan hoy a los medios y que representan una terrible preocupación para los católicos de nuestro país. Evitaremos también cualquier comentario acerca de lo evidentemente nocivo de la participación irrestricta de sacerdotes y obispos en los mismos medios de comunicación que día tras día denostan a la Iglesia. Tan sólo nos interesa dejar en claro que esta manipulación del lenguaje y la desinformación que venimos mentando pueden ser vistas con claridad en los hechos que oscurecen una vez más a la Iglesia argentina y universal.
Para terminar puede decirse que los católicos encaramados en los pocos medios de comunicación que no han sucumbido a esta manipulación satánica tienen el deber de informar sobre lo visible sin esconder lo invisible y de ejercer, oportuna e inoportunamente, el magisterio de la Verdad, de aquello que es y que permanece oculto en la profundidad de las cosas.

domingo, abril 02, 2006

Triple conmemoraciòn

Para los argentinos este año el 2 de abril tiene triple trascendencia: en efecto, conmemoramos un aniversario más de la Recuperación de nuestras islas, la partida a la Casa del Padre de nuestro entrañable Juan Pablo II y, finalmente, el dies Dómini. Triple significación y múltiples motivos para la oración y la reflexión profundas.
Si se nos permite la analogía, decimos que el aniversario de la Recuperación de las Islas Malvinas (como toda otra fecha patria) tiene – para los argentinos bien nacidos, por supuesto – algo de tiempo litúrgico. Es un tiempo especial, distinto de cualquier otro, en que solemos mirar introspectivamente la Patria y en el que pensamos a los caídos y su testimonio esplendoroso.
Como si de día de precepto se tratara, desde temprano embanderamos nuestras casas y hacemos resaltar en el pecho la escarapela bicolor. Nuestros hijos – pequeños que atestiguan con su inocencia los dolores de la Patria - son debidamente engalanados para asistir al acto correspondiente que este año se ve plenificado por ser el Día del Señor. Hartos del dolor por la injusticia, procuramos evitar cualquier contacto con los medios de comunicación. Es que no queremos saber ni escuchar lo que la ministra de Defensa tiene que decir sobre Malvinas. Se trata – vale repetirlo – de un día especial, de un momento que no es como cualquier otro, de unas horas que no deben verse mancilladas por la impúdica hipocresía de los mutiladores de la Patria. Eso les decimos a nuestros hijos, que nos miran boquiabiertos procurando conjugar la narración de la gesta que uno amorosamente les enseña con la torva perorata que la maestra les ha dado hace pocos días, con motivo del 24 de marzo. Todo confundido, todo el mismo mazacote indiscriminado: ¿cómo hacen nuestros hijos para comprender y amar a la Patria?
Marchamos entonces – con la emoción que a pesar de todo subsiste – y asistimos al acto de conmemoración. Himno, bandera, marcha malvinera y discursos. Ya nada nos asombra, ya parece que todo lo que pase para incrementar nuestra desazón resulta un esfuerzo vano. Ni siquiera el pobre discurso del veterano de guerra que reclama obra social y aumento de la pensión graciable. Ni tampoco la presencia perturbadora de la panda de pibes secundarios que gritan consignas contra el Ejército y la Gesta. No, nada nos afecta ya, salvo el tener que explicar de nuevo a nuestros hijos el porqué de todo ello. ¿Por qué?
El regreso a casa es más sencillo, un poco complicado quizás por la gran cantidad de gente que ya ha salido de compras o se dirige a comer afuera, ahora que ya muchos han cobrado. La vida sigue como siempre – no hay allí tiempos especiales, no hay liturgia – tal como hace veinticuatro años cuando el frío y la turba, el combate nocturno y el bombardeo cotidiano eran sólo de unos pocos, mientras los muchos seguían el curso de la vida paganizada, sin más contrastes que los dados por los tiempos económicos, por la peripecia del salario y la inflación. Ayer como hoy, ni liturgia, ni dies Dómini, ni rezo por los héroes caídos.
Pero ese es el afuera. Adentro es todo distinto. En la casa, alrededor de la mesa familiar. En la capilla, en torno al sacerdote patriota que alboroza la gesta en el patriótico sermón. En el campo, en algún lugar perdido de nuestra extensa patria, en el que algún grupo de soldados – lejos de las obsecuencias traicioneras y de los pérfidos negociados – reza junto al fogón recordando a sus antecesores y rogando a Dios por la Restauración de la Patria. Porque eso es todo lo que nos queda: casa, capilla y fogón patriótico. No es poco.

viernes, marzo 17, 2006

Leonardo Castellani. A 25 años de su partida a la Casa Paterna

La Argentina tiene más profesores que soldados.
Eso sí casi todos están desocupados.
Y de los ocupados la mitad son judíos,
Con gran ardor consagrados a educar a nuestros críos.

En la Escuela Normal les enseñamos esto:
Primero Pedagogía y después a encontrar puesto.
Y luego es su oficio el enseñar a leer bien o mal,
Por medio de escuela activa y de enseñanza sexual.

De: Las Canciones de Militis

jueves, marzo 16, 2006

Padre Leonardo Castellani. A veinticinco años de su partida a la Casa del Padre

"El amor a los enemigos no excluye la lucha contra la injusticia que está en ellos, antes a veces la impone. Hay algunos que tienen la misión o el deber profesional de luchar por la justicia. (...) son los jueces (los juristas), los gobernantes (los pastores), y los soldados (los guerreros). Desgraciadamente la época moderna ha transformado a los jueces en máquinas, a los gobernantes en economistas y a los soldados en militares; y padecemos una gran escasez de caballeros andantes"

"Y hay que morir, hay que morir lo mismo,
Si Dios lo pide por la patria yerma,
Y dar la sangre por la patria yerma,
En el caso que Dios pida ahora mismo
Toda mi sangre para salvar del abismo
A la pálida patria enferma"

miércoles, marzo 15, 2006

Aproximación a los Derechos Humanos (una charla sencilla para jóvenes scouts católicos)

¿Cuál es el primero de los derechos humanos? Los católicos bien sabemos reconocerlo: el derecho a salvarse. Y tal es el objeto de la evangelización. ¿Por qué sino la preocupación constante de la Iglesia, durante estos dos milenios, de transmitir la Buena Nueva? Ciertamente no sólo por un afán comunicativo sino fundamentalmente para que el que reciba la Palabra viva según Ella y gracias a Ella. Ese vivir 'así' y no de otro modo, no según otras 'palabras', es la garantía de la salvación. Por eso nuestra obligación cómo católicos es transmitir la Palabra, esto es, evangelizar. Y en la medida en que es nuestra obligación es el derecho del otro, del evangelizado, del que aún no conoce la Palabra y vive ajeno a ella.
Pero, sin desatender esto, el problema que hoy nos ocupa es el de entender cómo es posible que los derechos del hombre se hayan convertido, en el decurso del tiempo, en otra cosa muy distinta que no pocas veces atenta contra el hombre, su dignidad y su vida. Este problema, del que intentaremos presentar hoy un atisbo solución, es el que hace, y sólo damos un ejemplo, que los delitos, los pecados más atroces, se conviertan hoy, mediante una alquimia monstruosa, en derechos del hombre. Para poder resolver esto, que se nos presenta como un enigma, será necesario remitirse, en esta primera parte de la charla, a una explicación histórico - filosófica. Se trata de leer dentro (intus legere) de los orígenes históricos de la actual concepción de los derechos humanos para llegar así a parte de su comprensión.
Para esta introducción histórica vamos a seguir un sencillo esquema:
 Los derechos en la Revolución Francesa.
 Los derechos en la Revolución Soviética
 Los derechos y la Revolución Cultural
 Los derechos y el Nuevo Orden Mundial

Los derechos en la Modernidad y la Revolución Francesa.
Ha sido precisamente la Modernidad, la etapa histórica que sigue a la Cristiandad medieval, la que instaura este 'lenguaje de los derechos' que antes no existía. Es imposible imaginarse a un hombre del Medioevo planteando demandas a partir de esta noción de derechos humanos pues éste hombre, el emergido de la cristiandad medieval, entiende primero y antes que nada de obligaciones y no de derechos. Sabe que tiene la obligación de rezar, de combatir y de trabajar. El hombre del medioevo reconoce que su primera obligación es el servicio, primero el servicio a Dios y, a través de éste, el servicio a los hombres. Y no imaginemos por esto que decimos que el hombre medieval era un pobre trabajador que sólo tenía obligaciones y ningún derecho. Un explotado, como dice el jerga marxista. No. Es claro que tenía derechos pero éstos eran una consecuencia y no una causa, un resultado de su vida de servicio a Dios y a los otros y no la piedra inicial de su existencia .
Pero la cosa cambia con la llamada Modernidad. Y este cambio del que hablamos, gradual pero firme y que se hizo presente en todos los ámbitos, fue particularmente claro y pernicioso en lo religioso. Así se planteó la Reforma Protestante que niega a la Iglesia Católica y que hace hincapié en los 'derechos de los fieles' (entre otros el del libre examen de las Sagradas Escrituras). La Reforma implicó el quiebre de la unidad religiosa y de la unidad de la fe. Y así llega también la Ilustración con la idea de que el hombre debe dejar la infancia, esto es, la religión, pues ya está maduro para pasar a la siguiente etapa evolutiva: la edad de la Razón. Los filósofos de la Ilustración o iluminismo también hablan de derechos, aquellos de la vida individual, al margen de la Iglesia y de toda creencia que no sea el inmanentismo, es decir, la vida sin trascendencia, sin gracia santificante, sin sobrenaturaleza.
Sin embargo, el momento más terrible, el momento de síntesis de todas estas ideologías que iban apareciendo, es el que llega con la Revolución Francesa. En ese momento llega el consabido 'lenguaje de los derechos'. El lema revolucionario que guió a estos hombres fue: "Libertad, igualdad, fraternidad" pero nosotros, que sabemos cómo fue la historia, podemos agregar: "o muerte". Sí, porque el que no estaba con los revolucionarios era un condenado a muerte. Para eso se inventó la guillotina, la obra de un médico revolucionario. Los que no estuvieron con los revolucionarios fueron los hombres de una región francesa llamada La Vendeé. Estos paisanos franceses se negaron a perder a su Rey pero sobre todo se negaron a perder a la Iglesia, a los sacerdotes, religiosos y monjas. Se negaron a perder el culto al único Dios. Y, ¿saben como terminaron? En sólo tres años (de 1793 a 1796) y en un territorio de sólo catorce mil km., fueron asesinadas 120.000 personas, el 15% de la población total y diez mil edificios destruidos, el 20% de La Vendée. Así les va a quienes se oponen a las revoluciones populares y guardianas de los 'derechos del Hombre'.
Con la Revolución francesa llegan el laicismo y el liberalismo. Una de las primera medidas que toman los revolucionarios es suprimir la libertad de agremiación y cercenar los derechos de reunión. Con tales medidas el obrero, ese que tanto dicen defender, quedaba indefenso en el juego de la libre juego de la oferta y la demanda. Más tarde vendrían la Revolución Industrial y el agravamiento de lo que se conoce como 'cuestión social', es decir, un grave estado de conflictividad al interior de la convivencia social.
Pero fundamentalmente la Revolución Francesa significó la descristianización, es decir, el arrancar de la cultura francesa, la primera nación católica de Europa, la religión misma. En cambio, se implantó un nuevo culto: el de la Diosa Razón. De esta forma, el hombre pretendió ocupar el lugar de Dios.
La Revolución fue una lucha contra todo lo permanente, contra lo eterno, fue un acto de suprema rebeldía, no sólo social sino fundamentalmente espiritual.
Fue esta revolución la que instituyó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789 y modificada en 1792). Y lo hizo sobre la sangre de los franceses. Y, una vez establecido ese orden invertido, donde se habla todo el tiempo de los derechos pero se conculcan los más esenciales, se produjo la difusión de los mismos a todas los lugares del orbe.

Los derechos en la Revolución Soviética
Pero el proceso iniciado por esta revolución tuvo sucesores a lo largo del tiempo. Y habría que esperar hasta principios del siglo XX cuando los bolcheviques rusos hicieran la revolución e impusieran allí un nuevo modo revolucionario: el comunismo. Y sí, aunque parezca paradójico, la Revolución Francesa, claramente liberal, dio a luz a la Revolución Soviética. "De padres liberales - decía Donoso Cortés - hijos socialistas". En las bases y en los fines, el liberalismo capitalista y el comunismo son plenamente compatibles.
Respecto del comunismo y su llegada al poder se dice lo mismo que la Revolución Francesa: que fue popular, que promovió los derechos de los pobres, de los excluidos, como se dice ahora. Sin embargo, quienes así hablan no explican los acontecimientos de la Vendée ni se preocupan por legitimar el genocidio soviético que sólo en Rusia se llevó a la tumba a más de treinta millones de personas.
Para poder imponer el nuevo orden en Rusia Lenin, Trotsky y Stalin entre otros comenzaron por instituir una policía secreta llamada Checa. Este cuerpo de asesinos se ocupó se asesinar a 50.000 personas en los primeros tres años de la Revolución bolchevique, casi nada comparado con los treinta millones que asesinaría Stalin a lo largo y ancho de Europa Oriental durante los treinta años de su gobierno de terror.
Pero el siguiente paso fue el arrancar de las entrañas del pueblo ruso el cristianismo que le daba vida. Una vez que la religión fue destruida, una vez que no quedaron más que resabios de la religiosidad del pueblo, entonces ahí sí se empezó a hablar derechos. El marxismo es, valga la insistencia, profundamente anticristiano pero en realidad va contra toda racionalidad.
Estas dos revoluciones fueron hechas a sangre y fuego. Partieron del mismo principio: la imposición de una ideología anticristiana en la que el hombre debía 'superar' la idea de Dios. Sin embargo, y he aquí lo contradictorio, ambas revoluciones, que se hicieron en pos de los derechos del hombre, negaron al hombre su radical identidad, su inefable esencia: la de ser Hijo de Dios. Ambas revoluciones hablan de la fraternidad, de la hermandad entre los hombres, pero ¿cómo pueden ser los hombre hermanos sino tienen un Padre común?
Llegó entonces un momento en el que la Revolución quiso llegar más lejos aún y entendió que la violencia, sin dejar de ser útil, no sería el único medio que le permitiría terminar de invertir el orden natural. Por ello el marxismo creó una nueva estrategia: la Revolución Cultural.

Los derechos y la Revolución Cultural
La Revolución Cultural nace a partir de que los revolucionarios entienden que es necesario avanzar sobre la conquista de los espíritus, de las conciencias. Si es necesario cambiar el orden natural e imponer otro invertido entonces conviene no sólo utilizar la fuerza sino también la ideología. Se trata de imponer ideas para que cambie la forma de pensar y sentir de la gente. Hay que lograr, se dicen los revolucionarios, que la ley natural que Dios ha puesto en el corazón y la mente de cada uno que de oscurecida, se obnubile. Así entra en escena ese gran revolucionario que fue el pensador italiano Antonio Gramsci. Este marxista se dio cuenta de que para lograr cambiar el sentido común de la gente era menester imponerle otras ideas. Pero, ¿cómo hacer esto? Muy fácil se dijo Gramsci, a través de la escuela, de los medios de comunicación, a través de las influencias sobre la propia Iglesia de Cristo.
La Revolución Cultural entonces incluye la penetración de ideología en las conciencias a través de distintos mecanismos (la manipulación de la información y del lenguaje por dar sólo unos ejemplos). Esos mecanismos llegan a las personas a través de los maestros, de los comunicadores y, a veces, de algunos sacerdotes. Cuando los curas, como ha ocurrido y ocurre, se vuelven marxistas, el trabajo de los revolucionarios es mucho más fácil porque una vez que la ideología llega al púlpito y a la sacristía, es decir, a los lugares sagrados, la posibilidad de capturar la conciencia de la personas es mucho más amplia y profunda.
A través de la Revolución Cultural, que comenzó a plantearse con mucha virulencia en la década de 1960, se llega a las diversas formas de liberación, a saber:
La liberación femenina, que plantea una lucha de clases y de sexos, en la cual la mujer debe liberarse del hombre. Aquí se proponen los derechos de la mujer.
La liberación homosexual que señala la lucha de los homosexuales a partir de la idea de concebir la homosexualidad como una forma sexual más. Aquí se plantean los derechos de los homosexuales.
La liberación animal, que plantea los supuestos derechos de los animales, cosa que como se verá es del todo imposible.
Sin embargo, existe una etapa más en este proceso de desarrollo de los falsos derechos humanos: el llamado Nuevo Orden Mundial.

Los derechos y el Nuevo Orden Mundial

Nosotros vivimos y padecemos bajo el llamado Nuevo Orden Mundial. Ya no se trata aquí de liberalismo ni de marxismo sino de una ideología sincrética que aspira, y de hecho lo va logrando, a dominar todo el orbe. El mismo nombre nos da claridad acerca de la intencionalidad. Se trata de un nuevo orden, distinto al impuesto por Dios. El Nuevo Orden Mundial es el definitivo trastocamiento del orden natural basado en la ley natural. Implica la negación de todo lo que la Razón Divina desea en el hombre. Es el reinado del Anticristo. Y todo en él se hace en nombre de los derechos.
El Nuevo Orden Mundial es el principado del miedo y la hipocresía. Del miedo porque, como en la Revolución Francesa y en la Soviética, resistírsele implica la destrucción. Y si nos cuesta entenderlo miremos cómo está el mundo. Y de la hipocresía y la mentira porque todo el caos que se genera, toda la destrucción que se imparte está pretendidamente legitimada en los supuestos derechos del hombre. Miremos sino es así:
 Las guerras genocidas se hacen en nombre del derecho a la democracia.
 El aborto, la anticoncepción y la esterilización se hacen en nombre de los derechos sexuales y reproductivos.
 La eutanasia se hace en nombre del derecho a la muerte dulce o sin sufrimiento.
 La clonación se hace en nombre del derecho de los derechos de la ciencia.
 Las sociedades quedan a merced de la violencia en nombre de los derechos de los delincuentes.
 El matrimonio se diluye en nombre del derecho al divorcio.
 La familia se destruye en nombre de los derechos homosexuales.
 La verdad se destruye en nombre del derecho a la opinión.
 La libertad se diluye en nombre de la liberación.
 La religión se socava por el derecho a la tolerancia.
 El hombre se destruye en nombre de los derechos del hombre.

A modo de conclusión
Pero nosotros sabemos que hay derecho si hay Verdad y que ésta es Cristo. Y si Cristo está en la comunidad hay verdadera libertad. Dios, en el Antiguo Testamento, no nos dice cuáles son nuestros derechos sino nuestros mandamientos. Y Cristo, en el Libro de la Nueva Alianza, nos enseña en el Sermón de la Montaña, qué debemos ser y hacer para llegar al Reino de los Cielos, su Reino. Ahí llegan los verdaderos derechos, los que derivan del hombre que está anclado en los deberes que tiene con Dios, con la Iglesia y con el prójimo.
Como dijimos al comienzo, el primer derecho humano es el de salvarse. Ese es el primer derecho que Dios nos da y es el que está antes que el derecho a la vida misma pues ¿a quien le cabe duda de que morir en Cristo es mejor que condenarse?
Luego está el derecho a la vida. Y a la vida íntegra podemos agregar pues si perdemos las razones de vivir, ¿de qué vale hacerlo? Y luego vienen los otros derechos.
Pero hay algo que Cristo nos ha enseñado y es que la mejor forma de adquirir estos derechos es combatir con todas las fuerzas para que los demás los tengan . Sólo en la medida en que defendamos al prójimos que está en peligro podremos ganarnos el Cielo. Mientras tanto, como dice el Libro de Job, " milicia en la vida del hombre sobre la tierra".
Vamos a terminar con una oración del Papa Juan Pablo II:

María,
Madre de misericordia,
Cuida de todos para que no se haga inútil
La cruz de Cristo
Para que el hombre
no pierda el camino del bien,
no pierda la conciencia del pecado y crezca
en la esperanza de Dios,
'rico en misericordia' (Ef 2,4),
para que haga libremente las buenas obras
que El asignó (cf. Ef 2,10) y,
de esta manera toda su vida sea
'un himno a su gloria' (Ef 1,12).

Sebastián Sánchez

Rezamos por José María Baamonde

En estos días ha llegado hasta nosotros el aviso de la internación - en muy grave estado - del amigo José María Baamonde, especialista de muy reconocida trayectoria en el estudio y la denuncia del fenómeno de las sectas.
Luego de muchos años de padecer una terrible enfermedad - con una entereza de ánimo y una fe inquebrantables - José María se encuentra hoy en una situación muy delicada. Rezamos por él y por su familia, seguros de que luego de tantos años de entreveros por la Verdad, José María sabrá librar el Buen Combate en esta hora suprema de su vida.

martes, marzo 07, 2006

Jesucristo, Rey del Universo

Por Mario Caponnetto
La celebración de la Festividad de Cristo Rey que, a partir de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, cierra el ciclo del tiempo ordinario y clausura el año litúrgico, ha de movernos a una seria reflexión. Pues si la Iglesia proclama a Jesucristo como Rey debemos preguntarnos qué significa este reinado y cuáles son las consecuencias que de él se derivan.
Muchos sospechan que el Concilio no se ha limitado a un simple traslado de la antigua festividad instituida por el Papa Pío XI, en 1925, del último domingo del mes de octubre al último domingo del ciclo anual, sino que ha ido más lejos: ha cambiado sustancialmente el sentido originario de la misma festividad. En efecto, se dice, ya no se trata de afirmar el reinado de Cristo sobre todas las realidades, principalmente aquellas que son propias del orden público y social, sino de acentuar, más bien, la naturaleza espiritual, extramundana y metahistórica de aquel Reinado. El traslado, en consecuencia, respondería antes a este criterio nuevo pues la festividad clausura, ahora, y da cima a todo el clima esjatológico que tiñe marcadamente la liturgia de los últimos domingos del año.
Pero ¿es esto así? Como sucede muy a menudo, desde la aparición en la vida de la Iglesia de nuestro tiempo del Concilio Vaticano II, también en este delicadísimo punto, un espíritu mundano y secularizante -hoy lamentablemente muy difundido en amplios sectores eclesiales- parece querer prevalecer no sólo sobre el espíritu del propio Concilio sino, lo que es más grave, sobre lo que ha sido y sigue siendo doctrina permanente y segura del Magisterio de la Iglesia, de la Tradición y de la propia Escritura, fuentes insustituibles de la Fe Católica.
Volvamos, pues, a la pregunta inicial: el Reinado de Cristo ¿es sólo la consumación metahistórica del Reino anunciado por el mismo Jesús o, además, conlleva una efectiva y real potestad de Cristo sobre el orden temporal público y privado? La respuesta debe ser meditada y repensada por la inteligencia cristiana en esta época de tanta confusión y -¿cómo no decirlo aunque duela?- de tanta pusilanimidad entre los católicos, sean laicos, sean pastores.
La guía más segura, al respecto, es volver a una atenta lectura de la Encíclica Quas primas, dada por el Papa Pío XI, el 11 de diciembre de 1925. Este importante documento -cuya vigencia no ha sido negada oficialmente ni por el Concilio ni por ninguno de los Sumos Pontífices posteriores a Pío XI- no solamente instituye la festividad litúrgica de Cristo Rey sino que compendia admirablemente la verdadera doctrina católica sobre nuestro tema.
A nuestro juicio son tres los elementos esenciales a tener en cuenta en la lectura de la Encíclica: primero, el sentido y el fundamento de la Realeza de Cristo; segundo, el carácter de esta Realeza; tercero, el contexto histórico en el que fue escrita la encíclica.
a. Sentido y fundamento de la Realeza de Cristo.
Distingue Pío XI un doble sentido de la realeza de Cristo: el metafórico (translata verbi significatione) y el propio (propria verbi significatione). Según el primero de estos sentidos decimos que "Cristo reina en la inteligencia de los hombres [...] por ser Él la misma Verdad y por la necesidad que tienen los hombres de beber en Cristo la verdad y aceptarla de Él". También, "que reina en las voluntades de los hombres [...] porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad, encendiendo en ella los más altos propósitos"; finalmente, Cristo "es rey de los corazones, porque con su supereminente caridad [...] se gana el amor de las almas" (1).
Pero en un sentido propio "se ha de atribuir a Jesucristo hombre el título y la potestad de rey; pues sólo como hombre se puede afirmar de Cristo que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino (Dan. 7, 13-14) ya que como Verbo de Dios, identificado sustancialmente con el Padre, posee necesariamente en común con el Padre todas las cosas y, por lo tanto, también el mismo poder supremo y absoluto sobre toda la creación" (2).
Estamos, sin duda, ante una definición de singular trascendencia pues se trata, nada menos, que de la Realeza de Cristo vista a la luz suprema del misterio de la unión hipostática. Y aquí reside el fundamento radical de dicha realeza: "en una palabra, por el sólo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre la creación universal" (3).
Es que la Encarnación del Verbo ha transfigurado, de raíz, todas las realidades humanas. Ya nada es lo mismo a partir del hecho, capital y fundante, de la Encarnación. Y si Santo Tomás, al establecer, con Aristóteles, que la verdad es el fin del universo, recuerda que por eso ad veritatis manifestationem divina Sapientia carne inducta se venisse in mundo (4), de tal modo que a partir de ahora esa Verdad, entrevista por el Filósofo, no es otra que la Verdad Encarnada, fundamento y fin de toda sabiduría humana, así también, a partir de la Encarnación podemos hablar de una Potestad Encarnada -divina potestas carne inducta- fundamento y fin de toda potestad sobre la tierra.
b. Carácter de la Realeza de Cristo.
El Papa se detiene extensamente en las fuentes escriturísticas (tanto del Viejo cuanto del Nuevo Testamento) que abonan la Realeza de Jesucristo y no puede sino concluir que todos los textos sagrados demuestran con plena evidencia "que este reino es principalmente espiritual y que su objeto propio son las realidades del espíritu" y que "cuando los judíos y aún los mismos apóstoles juzgaron equivocadamente que el Mesías devolvería la libertad al pueblo judío y restablecería el reino de Israel, Cristo deshizo y refutó esta idea vanamente esperanzada" (5).
No; no hay lugar alguno para confundir el Reino de Cristo con ningún reinado temporal ni para identificarlo con ninguna forma de dominio humano. Pero este aspecto esencial y eminente no se contradice con la potestad real que Cristo ejerce sobre todo el hombre y sobre todo el universo. Entonces, ¿por qué substraer las realidades políticas y sociales a la potestad real de Jesucristo? ¿Por qué cerrarle, precisamente, las puertas al Rey de la Historia, allí donde los hombres fundan la ciudad terrena? ¿Por qué inexplicable prejuicio se ha de excluir de la divina potestad del Redentor el orden social, jurídico, económico y familiar? "Incurriría en grave error -concluye Pío XI- el que negase a la humanidad de Cristo el poder real sobre todas y cada una de las realidades sociales y políticas del hombre" (6).
c. Contexto histórico de la encíclica.
Por último, no hay que olvidar el contexto histórico en el que fue escrito este notable documento. El Papa lo señala desde las palabras iniciales: se trata de un mundo sobre el que se ha precipitado un diluvio de males cuya causa no es otra que el rechazo de la inmensa mayoría de la humanidad a Jesucristo y su santísima ley, tanto en la vida privada, en la vida familiar y en la vida pública. Por eso, concluye, es vana la esperanza de paz de los pueblos si se deja de lado a Cristo. Resuena, entonces, firme e intrépida, la consigna con la que el Papa convoca a los hombres de aquella hora: pax Christi in Regno Christi.
También hacia el final de la Carta vuelve Pío XI al panorama del mundo de entonces. Señala, como gravísimos males del aquel mundo, el laicismo y la apostasía pública que él ha producido en las sociedades (7). Justamente, se trata de reparar tales males instituyendo para ello la celebración solemne de Cristo Rey porque la Iglesia, por medio de su admirable pedagogía, cada vez que quiere hacer viva en los fieles la presencia de una verdad determinada, la celebra, la hace liturgia.
Para concluir: ¿quién puede negar que aquel laicismo devastador y aquella apostasía de las naciones que atribulaban el corazón del Papa hace ya casi ocho décadas, son casi nada si las comparamos con este radical inmanentismo y con este impío secularismo que presiden, hoy, la construcción de una Civitas Mundi, inspirada en el Regnum Hominis en perenne batalla contra la Civitas Dei?
Más, mucho más que en 1925, se hace hoy preciso rescatar la necesaria proyección temporal del Reinado de Cristo como único modo de hacer un mundo más justo y más humano. Todo cuanto hagamos en este sentido, es cierto, ha de ser con la mirada puesta en ese Reino que consumará la Historia. Pero mientras aguardamos -y dejando expresamente a salvo la legítima pluralidad de las opciones políticas del cristiano- recordemos, con palabras de Jordán B. Genta, maestro y mártir de la Fe: "Con Cristo lo podemos todo y nuestro empeño en lo político debe ser para que Él reine...(8)"
No tengamos miedo de proclamar esta Realeza de Cristo. Sobre los tejados. Sin flaquezas. Con caridad. Nadie puede temer este Reinado. Pues como lo recuerda Pío XI: Non eripit mortalia, qui regna da caelestia.
Notas
(1).-. Quas primas, [4].Seguimos el texto español de Doctrina Pontificia, II, Documentos Políticos, BAC, Madrid, 1958.
(2).- Ibidem.
(3).- Quas primas, [6].
(4).- C.G. I, c. 1.
(5).- Quas primas, [8].
(6).- Ibidem.
(7).- Quas primas, [12] y [13].
(8).- Jordán B. Genta, El nacionalismo argentino, Buenos Aires, 1972.
(Reproducimos este artículo, aparecido el día 25/11/02 en el Foro de la Universidad Virtual Santo Tomás, con la expresa autorización del autor).